EL SIGLO DE DELIBES

Horizontes dispersos

Valladolid, la ciudad que fundara el conde Ansúrez “para servir de enlace entre una provincia agrícola y otras –Segovia, Ávila, Zamora, Salamanca- ganaderas”, en expresión de Delibes, siempre fue la mejor rampa de lanzamiento hacia el rompeolas de Madrid.

Delibes con Chacel y Alberti en El Escorial
- E.M.

ERNESTO ESCAPA

UNA VIDA AMBULANTE 
Cuando falleció Rosa Chacel (1898-1994), a punto de alcanzar el centenario y agraviada por los despechos, se había convertido ya en una de las presencias incesantes de la cultura española de la transición, a menudo envuelta en ruidosos escándalos. Aunque casi nunca el alboroto fue acompañado por el aprecio de la lectura. De ahí la necesidad de llamar la atención sobre esta escritora que acreditó una agudeza singular en el buceo de las dependencias más recónditas e incómodas del alma humana. Ensayista, traductora, novelista y poeta, su regreso a España a comienzos de los setenta del pasado siglo la convirtió en cara visible de un exilio más moral que político. La bulla desatada a su alrededor tuvo mucho que ver con opiniones inesperadas en una mujer mayor.

Sobre todo, a partir de la confidencia libre de sus diarios, donde anota nombres y episodios que testimonian su lucidez, una vivencia soberana y libre de su aventura vital como mujer y la implacable, y altiva intransigencia literaria. La especialista Anna Caballé considera excepcionales los diarios de Chacel «por la dureza descarnada de su escritura». Algunos secretos guardados en la hucha de la memoria salieron a la luz al publicarse los dos volúmenes de Alcancía (1982) y fueron propagados con alboroto en la prensa verdulera de aquellos años. Estación termini (1998) fue el volumen póstumo de remate confidencial, nutrido principalmente por la calderilla del ajuste de cuentas con su tiempo, además de los ecos de alguna provocación, como sus revelaciones homosexuales, que despertaron la alcurnia inquisitorial de ciertos gallineros y la ansiedad de amor imposible de algunas damas ilustres sofocadas por la apariencia. También su acecho impaciente al Cervantes, un galardón prometido y que finalmente pasó de largo. Rosa Chacel tuvo sus recompensas –la bienvenida del Premio de la Crítica, en 1976; el Nacional de las Letras Españolas, en 1987; el Castilla y León, en 1990; y la medalla de oro de Bellas Artes, en 1994-, además de unas cuantas decepciones. Por encima de todas, el reiterado, estúpido y gratuito rechazo de la Academia, que le antepuso varias escritoras irrelevantes y siempre de menos fuste, como Carmen Conde y Elena Quiroga.

Rosa Chacel tuvo un recorrido literario anterior a la guerra, muy vinculado a la deshumanización orteguiana del arte. Como a María Zambrano, la tatuó su razón poética. La receta –que, simplificando abusivamente, consiste en observación microscópica de los sentimientos y poco dibujo narrativo, escueto relato y abundante divagación- es la misma que alienta entonces y después la renovación europea de la novela. En esa onda, sus textos más ambiciosos ofrecen una lectura ardua. Ocurre con La sinrazón (1960), obra de enorme esfuerzo creativo no bien resuelta del todo, que recibió en su retorno la acogida del desdén, cuando fue reeditada en España diez años después, con el aval vallisoletano de Julián Marías.

Un relato demorado y puntilloso recoge la confesión íntima de un hombre atribulado, cuya conciencia enrevesada marca el curso de la narración. Las andanzas de Santiago Hernández por Francia, Suiza y Madrid coinciden con las desveladas por su autora en la confidencia de los diarios. La trama minuciosa de esta confesión desbordada va cubriendo los espacios abiertos por Estación, ida y vuelta (1930), su primera novela, mientras puebla sus bucles con demoradas peroratas introspectivas. Sus protagonistas orbitan perdidos por el laberinto sin patria hasta caer en el precipicio de la locura.

La sinrazón vio la luz después de una estancia de medio año en su primer retorno a Madrid y Estación surgió en Roma, durante sus años en la academia. Estación recoge la historia sentimental de una pareja que revuelve una relación ajena. A Roma había acudido Rosa Chacel con su marido el pintor Timoteo Pérez Rubio en 1921. Estuvieron seis años en la Academia de España, hasta 1927, con la lección orteguiana bien aprendida. Por encargo de Ortega había escrito Teresa (1941), que verá la luz ya en el exilio. Concebida como biografía novelada de Teresa Mancha, la amante de Espronceda, la escasez de documentos alentó su indagación psicológica, dando como resultado una estupenda novela histórica, con más pálpito que anclajes cronológicos.

A mi juicio, no muy compartido, su obra mayor fue Memorias de Leticia Valle (1945), que años más tarde llegó al cine, donde desvela la aventura de un adulto seducido por una preadolescente, que culmina en cuelga de suicidio. La novela sitúa su acción en Simancas y Valladolid, aunque la historia generadora había sucedido en Sardón de Duero. Su desencadenante literario fue una lectura de Dostoiewski en Roma, quien presenta en su obra Endemoniados la seducción de una niña por el adulto con su quiebra por la parte más débil. Como fondo bulle poderosa la memoria de su infancia, que resalta el deseo de la protagonista de madurar como mujer culta e independiente. Juan Ramón Jiménez la había definido como «heroína criminal de amor». Desde su estancia romana la pareja había recorrido con pasión e interés lugares emblemáticos, como Nápoles, Salerno, Venecia y Burano, donde Rosa repara en que los hombres están siempre en las barcas, mientras las mujeres encajeras «tienen entre ellas sus amoríos, sus bailes y hacen la corte lesbiana a sus visitantes con una cordialidad admirable». Chacel había escrito ya en un ensayo de 1931 que «la homosexualidad no es más que una de las infinitas encrucijadas del sexo». A ese universo de sueños, evocaciones y rescates dedicó también Rosa Chacel su memorial Desde el amanecer (1972), donde recupera sus primeros diez años vallisoletanos en la estela familiar y criolla del poeta Zorrilla. Cuando vuelven de Roma a Madrid, en 1927, se instalan en la plaza del Progreso y dos años después nace su hijo Carlos, auténtica debilidad de la madre, que perderá a la suya en 1932. Una aventura del marido Timoteo Pérez Rubio (1896-1977) con su hermana Blanca Chacel (1914-2002) provoca su huida a Berlín, víctima de un «desgarro íntimo». Allí encuentra a Rafael Alberti y a María Teresa León, y también al hispanista venezolano Ángel Rosemblat (1902-1984), que la acompaña a pasear por una ciudad ya crispada de nazismo. En Berlín conoce además a Musia Sackeim, el joven alemán que la invita a bailar y con quien vive «un enamoramiento que no quiso alimentar». La muerte de su madre Rosa-Clara le hace evocar a Emilio, el cómplice fraternal añorado y perdido a los pocos meses, y la sume en una crisis devastadora, que ahonda su descubrimiento del episodio sentimental de Blanca con Timo.

ANDANZAS PEREGRINAS 
Nada volverá a ser nunca como en los días felices de Roma. «La dependencia de los lazos familiares (con su marido y con el hijo de ambos) condicionan su experiencia de la vida hasta el punto de privarle de toda posibilidad de alegría», aguzando su conciencia de fracaso. Tampoco en el azacaneado exilio carioca, donde reciben el amparo acogedor y hospitalario de los Pentagna, hasta quienes los conduce desde Europa la enigmática dama de Ascona, casada con un aristócrata alemán nazi, con quien huye a Brasil para librar a sus hijos de la movilización bélica. Llegaron a Río el 4 de junio. Una vez allí, Vito Pentagna ofrece a Timo la explotación de sus minas de caolín, cuya industria de la Keramike conoce un período floreciente, iniciando el declive a partir de los diez años: «En este tiempo vivíamos del modo más irregular, más imprevisible». El hijo, Carlos Pérez Chacel, estudia arquitectura en Buenos Aires y Rosa lo acompaña durante temporadas, cultivando el reencuentro con los escritores españoles que residen allí. Traduce a Eliot, a Racine, a Mallarmé y a Camus y colabora en Sur y en La Nación. Entre 1959 y 1961 reside en Nueva York con una beca de creación Guggenheim y una breve escapada veraniega en 1960 a Méjico, donde se encuentra con su hermana Blanca y con amigos como Cernuda y Concha Albornoz. Después de haber concluido en Suiza el inventario del Tesoro Artístico entregado a la Sociedad de Naciones, cuya exposición ginebrina estuvo abierta entre junio y septiembre de 1939, Blanca Chacel viajó a Méjico en 1942, dedicándose a la docencia, a las traducciones y al teatro, en la compañía dirigida por Álvaro Custodio. A partir de 1970, trabajó en la producción de esmaltes.

Rosa Chacel regresó por primera vez a España entre diciembre de 1962 y mayo de 1963. Ocho años más tarde, volverá a Madrid en el verano de 1971, hospedándose en casa de Rosemblat, su cómplice silencioso de la aventura berlinesa. Entonces comienzan a ver la luz en España sus libros del exilio. Ya de vuelta en 1974, una beca March impulsa un último proyecto con tres novelas que hacen balance de su memoria. Barrio de Maravillas (1975), premiada por los críticos españoles como mejor novela del año, inaugura el ciclo autobiográfico de recuerdos esbozados con el repaso a la pubertad madrileña, los amigos y la incipiente vocación intelectual, que conviven con un proceso de menguas familiares. Acrópolis (1983) se centra en los años veinte y gira en torno al eje de la Residencia de Estudiantes, donde bulle la inquietud de la protagonista, que refleja el tránsito hacia la ilusión republicana. Ciencias Naturales (1988) se ocupa del exilio y es la más floja de la trilogía, por descuidos de estructura debidos a un acopio de materiales que a veces no encajan en el recuento introspectivo. Son relatos que descansan en el buceo lírico de la memoria, en el rescate y evocación de un tiempo generacional tenazmente modelado para realzar sus perfiles menos realistas.

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