Heraldo-Diario de Soria | Martes, 22 de enero de 2019

11:54 h. EL SIGLO DE DELIBES

La pesadilla del miedo

Parábola del náufrago (1969), la décima novela de Miguel Delibes, supuso un derrotero decisivo y casi siempre mal entendido en su trayectoria narrativa. Un giro que la crítica literaria, tan predispuesta a galardonar pastiches indigestos como La catira (1955) de Cela, acogió con reserva y reparos; tanto la amazacotada y académica como la periodística, con frecuencia más despierta. Las lecturas de su recepción, salpicadas de una perplejidad tendente a tomar el sesgo como pasatiempo efímero, tintaron su expresionismo radical con la espuma kafkiana derivada

ERNESTO ESCAPA 27/12/2018

EL PADRE MÁS MADRE

Miguel Delibes, como periodista que padeció en su ejercicio los mandobles tenaces de la ley de Prensa de Fraga, viene advirtiendo en el país síntomas preocupantes de incapacidad para dar una salida democrática al lamparón de la dictadura. Su editor y confidente Vergés, víctima de sucesivos secuestros de la revista Destino y con un hijo detenido y expulsado de la universidad, le avisa: «Vamos a pasar un mal rato cuando lleguen los momentos finales». Y efectivamente, así será.

Cuando su hija Ángeles Delibes y su yerno Luis Silió son detenidos en Madrid el 17 de octubre de 1973, acusados de pertenecer a la Liga Comunista Revolucionaria, acaban de ser padres, apenas un mes antes, de la futura periodista Elisa Silió Delibes, que queda al cuidado del escritor y su mujer. Luis Silió permanecerá preso hasta diciembre, pocos días antes de la voladura de Carrero. Un episodio que mudando la cronología incorpora Delibes a su novela Señora de rojo sobre fondo gris (1991), evocadora de su mujer Ángeles Castro. Pero inevitablemente los acontecimientos españoles, especialmente los universitarios donde Delibes tiene puestas tantas antenas, alertan al escritor sobre la dramática decrepitud de la dictadura, que puede degradar al individuo hasta deshumanizarlo.

De ahí, su parábola sobre la degradada cosificación del sistema, que tiene dos ejemplos de envilecimiento extremos: Genaro Martín se convierte en el perro Gen, y al final de la novela, Jacinto San José se convierte en borrego; ambos como víctimas del poder sin rostro de don Abdón, que tiene la capacidad de angustiar a todos los empleados de su empresa a través del control de Darío Esteban, su jefe de personal aupado con prismáticos a un minarete central. Darío y don Abdón rigen la empresa con unas leyes tan absurdas y misteriosas, que los propios empleados ignoran si las están cumpliendo o las infringen: el Reglamento de la Casa; los Diplomas de Sumadores; y los Informes policiales, que contienen hasta los detalles más íntimos y secretos desarrollados con un detallismo minucioso. Además, don Abdón y Darío cuentan con su collar de guardianes y vigilantes de un orden tan opresivo como impenetrable: el Conserje y el Doctor, que gobiernan los espacios novelescos.

Los dispensarios don Abdón («el padre más madre de todos los padres»), la conserjería, el refectorio común, las oficinas de reglamento y diagnóstico y, por encima de todo, los temibles refugios de recuperación, que son auténticas colonias penitenciarias. El refugio 13, en el que recluyen a Genaro, es un seto formado por una planta misteriosa que crece hasta aprisionarle: sus deseos de alcanzar la libertad se traducen en sucesivas torturas que lo acaban aniquilando, para ser convertido en el perro guardián de la entrada. Y tampoco falta en los espacios de la novela el mítico laberinto tortuoso. Jean Tena, en una esclarecedora lectura de Parábola del náufrago publicada en 1979, aventura la hipótesis de que esta historia la tuviera guardada Delibes en un cajón desde comienzos de los sesenta, poniéndola al día con las preocupaciones del humanismo internacional derivadas de las protestas estudiantiles españolas, europeas y americanas y de movimientos de liberación como la frustrada Primavera de Praga. Una puesta al día temática acompañada también de modernas técnicas formales: mezcla de tiempos narrativos, abundante manejo de onomatopeyas, elipsis con la variante de que los elementos lingüísticos ausentes son restablecidos entre paréntesis y relevo de la puntuación por su expresión verbal: coma, punto, abrir paréntesis, cerrar paréntesis, etc. Quizá curándose en salud a mitad del proceso, en una conferencia de mayo de 1965 en el Ateneo de Madrid, Delibes señaló: «Todo novelista debe ser un solo estilo, pero tantas técnicas como temas pretenda desarrollar». Tena nos refiere la escalada y poda sucesivas del truco de verbalizar los signos de puntuación, que finalmente queda reducido a los 25 folios de la historia de Genaro, y advierte a Delibes del previo uso de la puntuación literal por parte del poeta americano, traductor y cómplice neoyorkino de Lorca, E. E. Cummings (1894-1962).

En Parábola del náufrago (1969), la etiqueta de «realista con ribetes existenciales» acuñada para Delibes fuerza los diques que constriñen su imaginación. Y eso lo hace sin traicionar en absoluto la evolución humanista planteada en Cinco horas con Mario (1966), que incluye poner coto a los fuertes y arteros, para que los débiles, como las palomas en el universo avícola, no se queden siempre en ayunas. Como el náufrago sometido a su condición más elemental en su ansia de sobrevivir, el rebelde Genaro, que es un individualista rabioso, llega a creer que la invención de un nuevo lenguaje apocopado le servirá par á liberarse, a pesar de su conciencia respecto a un entorno en el que «las cosas, lo mires por donde lo mires, no pueden haberse puesto peor».

Las páginas que refieren la lucha de Jacinto por su supervivencia, en las que Delibes despliega todos sus recursos expresivos, mientras Jacinto trata de liberarse del agobio asfixiante de las plantas, son lo mejor del libro. Ahí pone en juego todos los recursos de su oficio narrativo: monólogos interiores, onomatopeyas, jugosos coloquialismos y diálogos con un humor negro que envuelve su burla feroz de la novela existencial. El experimentalismo de Delibes se convierte en sátira de la sociedad de consumo y del culto a la personalidad del dirigente alimentado por las dictaduras de uno u otro signo. De ahí la dedicatoria de la novela en español y ruso a Jacinto San José. También contiene una defensa extrema de la libertad humana frente a cualquier atisbo de abuso de poder. Que es lo que precisamente rige entonces en España.

Mientras Delibes pasa la garlopa a Parábola del náufrago, que verá la luz en julio de 1969 para ser distribuida en septiembre, se ha declarado en España otro estado de excepción, que en este caso y por primera vez afecta a todo el territorio nacional.

ESTADO DE EXCEPCIÓN

Cuando el 24 de enero de 1969 el Consejo de Ministros decreta el estado de excepción, su ministro portavoz Manuel Fraga Iribarne lo remacha atribuyendo a la estrategia del enemigo la conducción de la juventud, aprovechándose de su ingenua generosidad, «a una orgía de nihilismo, de anarquía y de desobediencia». Al final de aquella siniestra semana de enero, según Miguel Delibes que conoce como nadie el talante y percal del ministro Fraga, «el miedo se adueñó del país». Porque el sábado 18 habían sido detenidos en un bar de Madrid, acusados de arrojar propaganda de Comisiones Obreras, los militantes del Frente de Liberación Popular Enrique Ruano Casanova (1947-1969) y su novia leonesa Dolores González Ruiz (1947-2015), ambos estudiantes de quinto de Derecho, Abilio Villena y el cura José Bailo. Lola Ruiz iba a vivir ocho años después (el 24 de enero de 1977) el asesinato de su marido Javier Sauquillo en el asalto nazi al despacho de abogados laboralistas de la calle Atocha 55. Después de días de tortura en la Dirección General de Seguridad, el lunes los policías Francisco Luis Colino, Celso Galván y Jesús Simón Sancristóbal condujeron a Ruano a su piso de la séptima planta del número 70 de Príncipe de Vergara, entonces general Mola, para efectuar un registro. Una vez allí y como se resiste a cantar, le pegan un tiro a bocajarro antes de arrojarlo por la ventana al patio interior. Todo esto se sabrá durante la revisión judicial del caso en 1994, cuando la autopsia descubre que Ruano tiene serrado el hueso de la clavícula, donde se aprecia el impacto del disparo. Entre medias, los policías han sido condecorados con diversas distinciones por los sucesivos gobiernos, incluido el de Felipe González con Barrionuevo.

Pero ni siquiera es el asesinato impune lo más ignominioso de aquella semana. El martes 22 el diario Abc, que dirige el novelista y procurador en Cortes Torcuato Luca de Tena, destaca en su portada la detención de cuatro comunistas, señalando que uno se suicidó arrojándose desde un 7º piso. Como venía siendo habitual en las campañas de Fraga con aquel Abc, los detenidos eran miembros del inventado Partido Comunista Revolucionario, pero lo peor iban a ser los repiques: el jueves 23 Abc publica una nueva entrega de la campaña, con la manipulación de extractos del diario de Ruano requisado por la policía en casa de sus padres por parte del periodista Alfredo Semprún, con el ánimo de detectar una inclinación suicida. Ante la protesta de sus padres, el ministro Fraga les amenaza con detener también a su hija Margot, por su implicación política.

Más desenvuelto resultó el reproche publicado en el diario SP por el diplomático y escritor gijonés Julián Ayesta (1919-1996), titulado Lo intolerable y firmado con el número de su documento de identidad: 58 68 47. Una cautela que no le sirvió de nada, porque enseguida la policía lo identificó y Torcuato difundió quién era el insolente a través de un Abc entonces rendido a Fraga. Ayesta era autor de Helena o el mar del verano (1952), una de las mejores novelas del medio siglo.

A consecuencia del estado de excepción, uno de sus confinados más célebres y más tarde padre de la Constitución, Gregorio Peces Barba (1938-2012), fue confinado en el pueblo burgalés de Santa María del Campo hasta el 25 de marzo de 1969, estancia que aprovechó para rematar su tesis doctoral sobre El pensamiento político y social de Maritain, mientras iba recibiendo visitas de amigos, algunos tan generosos como Miguel Delibes y su mujer, que le llevaron perdices cazadas por el novelista que le guisaba su casera Lita y bollos elaborados por Ángeles. Tres días después de levantarse el estado de excepción se decreta la amnistía total para los delitos anteriores al 1 de abril de 1939 y al siguiente, 29 de marzo, Salomé gana en Madrid un premio de eurovisión compartido con otros tres países. El 23 de julio Juan Carlos jura ante las Cortes como sucesor de Franco y el 8 de agosto estalla el asunto Matesa, con graves e imprevistas consecuencias políticas. La guerra sorda entre Opus y azuletes se resuelve con un triunfo de los tecnócratas respaldados por Carrero, que expulsa del gobierno a Solís Ruiz y a Fraga Iribarne. Ya en diciembre, el Premio Nacional de literatura recae en el majo de Peñafiel, Adolfo Muñoz Alonso (1915-1974), el filósofo del sindicato vertical, por su ensayo joseantoniano Un pensador para un pueblo (1969).