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CICLISMO

Los González, tres sorianos a rueda en la élite del ciclismo

El árbitro internacional Enrique González fue «un desastre» como ciclista, pero ahora vive en El Royo con su familia, en la que hay «un campeón de España de pista y otro que lo va a ser»

Sara I. Belled
23/01/2018

 

Hay un par de cosas que Enrique González tiene claras: una es que el Giro es mucho, muchísimo, más bonito que el Tour y la otra, que hay que estar un poco loco para que te guste tanto el ciclismo.

Enrique es árbitro internacional y colabora mucho con la Unión Ciclista Internacional, entre otras federaciones. Reconocido soriano en el mundillo de las dos ruedas que, aunque dio sus primeras pedaladas en la disciplina encima de la bici, admite que como ciclista competitivo fue «un desastre». Pero, claro, ahora es «el padre, entrenador y patrocinador de un campeón de España de pista y de otro que lo va a ser» y eso no hay victoria que lo pague.

«¡Mira, los ciclistas del Royo!», advierten los vecinos de la localidad, acostumbrados a que Enrique, pero sobre todo los ya no tan pequeños Mateo y Antonio salgan a rodar por las carreteras que tienen a menos de un paso de la puerta de su casa. «Aquí nos conocen todos, tenemos un sitio espectacular para entrenar, pero vale», advierte el soriano, que salió de la capital junto a su mujer hace unos 20 años para apostar por el medio rural. Vale porque las ayudas que tienen son ninguna y tiran de favores, afición y el amor por el ciclismo. «Hay que estar un poco locos por esto», repite de vez en cuando. Para ejemplo, que tienen que realizar 170 kilómetros para entrenar en el velódromo más cercano, en Tafalla (Navarra), y que Mateo se proclamó el mejor de España en pista –estos deportistas que dan vueltas y vueltas a un óvalo– el año pasado con una bici prestada. Hablando con los González una se percata de que en lo que al ciclismo se refiere, cuando ya quieres dar ese paso necesario de nivel, lo único que no cuesta dinero son las ganas.

Pero vamos a empezar por el principio. «Yo corría en bici a la edad de ellos, pero ni tenía los medios, ni el tiempo, ni nada...», relata Enrique. «Es que Soria, para ser ciclista de competición, es muy difícil», antes y ahora. Por eso además de «tener el apoyo familiar, que te lleven para un sitio, para otro...», no hay duda de que este «es un deporte muy caro». Enseña en ese momento una llanta de carbono con un leve toque que ya la deja inservible. «Casi da vergüenza decir lo que vale». La tienen en la entrada de casa «y cada vez que la veo...». No lo dicen así, pero seguro que recuerdan lo que vale luchar un sueño.

Enrique llegó a correr con los Induráin, Prudencio y Miguel, aunque de aquello casi se dio cuenta años después, mientras buceaba por las viejas actas de la federación. «Circunstancias de la vida», a los 16 dejó la competición. No se deshizo de ese vínculo  tan especial que ya había creado con las dos ruedas. «Estaba tan involucrado que al final con 18 años un amigo cuyo padre era comisario de ciclismo me dijo que fuera a echarle una mano, y ahí empecé». La primera cita de su carrera fue uno de aquellos campeonatos de España para ciegos, de tándem, que se celebraban en La Dehesa de Soria. De eso, explica, hace más de 30 años. «Entonces no tenía ningún título ni nada, pero con los años vas ascendiendo de categoría. En el 98, antes de que naciera ninguno de estos –tiene tres hijos, de los que dos son ciclistas–, me saqué el título de la Unión Ciclista Internacional».

Tiene 48 años y su carrera desde entonces ha crecido hasta acudir todos los años al menos a dos de las grandes, además de otras tantas citas en todo el mundo, muchas de ellas clásicas, por las que tiene predilección. «Normalmente hago el Giro y el Tour». Pero sale de viaje casi todas las semanas. Lo calcula y afirma que estará fuera de casa unos 240 días al año. Más de la mitad. Se intuye, también lo dice, que el ciclismo es su vida, pero nunca es fácil separarse de los que más quieres. Así asegura que cuando comenzó, todo era ver a los grandes, respirar el ambiente de las carreras, pero ahora... «Ahora hay veces que estoy en el Tour con los mejores ciclistas del mundo y este (señala a Mateo) o aquel (señala a Antonio) están en una carrera de sacos, yo que sé, en Fresnillo de las Dueñas y estoy con la cabeza ahí».

Una maldita locura
¿Y qué hace un árbitro en el ciclismo? «No es difícil de entender. En el ciclismo básicamente hay dos aspectos: todo el tema de la toma de tiempo, que de eso se suelen encargar los árbitros nacionales o gente autonómica; y después están los internacionales, que normalmente a lo que nos hemos dedicado siempre es al asunto de la disciplina en carrera». La disciplina, eso sí, no es entre los ciclistas, si no por «los inconvenientes entre coches y ciclistas». ¿Recuerda alguna imagen del Tour, de los coches, las motos que pasan junto a los deportistas? Pues «ni siquiera el 10% de los vehículos acreditados van en carrera, o sea, van fuera». Es decir, que es «una maldita locura». La pelea del ciclista es contra el viento y, «claro, todos los coches de equipo, motos, tal y tal, lo que intentan es proteger a determinados ciclistas con respecto a otros», explica Enrique. Eso es lo que los árbitros han de evitar, «tienen que poner orden para que a todos más o menos se les trate por igual» y eso es «una verdadera batalla». Ese es su trabajo.

Para batallas las que puede contar. Recuerdos físicos de las carreras en las que ha estado como árbitro guarda pocos. Un adoquín de la París-Roubaix y muchos libros de ruta del Giro, «que son los más bonitos». Él se queda con las vivencias. Se codea con los mejores y para quienes observan los pelotones desde fuera la intriga es la de cómo son los ciclistas. Responde al segundo que el ciclista «es muy humilde»; y enlaza con Valverde. «Es dios», dice, entre otras cosas porque una vez, en una vuelta a España, mientras Enrique realizaba la otra parte de su trabajo, la de los controles antidoping, vio al ciclista quedarse al margen el día después de la carrera. «Los equipos suelen salir a correr y el se quedó en la puerta del hotel». Resulta que en la meta unos chavales le habían dicho que ojalá pudieran entrenar con él y les dijo que claro, y ahí que se fue con ellos a soltar las piernas en vez de con el equipo.

La humildad se respira igual hablando con ellos. Mateo (24 de noviembre de 2000) es el mediano, tiene 16 años y estudia un grado medio de cocina en Soria. El año pasado se proclamó campeón de España de ciclismo en pista y viaja con asiduidad a Bélgica, el culmen de las clásicas, donde forma parte de un equipo filial de Trek, con el que ya ha cosechado algunos podios. Quiere ser ciclista profesional y empezar esta temporada por el Campeonato de Europa de pista. Antonio es el pequeño (22 de octubre de 2003) y cuenta sus victorias en cerca de cien. Tiene 14 años y estudia tercero de la ESO. Se ha proclamado campeón de Castilla y León en tres ocasiones, dos en pista y una en ruta. Su objetivo: el Campeonato de España de pista y el reputado trofeo de pista de Guipúzcoa. Los entrena su padre y salen a rodar, eso sí, «como el ejército de Pancho Villa», cada uno por su lado.

Premios ‘de prestado’
Son campeones, pero si no es por el ahínco de su padre, que se esfuerza por dar parte aquí en la provincia o donde sea, muchas veces sus victorias quedarían por completo en el anonimato. Sus premios son suyos, pero cualquier ayuda es buena. «Tenemos la suerte de que para entrenar por aquí está muy bien (en ruta), pero no tenemos ningún apoyo de ningún tipo», critica Enrique. El material es un caro escollo: «Con el asunto de las bicicletas de pista, el velódromo mas cercano es Tafalla, a 170 kilómetros, y Mateo ganó el Campeonato de España de pista con una bici prestada que nos dejó el mismo señor del velódromo», relata. Resulta que en cuanto a ciclismo se refiere las diferencias entre un deportista de Valladolid, por ejemplo, y uno de Soria son tales que «hay gente que lleva corriendo desde que era pequeño con bicicleta de la Federación en el velódromo». Y Soria, «Soria no es Castilla y León y no es nada, en todos los aspectos». Porque aquí, advierte, «te tienes que gastar dos mil y pico euros en la bicicleta y hacer los 170 kilómetros al menos una vez a la semana». Y multiplicado por dos. Porque, claro, ambos han practicado y practican el ciclismo en ruta, pero se les ha ocurrido especializarse en pista, que ya es rizar el rizo. «En Soria para empezar es que no hay gente, pero para nada, y la poca gente que anda en bici se tira para el duatlón o triatlón, porque están mucho más organizados. Y aquí los del ciclismo nos quedamos como ‘El último mohicano’…»

Pero bueno, que siguen corriendo, y de vez en cuando se llevan alguna alegría. «Me gusta mucho el ciclismo, pero de los momentos más felices es el día que Mateo ganó el Campeonato de España. Pues si no fue el más feliz, le faltará poco», reflexiona Enrique. Y contagia esa pasión. Tanto que en El Royo ya se han hecho tradicionales las citas con los festivales de ciclismo en edad escolar.

«¿Porque sabes qué es lo mejor de estar aquí?», pregunta. «Tiene un punto bueno estar solos aquí y es que al final es una cosa que hemos construido nosotros, que nadie nos ha ayudado. Aquí nos hemos puesto cabezones y, ojo, que ganar a vascos, catalanes, madrileños, a gente con medios, con dinero, con entrenadores, con volumen de chicos... Es que en toda la provincia de Soria los únicos que tienen licencia competitiva a hasta júnior y demás son estos dos». No le falta razón al soriano, que admite que, bueno, que «mientras estemos locos con esto...». Seguirán rodando.

 

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