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Amor y odio - Heraldo-Diario de Soria

EL BESO DEL NEANDENTAL

Amor y odio

ROBERTO ORTEGA

Josep Abad tuvo su momento de éxtasis masturbatorio independentista el pasado verano. Fue el historiador que propuso que Sabadell quitara la calle a Antonio Machado por «españolista y anticatalanista».

La purga que proponía del callejero sabadellense incluía también a Gustavo Adolfo Bécquer, Mariano José de Larra, Lope de Vega, Leandro Fernández de Moratín, Tirso de Molina, Joaquín Turina, La Pasionaria, Garcilaso de la Vega, Luis de Góngora, Calderón de la Barca, Francisco de Goya… o Numancia. Abad forma parte del ejército de zombis independentistas a cuyo lado un mormón defendiendo la Creación frente a Darwin parece un progre de mentalidad más abierta.


Los ecos de aquel revuelo aún vibraban en los faldones de la chaqueta de Quim Torra cuando el lunes visitó el lugar en el que Machado y Guiomar se veían en secreto en los actuales jardines de La Moncloa. Tal vez alguna mosca, inevitable, golosa, zumbaba sobre la despejada, algo sudorosa, frente del político catalán mientras contemplaba la fuente.


Machado no eligió amores fáciles en su vida. Primero, una mujercita escandalosamente menor, nuestra quinceañera Leonor, arrebatada inesperadamente por la tuberculosis. Y, al final, otra mujer catorce años más joven que el poeta y, además, casada. La identidad de esta Guiomar que desconcertaba a los estudiosos no se conoció hasta 1950.


Quim Torra, al pedir expresamente a Sánchez conocer ese lugar, admitió a Machado como animal de compañía del imaginario independentista, no del todo incompatible con la pureza de sangre exigida en su nomenclátor, pese al carácter “españolista y anticatalanista” del autor de ‘Campos de Castilla’. Machado convertido en una suerte de mediador. Hay que apreciar el gesto de Torra en lo que vale porque los zombis indepes se lo van a hacer tragar con patatas.


En realidad, a nosotros Machado tampoco nos debería caer bien por antisorianista y anticastellanista. Este hombre, bien mirado, era antitodo. «Todo lo español me encanta y me indigna al mismo tiempo», decía. Si cambiamos la palabra español por soriano nos sale una frase que muchos paisanos suscribirían sin problemas.

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