Heraldo-Diario de Soria | Viernes, 16 de noviembre de 2018

MÁS SE PERDIÓ EN CUBA

San Miguel de Parapescuez

IGNACIO SORIA ALDAVERO 13/08/2018

ME CONTABA mi difunta abuela paterna, Silvia Antón del Prado, que una calurosa tarde de verano, en Aldehuela de Calatañazor –en los años posteriores a la Guerra Civil– un hombre rompió la apacible tarde al grito de ¡¡han robado el santo de Parapescuez!! Los vecinos, alarmados, se acercaron a la ermita –no muy lejana al pueblo– y comprobaron que efectivamente, la talla de madera de San Miguel no estaba en su vieja y carcomida peana.


En las inmediaciones y ante tal algarada, un oriundo al que al parecer se le había ido la mano con el vino, les respondió que no se preocuparan, que nadie había robado el santo, sino que él mismo, al ver que tenía sed, por el sofocante calor, lo había bajado –sumergido pudieron comprobar después– a beber agua al cercano río Milanos.

A día de hoy, en las tardes de verano, cuando me doy un paseo hasta las hoy ruinas de la que fue ermita románica de San Miguel de Parapescuez, siempre recuerdo esa anécdota con una sonrisa en los labios. Una sonrisa que también en breve se me desdibuja de la cara, al recordar la tropelía que años después se cometió con el beneplácito del Obispado de Osma–Soria y el sacerdote de turno que se prestó a ella. Y es que esa joya del románico soriano, de nada menos que el primer cuarto del siglo XII, fue vendida en 1964, por 50.000 pesetas de la época, a un particular que fue más listo que el hambre.

El diario ABC de fecha 27 de febrero de 1964, dio cuenta de este atentado contra el patrimonio de esta manera: «…una ermita ha sido trasladada desde campo de Calatañazor, piedra a piedra, al pueblecito vizcaíno de la Ciervana…». Lo cierto es que hoy en día, se desconoce el paradero de nuestra ermita –digo nuestra porque yo así la siento– ya que jamás fue llevada al emplazamiento que dijeron.

De ella y de su sencillez sabemos algo –poco pero algo– gracias a Gaya Nuño que a las tierras de mis ancestros se trasladó para llenar las páginas de su magnífico libro dedicado al románico soriano. Sin él seguramente, ya se habría olvidado lo que un día nos perteneció y lo que por añadidura se nos quitó. Es verdad que antaño no se valoraba el arte como hoy se hace.

Pero eso no resta la ignominia que allí se consumó, y por ello, hoy he querido compartirlo, para que de alguna manera, San Miguel de Parapescuez, volviera a estar en su peana, durante al menos el tiempo que se tardan en leer estas líneas. Con la vasta cantidad de leyes que tenemos, siempre me he preguntado si no hay algún resquicio para mediante vía judicial, tratar de revocar este episodio, y recuperar nuestro patrimonio. Ahí lo dejo…