EL PUNTO DE VISTA

Agosto

LUIS MIGUEL LARGO

EN AGOSTO, frío en el rostro’ dice el refrán castellano, pero de momento seguimos inmersos en este tiempo bonancible que tan bien nos viene a los sorianos, acostumbrados en exceso a los rigores invernales. Tiempo adecuado para que se llenen las terrazas de los bares, las verbenas de las fiestas patronales y se organicen tertulias animadas al caer la tarde en cualquiera de los recodos frescos que quedan por los pueblos, a la sombra de viejos edificios en ruinas, donde juegan a la brisca las últimas de Filipinas.


Un verano donde, por fin, va a ser rentable sacarse el bono de las piscinas municipales, puesto que normalmente no juntamos diez días buenos para poder disfrutar del baño en unas aguas acostumbradas a estar frías y que con estos calores y con el aporte externo de alguna micción, han subido sorprendentemente de temperatura, por lo que apetece más que nunca un refrescante chapuzón, ya sean en cualquiera de las piscinas distribuidas por la provincia o en la Playa Pita, teniendo en cuenta que carece de socorrista para ahorrarnos unos dineros, que somos pobres de pedir.


Transcurren los primeros días del mes de agosto con los tradicionales reencuentros de los visitantes que se dedican a alabar nuestros parques y jardines, nuestros lugares en sombra, donde deambulan los turistas sorprendidos de lo agradable de las temperaturas y la paz y armonía en que aparentemente vivimos los sorianos, más proclives a disimular durante estos días estivales que tenemos que acudir a trabajar, aunque no sea una cuestión fundamental para el discurrir de la nuestra capital y provincia.

Los sorianos se mimetizan con los veraneantes acudiendo a bares y restaurantes para demostrar que nosotros también sabemos vivir, aunque preferimos ir a Benidorm a sufrir unos días de playa al año.

El calor, que todo lo ralentiza, no ha dejado atrás los clásicos del verano que se sirven mezclados con el olor a mies recién segada o a purín extendido sin mucha contemplación: alguna pelea juvenil en las fiestas patronales, las denuncias anónimas a bares y tiendas rurales por excederse en sus competencias, el enfado entre vecinos por un quítame allá esos coches que me estorban, las indigestas comidas populares y los amores veraniegos que pocas veces superan la separación invernal.

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