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Bronce y bravura

La exposición ‘Tauromaquia’ muestra esculturas y dibujos del artista salmantino Venancio Blanco, fallecido en 2018, inspirados en sus vivencias de niñez en la ganadería de Argimiro Pérez Tabernero

CÉSAR MATA SALAMANCA
14/07/2019

 

Podría parecer que los buitres del tiempo hubieran devorado las vísceras de los toros del escultor Venancio Blanco que se muestran en la exposición ‘Tauromaquia’, impulsada por su homónima fundación, que se pueden contemplar en la sala Santo Domingo de la Cruz, en la capital salmantina. Pero, en realidad, ese hueco no es una ausencia, sino la indudable presencia de un espíritu enfocado hacia lo cierto o, en todo caso, lo anhelado.

Artista y ganadero, como el desaparecido autor confesó en más de una ocasión, buscan consumar su obra con el ideal de la perfección, de la bravura. Y esta es, ante todo, el abandono de lo material como un sacrificio para consumar una entrega. Así que el amor, como acto de creación irrevocable y derrochadora, une cincel y embestida.

Las vivencias camperas de Venancio Blanco (1923-2018) inspiraron su obra dedicada al planeta de los toros. Tanto, y sobre todo, por su niñez en la finca Carrascalino, en Matilla de los Caños, donde su padre era el mayoral de la vacada de Argimiro Pérez Tabernero, como por su habitual presencia posterior en la madrileña plaza de Las Ventas.

En las cerca de 80 obras que se exponen (hasta enero de 2020), destaca como motivo inspirador la suerte de varas, con más prodigalidad, si cabe, en sus dibujos. Quizá porque en ella se reúnen en el ruedo, al igual que en el bronce se funden el cobre y el estaño, el toro y el caballo. Un encuentro con el peto no exento de violencia, como si el autor no quisiera mentir sobre lo duro de la lidia. Mejor dicho, como si el autor no se quisiera mentir.

Sus recuerdos más antiguos, confesó, estaban compuestos de imágenes en las que su padre y los vaqueros llevaban una corrida, con los bueyes, al embarcadero ferroviario de El Villar de los Álamos. Un enclave que aún conserva, por cierto, sus muros y grúas, y antiguos cajones para trasportar reses bajo un desvencijado sotechado.

La metálica bravura del toro y la dureza de espíritu del torero quedan reflejadas en sus múltiples obras en las que se sublima el embroque de un lance, desnudo de artificios, resumido en el eco de esa aleación de lucha y destino, de inteligencia e instinto. Una de ellas, dedicada a una medida verónica, expresa, en decantación exacta, el instante de la conjunción del artista y su obra. Del escultor y del torero.

El recorrido por la sala de exposiciones adquiere el ritmo de una liturgia camperamente sosegada. Toros, caballos, cabestros… y toreros. Con ese busto de Juan Belmonte, que se puede contemplar cerca de la sevillana plaza de La Maestranza, en la otra orilla del Guadalquivir, de nariz y barbilla prominente, como un rústico emperador de los ruedos.

Aparecen los toreros como la suma de trozos de metal cosidos a golpes, soldadas las láminas de bronce con la luz ciega y estruendosa de una vocación que es, también, la suma de pesos y de sueños. Diestros de aspecto robotizado, de robusta y ligera anatomía.

Cedida por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, destaca también su obra ‘Torero’, de 1962, obra premiada con la Medalla de Oro de la Exposición Nacional de Bellas Artes.

La exposición, tan necesaria e inevitable para el aficionado a la escultura como para el de los toros, cuenta con el apoyo del Ayuntamiento de Salamanca, y describe una obra y sobre todo, a un autor, Venancio Blanco, que nació junto al toro de lidia, soñó con ser torero y vivió en la coherencia valiente, quietas las zapatillas de su mirada en el ruedo de las cosas, de expresar quién era.

DATOS DE INTERÉS.

Abierto hasta enero de 2020
Entrada gratuita
Horario. De lunes a viernes de 17.00h a 21.00. Sábados, domingos y festivos de 12.00 a 14.00 h y de 17.00 a 21.00h

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