Heraldo-Diario de Soria | Viernes, 26 de abril de 2019

11:39 h. DE FIESTA EN FIESTA

Zamarramala y otras águedas

Hablar de fiestas de Águedas en Castilla y León es nombrar directa o indirectamente a la localidad segoviana de Zamarramala. La celebración es tan importante que se ha constituido en centro de la segovianidad, porque se vive en las Casas de Segovia repartidas por toda España, e incluso se ha convertido en centro de solemnidades de las Casas de Castilla y León en el extranjero.

JOSÉ LUIS ALONSO PONGA 10/02/2019

Se celebra, si coincide que cae en domingo, el día 5 de febrero, de lo contrario se retrasa al siguiente fin de semana. En ambos casos el jueves anterior las aguederas se acercan hasta el ayuntamiento de Segovia, al que pertenece Zamarramala, donde reciben de la autoridad competente el bastón de mando como símbolo del poder que durante el día de la fiesta deberían ejercer en la localidad. Investidas con la autoridad que les da este símbolo serán las dueñas y señoras de la función. La justificación del protagonismo se basa en una simple leyenda. Cuentan los falsos cronicones que los ejércitos cristianos, en el año 1227, reinando en Castilla Alfonso VI (sic), tomaron el alcázar a los sarracenos ayudados por las mujeres de Zamarramala. Las zamarriegas vestidas con sus mejores galas penetraron en la fortaleza bailando con tanta habilidad que los moros se embobaron mientras los caballeros cristianos recuperaron la plaza. Como casi todas las leyendas intenta legitimar el por qué de la fiesta y explicar los elementos que la componen. Fue descrita con todo lujo de detalles por José María Aurial y Flores en 1839 explicando los trajes, los diversos ritos que aparecen en ella, y las costumbres que la enriquecen. Uno de los elementos que destaca es la indumentaria, y dentro de ella llama la atención sobre la montera con seis botones a cada lado denominados los doce apóstoles, que hoy sólo se ponen las alcaldesas, pero que hasta finales del s. XIX era una pieza, que distinguía a las mujeres segovianas. Debajo de la montera colocan la toca blanca distintivo de las mujeres casadas. Sobre el traje lucen las joyas de la familia consistentes en cadenas y cruces de oro o plata, grandes collares de corales, y pendiente de una cadena un cristo que sobresale en un relicario abombado denominado popularmente el tripudo. Es una muestra de la indumentaria tradicional de hace casi dos siglos.

Lo que más llamaba la atención en el s. XIX, era que durante todo el día ejercía de hecho la autoridad en la villa. Hoy lo más destacado, después de la reestructuración en clave turística hecha a finales de los años sesenta del siglo pasado, son los nombramientos que dan fama a esta celebración. Uno de ellos es el de Ome bueno e leal que se otorga a toda persona o institución que haya demostrado un fiel compromiso con Zamarramala. La entrega del ‘Matahombres de oro’, así se denomina a un largo alfiler con el que se sujetaba las mujeres el refajo, y que servía como arma ofensiva y defensiva contra los que se propasaban en el baile. Se otorga a personas o entidades que se hayan distinguido en su labor por la mujer en general. Se nombran también como ‘Aguederas honorarias’ a mujeres que hayan hecho méritos en pro de la cultura segoviana sobre todo la relacionada con discursos de género.

Los actos más atractivos son la procesión con la santa, en la que las mujeres bailan durante todo el recorrido, pero con especial empeño en el alto que hace el cortejo dando vista al alcázar en recuerdo de la gesta que según la tradición dio origen a la celebración. Durante el periodo festivo tienen derecho a cobrar el peaje, o sea obligar a los forasteros a colaborar económicamente por entrar en la villa, es un derecho más que les cedía el concejo en el día de su gobierno. Llamativo es también la quema del pelele un muñeco relleno de paja al que se prende fuego suspendido de una maroma. Se ha interpretado como una venganza sobre la masculinidad. Sin embargo no hay que perder de vista que el manteo del pelele fue, desde finales del s. XVIII, un juego de mozas, pero también una representación del carnaval, sobre todo en Extremadura, al que también se quemaba, en este caso con la anuencia y asistencia de todo el pueblo. Y un muñeco similar, vestido con ropas viejas, denominado el Judas arde como un acto más de la procesión del Domingo de resurrección en varias localidades españolas.

La fiesta de Zamarramala es una de tantas fiestas de aguederas, la más importante, por supuesto, de la provincia de Segovia donde se mantiene en la mayoría de los pueblos. En Valsaín, existe una Hermandad que se considera una de las más antiguas de España. Ejercen aquí la autoridad dos alcaldesas y dos alguacilas. Estas ocuparán al año siguiente el cargo de las primeras. Celebran también la quema del pelele y toman la tajada que, como en el caso de Zamarramala, consiste en chorizo cocido en vino y pan. En Cantimpalos pervive la quema del muñeco. En Cuéllar se puede asistir a una vistosa fiesta donde las cuellaranas hacen gala de una cuidada y rica indumentaria y de la maestría en la ejecución de las jotas que bailan durante la procesión.

Pero no solamente en Segovia y provincia celebran la fiesta. En Zamora numerosos grupos de Águedas o asociaciones de mujeres que la tienen como referente simbólico celebran llamativos festejos. Es importante reseñar que en un trabajo que publicó Nieves de Hoyos Sancho en 1951, Zamora era la provincia que más variedad de ritos tenía en estas celebraciones, la mayor parte han desaparecido por la debilidad poblacional de los municipios. En León, también en León ha pervivido la celebración, como se ve en Gordoncillo, aunque no con la fuerza de las provincias anteriores.

Las cofradías de las Águedas, responsables de estas celebraciones, cambiaron o desaparecieron al final de los años sesenta del siglo pasado. En buena medida a causa de la despoblación del mundo rural, pero también por influencia de las normas emanadas del Concilio Vaticano II. No porque no viese con buenos ojos a estas asociaciones, sino porque la renovación que pretendió hacer en la religiosidad popular coincidió con un cambio de mentalidad en España. Y las tradiciones que no desaparecieron cambiaron totalmente de significado aunque aparentemente mantuvieron las formas. El cambio se produjo en consonancia con los nuevos tiempos llegados con la democracia y los discursos sobre la igualdad de género.

Las celebraciones locales en el mundo rural han sido sustituidas por reuniones comarcales o provinciales potenciadas, y en ocasiones subvencionadas por las diputaciones dando origen a otras celebraciones de gran interés cultural y patrimonial donde se muestra la riqueza y variedad del folklore musical y de la indumentaria. Es una adaptación de la tradición a los nuevos tiempos, y así debe ser estudiada.

La fiesta está dentro del llamado ciclo de carnaval lo que no debemos perder de vista para comprender los ritos antiguos. En ella se honra a Santa Águeda mártir de Catania (Italia), una joven que vivió en el s. III y que fue requerida de amores por el gobernador de aquella ciudad, Quinciano, quien al no poder doblegar su ánimo mandó que cortarla los pechos. Como tantos otros santos de esa época su biografía está cosida con retazos que recuperan leyendas paganas. El día de Santa Águeda se relaciona con las ‘matronalia’ fiestas dedicadas a Juno Lucina diosa de los partos durante cuya celebración se cambiaban los papeles siendo las mujeres las que ejercían la autoridad, era agasajadas por sus maridos y las esclavas gozaban temporalmente de libertad. La devoción a la diosa romana nació de la necesidad de tener una protectora que auxiliara a las mujeres en los partos y les concediese abundante leche para criar a los retoños. Las mismas funciones que se atribuirían a Santa Águeda.. El ingreso en las cofradías de aguederas, se hacía respetando el derecho hereditario familiar por vía maternofilial. O sea las hijas de las cofradas eran preferidas a otras. Sin embargo en muchos pueblos de Castilla y León este derecho se transmitía de suegra a nuera. En un claro refuerzo público de las siempre complicadas relaciones políticas dentro de la familia.

Como he señalado en los casos anteriores se imponen nuevos planteamientos de estudio y valoración de estas fiestas de gran atractivo cultural social y turístico.