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La última cabina

Apenas la miran y sólo un puñado de vecinos la utiliza, sobre todo para llamar al extranjero. La cabina de Villabrágima, pese a permanecer constantemente vacía, es la más utilizada de pueblos medianos de Valladolid / A meses de que el Gobierno decida si dejan de ser un ‘servicio universal’, perduran 170 en Valladolid, 811 en la Comunidad, y registran menos de una llamada al día / Su evolución y los recuerdos en torno a ella son vestigios del cambio en la vida en el medio rural

ALICIA CALVO / VALLADOLID
24/10/2017

 

Gregorio recuerda la cola. Y las trampas. La cuerda atada a la moneda para recuperarla después de hablar. Las prisas por conversar con su novia. También el pitido que aceleraba las despedidas y los ‘te quiero’ interrumpidos por el fin del saldo. «Los cinco duros no duraban nada», ríe ahora aunque en su momento no le hacía «gracia».

Pasa todos los días en bici por delante de la última cabina de Villabrágima y ya no la mira; cuando se gira, ni la ve. Cuenta que era muy joven cuando reunía un puñado de monedas del jornal que sacaba de rebuscar remolacha y venderla para contactar con su actual esposa, que durante el noviazgo vivía en Bilbao.

Comenta en un improvisado corrillo que se forma en la Plaza Mayor, que corría para llegar pronto y no esperar demasiado su turno y que se montaba una algarabía en los soportales, alrededor del teléfono público.

La cabina de la que habla, la de la localidad vallisoletana de Villabrágima, no es una más de las 170 dispersas por la provincia vallisoletana (101 en la capital).

No es sólo una reliquia del siglo XIX condenada al desuso por las nuevas tecnologías y cuyo futuro está en el aire, que también.

En diciembre expira la obligatoriedad de Telefónica de prestar el servicio, aunque el Ministerio se reserva la posibilidad de prorrogar la designación a esta compañía otro año más. 
Este es además el terminal que más llamadas emite entre los pueblos pequeños y medianos de la provincia de Valladolid. De los grandes, el título le corresponde a Peñafiel.

Bastan unas horas de conversación con sus vecinos para descubrir que supone además un testimonio de la evolución de la vida en los pueblos.

Desde el bar Casa Ursi se encuentra la respuesta a la inusitada actividad de la cabina de Villabrágima, que tampoco resulta precisamente excesiva.

De hecho, una encuesta improvisada a pie de calle, sin rigor científico, revela que ‘¡Buf, no la uso desde hace muchísimos años!’ es la respuesta mayoritaria en el lugar, seguida de un ‘¿Desde la cabina? No he llamado nunca’, acompañada de una mueca de asombro por lo inusual de la pregunta.

De vuelta al enigma sobre quién, cuándo y por qué se utiliza en este municipio, desde la cafetería de José Ángel se atisba lo que sucede tras los ventanales. Ahí está la respuesta. La cabina aparece en el horizonte, a la derecha de la estampa, en plena Plaza Mayor, acristalada, pero sin puerta. Solitaria. Y entre quienes sí descuelgan, introducen dinero o tarjeta y marcan suelen encontrarse vecinos que contactan con sus familias de otros países.

Así lo constata la mayoría. Un nombre surge en casi todas las conversaciones al respecto, el de Hada. Es frecuente que esta mujer, casada con un lugareño, pida cambio en el bar para llamar a los suyos a Marruecos. Posee un móvil, pero la tarifa de su operador le resulta menos económica.

Al margen de un puñado de usuarios, el resto son tan ocasionales que no efectúan ni una llamada al año; algunos ni en un lustro o en una década. «Si tengo el mío para qué voy a venir aquí», comenta una vecina nonagenaria, Anastasia, que saca del bolsillo de la chaqueta el terminal fijo, que es inalámbrico y le sirve también para la calle. «Con este me apaño».

Su ejemplo explica las estadísticas sobre las 811 cabinas que aún perduran en Castilla y León. Unas cifras de actividad que sepultan cualquier atisbo de futuro de estos teléfonos públicos, al menos para el uso actual.

En 2010 la media de llamadas diarias por terminal en Valladolid ascendía a 8,2 y pasó a poco más de una al día (1,4) en 2016. En lo que va de año, descendió a 0,76 llamadas «y bajando», precisa Telefónica. Es más, en lo transcurrido de ejercicio, desde 133 de las 170 de Valladolid no se realizó ni una al día.

Antes de retomar sus asuntos, Anastasia no quiere despedirse sin apuntar una nota: preferiría que no la quitaran. «Hombre, ha estado aquí siempre y está bien porque la gente puede necesitarla».

Cierta nostalgia al imaginar el fin de ciclo de estos servicios invade también a Juan Luis, el panadero. Su negocio está frente a frente con la susodicha. «Es parte del mobiliario del pueblo. Se la echaría de menos. Mira, fíjate si cambian las cosas, que antes había en el bar un teléfono con marcapasos, de esos que te cobraban por los pasos, y casi siempre estaba libre. Ahora estamos siete en el bar y los siete móviles funcionando».

En este punto, se suman a la conversación Jesús y Carlos, dos vecinos que se han encontrado en la calle. Pertenecen a dos generaciones muy alejadas, 83 y 24 años revela el carné de cada uno que tienen, pero expresan similar opinión sobre ese servicio en el que ya pocos se fijan. Añaden un argumento más, la eventual utilidad. «Sirve para los ‘por si acaso’. Si te quedas sin batería no tienes que irte a casa o por si falla la cobertura, que no todas las compañías tienen la misma».

Lo señala el más joven por experiencia. Aunque por edad podría parecer que es el veterano quien más la ha utilizado a lo largo de su vida, sucede lo contrario.

El joven Carlos cuenta cómo le servía para trasladar las últimas nuevas a su madre, de Villagarcía. «Es lo que pasa con los jóvenes que tuvimos que dejar nuestro pueblo. Me vine aquí y llamaba desde la cabina porque no era como ahora con las tarifas planas de los móviles. Le contaba que estaba bien y todos tan tranquilos».

La última vez que entró en el habitáculo acristalado, el calendario terminaba en 16; conectó con Villagarcía, también, pero para charlar con su abuelo. «No tengo fijo y a veces sale mejor».
A su lado, mientras se expresa Jesús sacude la cabeza. «Es una cosa buena. No lo tenían que quitar, pasa cualquiera... El pueblo ya ha perdido mucho».

También Valeriano, que acaba de tomarse el chupito de media mañana y rememora que un día sí y otro también «se atrancaba la moneda», habla de cómo perdieron «el coche de línea que se llamaba el correo, que venía de Medina de Rioseco recogiendo a los vecinos con frecuencia». «Ahora pasa cada mucho tiempo», lamenta. «¡Con lo que esto ha sido!»

Pese a los malos augurios de los propios vecinos y a que incluso laComisión Nacional de los Mercados y la Competencia ya recomendó al Gobierno en un informe de 2016 que «dentro de su agenda digital modificara el Real Decreto para excluir las cabinas del servicio universal a semejanza de otros países europeos como Francia», el devenir de los teléfonos públicos de pago resulta aún incierto y está en manos de lo que decida el Ministerio antes de que concluya el año.

Desde Telefónica, además de constatar la escasa actividad, indican la nula «rentabilidad». Es un sistema deficitario acrecentado por los efectos del vandalismo, ya que, según explican, suele costar más el mantenimiento que la recaudación.

En la barra del bar, Valeriano, sin saber de datos, confirma que ya no se encuentra con el cajón forzado para sustraer las monedas. «Pa qué. Ya no hay casi. Antes era constante, siempre había quien lo rompía para llevarse unas pesetas».

Cuando se dan las condiciones para retirar un terminal de teléfonos, la compañía busca el consenso de los ayuntamientos.

En Villabrágima llegó a haber cuatro, y ahora conserva su teléfono gracias exactamente a 45 residentes. Esos paisanos son los que lo diferencian de un pueblo sin cabina. Su padrón lo engrosan 1.045 personas y la normativa fija la oferta mínima en «al menos un teléfono público de pago y uno más por cada 3.000 habitantes en cada municipio de 1.000 o más habitantes».

En esta localidad, la cabina no es el vestigio más antiguo de las comunicaciones que permanece. Justo encima del techo que ha presenciado infinidad de conversaciones, un cartel todavía guía con una flecha hacia la izquierda e indica: ‘teléfonos’.

Preguntados, los vecinos ríen. Recuerdan cómo «se enteraba de todo» la operaria de la central de teléfonos, ubicada en el antiguo Consistorio, en un lateral de la plaza. «Le decías a la señora el número, metía la clavija, te pasaba y luego te contaba cuánto había valido. Tenías que decirle ‘deja de escuchar’ porque sabía la vida de todo el pueblo», relatan en clave cómica ante las nuevas generaciones, que no conocieron a tan afamada vecina.

Ni tampoco a esos periodistas esporádicos que narraban su crónica telefónica echando unos cuantos duros por la ranura, en tiempos en los que la voz era lo más parecido a la velocidad de internet.
De oídas conocía la historia de la centralita Juan José, el alguacil, que fue de los de meter monedas y de los de estrenar un primer móvil «tan grande como la cabina».

Eso sí, precisa que el teléfono, en sus tiempos mozos –supera por poco la treintena– «sólo servía para llamar». «Yo jugaba a las peonzas y las canicas. Ahora desde los tres años ya saben manejarlos. Antes había corrillos; el verano pasado todos jugando al juego de cazar Pokemon con su teléfono». Antes la cabina se usaba; ahora, apenas.

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