Heraldo-Diario de Soria | Martes, 19 de marzo de 2019

Llevadme cerca del Duero

Cuando muera, amigos míos, si vale mi obra un céntimo, cuando muera, amigos míos, si mi obra vale un entierro, a la tierra castellana llevadme, cerca del Duero -Antonio Machado

ERNESTO ESCAPA 21/02/2019

¿Cómo explicar que España y Castilla y León y Soria sigan desoyendo esta conmovedora reclamación poética de Antonio Machado para ser devuelto a España, a su tumba soriana del cementerio del Espino? Hoy se cumplen 80 años del entierro (a las cinco de la tarde) en el exilio de Collioure del poeta Antonio Machado (1875-1939), primero en un nicho generosamente cedido por la familia que allí le dio acogida (en realidad por Marie Deboher, amiga de su hospedera Pauline Quintana), y desde el 16 de julio de 1958 en la tumba sobre suelo municipal obsequiado para honrar al poeta, que financió una suscripción popular impulsada por el músico Pau Casals, quien dedicó a su muerte El canto de los pájaros, con el respaldo ilustre de Picasso, Camus, Malraux, René Char y miles de contribuyentes solidarios y anónimos.

DESTROZOS DEL EXILIO

En Collioure Antonio Machado apenas alcanzó a salir un par de veces del hotel para acercarse a las barcas de la playa, apoyado en su bastón y con ayuda de su hermano José. Según José Machado (1879-1958), «no podía sobreponerse a la angustia del destierro. Éste fue el estado de su espíritu en el tiempo que aún vivió en Collioure». El sábado 18 había entrado prácticamente en coma por una congestión respiratoria. Tres días después de la muerte de Antonio (el 25, a las ocho de la tarde), fallece su madre, inhumada en el rincón del cementerio destinado a los pobres. Cuando se confirma la noticia en España, un coche oficial acerca desde Burgos a Collioure a su hermano mayor, el poeta Manuel Machado (1874-1947) con su mujer Eulalia Cáceres, que se encuentran en Collioure con sus hermanos José Machado y Joaquín Machado (1881-1955), acompañados de sus mujeres Matea Monedero y Carmen López Coll. A finales de 1939, José y Joaquín embarcarán juntos para Buenos Aires, desde donde se trasladan a Santiago de Chile. Allí recibe José, en 1947, a sus tres hijas procedentes de Moscú, donde se habían refugiado en 1938, y encuentran el apoyo del embajador americano (Claude G. Bowers, que lo había sido antes en el Madrid republicano), así como la molesta hostilidad del embajador de Franco, el periodista y comediógrafo Juan Ignacio Luca de Tena (1897-1975), que llega en diciembre de 1940 y permanecerá en Chile hasta su nuevo destino en Atenas, para preparar la boda de Juan Carlos y Sofía.

Joaquín, como antiguo funcionario y periodista, colabora en La verdad de España, «tribuna y portavoz vibrante de los republicanos españoles». Cuatro años después un incendio destruye la casa en la que viven, acabando con muchos de sus viejos papeles familiares. A partir de entonces, se refugian en Peñaflor, pueblo cercano a Santiago, donde les ceden una casa. Joaquín , entonces flaquísimo y maltrecho, hablaba con dificultad a través de un tubo de platino oculto por el cuello de la camisa, que había sido la solución precaria de tiempos menesterosos para una herida bélica de bala en el cuello. Mientras su mujer y antigua compañera en la función pública del ministerio de Trabajo le lavaba la cánula traqueal, porque sólo tenían una, «él aguantaba la respiración, hasta que se la volvía a poner». Joaquín publica en 1951 un breve ejercicio autobiográfico: Relámpagos del recuerdo, «que iluminan lejanos espacios de mi vida». Tanto la mujer de Joaquín como la de José regresaron a morir a España, donde fallecieron en 1977 y 1992.

A España volvió a fines de 1939 Francisco Machado (1884-1950), el hermano pequeño y funcionario de prisiones, a quien recoge con su familia en la estación de Portbou el hermano mayor, Manuel, que los lleva primero a Burgos y luego a compartir su casa madrileña de la calle Churruca, donde Francisco pasa un proceso de depuración política antes de incorporarse como director, en marzo de 1940, a la prisión vizcaína de mujeres de Amorebieta. A partir de 1943, queda adscrito a la dirección general de Instituciones Penitenciarias en Madrid y poéticamente adosado a las actividades tertulianas de Manuel. Muere en Madrid, después de haber tentado sin fortuna a las musas.

UNA FAMILIA LIBERAL

La tradición familiar e los Machado selló la raigambre liberal y el gusto por la cultura popular de su formación. En 1883 se trasladaron a Madrid siguiendo el destino del abuelo, nombrado catedrático de la Universidad Central. Antonio y Manuel estudian en la Institución Libre de Enseñanza, cuya docencia europeísta, laica y liberal va a marcar su personalidad. Hasta que los infortunios familiares los entreguen a la bohemia, de donde marchan a París a trabajar como traductores para Garnier. Allí conocen a Rubén Darío, que admira su poesía. De nuevo en Madrid, Antonio trabaja como meritorio en la compañía teatral de María Guerrero y publica Soledades (1903), un primer libro que se inscribe en la corriente modernista. Él mismo remansará en Soledades. Galerías. Otros poemas (1907) los temas esenciales de este período en versos de un lirismo melancólico que reflexiona sobre lo efímero y lo perenne, la memoria y el anhelo, la estancia lírica y el monótono discurrir. Lectores privilegiados, como Juan Ramón o Cernuda, lo consideran su mejor libro.

SORIA EN EL CORAZÓN

En 1907 Antonio Machado llega a Soria. El impacto del paisaje soriano y su vivencia de la España menoscabada son el origen de Campos de Castilla (1912), cuyo éxito palió el derrumbe emocional y la abatida soledad en que lo instaló la muerte de Leonor. Esta estancia soriana nos legó sus versos más hermosos, los poemas al Duero, la denuncia del cainismo, el canto a la ciudad fría y pura. En contacto con la España esencial, se imponen al poeta los grandes temas que articulan su obra: el paisaje, la preocupación por el ser y destino de España y el amor. La irrupción luminosa de Leonor transforma su primera imagen tenebrosa de un paisaje adusto poblado por seres primitivos y zafios.

En este escenario que funde pasado y presente el poeta deposita el iris de la esperanza y a él volverá en los pasos sucesivos con la nostalgia de una grave pérdida. Con Leonor cumple su deseo de volver a París, donde asiste a las clases de Bergson, mientras Leonor se entretiene paseando con Francisca Sánchez y con su hermana María, cuyas vivencias tan parejas disparan la complicidad. Son de Navalsauz, un pueblecito de Ávila, y Paquita acompaña al poeta Rubén Darío. Pero aquel paraíso empieza a resquebrajarse en medio del jolgorio de la fiesta nacional francesa. Un vómito de sangre delata que Leonor padece tuberculosis. Ya en la ciudad del Duero, se vuelca en su cuidado, paseándola en una silla de ruedas cada tarde hasta el Mirón A los pocos días de publicarse Campos de Castilla, muere en sus brazos. Entonces el poeta huye de Soria, sacudido por el desgarro.

AÑORANDO CASTILLA

Su destino es Baeza, la Salamanca andaluza, donde pasará seis años amortiguando penas. Retoma las excursiones y ahonda en sus lecturas filosóficas. Empieza Filosofía y Letras, de cuyos cursos se examina por libre con colegas y amigos. Su tiempo libre se reparte en paseos y lecturas. Extrañado en aquel «poblacho moruno, donde acaba uno por devorarse a sí mismo», pide auxilio a Unamuno para el traslado a Salamanca. En 1917 publica la primera versión de Poesías completas, en la colección de la Residencia de Estudiantes dirigida por Juan Ramón Jiménez. En Baeza inicia sus apuntes y reflexiones, que recoge en el cuaderno que tituló Los complementarios, de edición póstuma (1971). Aparecen en esbozo los primeros apócrifos, una serie de poetas y filósofos de su invención a los que atribuye bibliografía y algunos poemas. Esta vertiente machadiana, desdeñada durante años como simple juego, ha ido adquiriendo mayor realce en las últimas décadas. En Baeza escribe también los versos dirigidos a su amigo Palacio, funcionario de Montes y casado con una prima de Leonor, en los que pide a sus amigos que si su obra algo vale, lo entierren cerca del Duero.

LA ESTACIÓN DEL COMPROMISO

En 1919 consigue el traslado a Segovia, que ve como puerta de Madrid. En la ciudad del acueducto, lo cobija la complicidad de los amigos y vive el reencuentro con una nueva dimensión de Castilla, que cristaliza en su compromiso con los anhelos del país, primero a través de la Universidad Popular y después con la Agrupación al Servicio de la República. También reverdece su corazón al amor, con la irrupción inesperada de Guiomar. En Segovia se le apareció la poetisa Pilar de Valderrama (1889-1979), cuñada del escultor Victorio Macho, a la que Machado protegió con el velo de Guiomar, nombre tomado de la mujer de Jorge Manrique. Publica Nuevas Canciones (1924), donde reaparecen las evocadas tierras sorianas y brota la poesía sentenciosa de sus proverbios y cantares. El mismo año inicia su Cancionero apócrifo, que incorpora a las sucesivas ediciones de Poesías Completas. También las Canciones a Guiomar, que antes ven la luz en ‘Revista de Occidente.’ Su obra intensifica el tono aforístico y frecuenta las prosas, que culminarán en Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936). Su último libro, ilustrado por su hermano José, lleva el título de La guerra (1937), una baraja de prosas testimoniales entreverada con versos de circunstancias. Al producirse el golpe militar de 1936, se adhiere a la causa republicana, cuyo destino seguirá hasta el final, muriendo en el exilio.

LECCIÓN A LA DICTADURA

Como anticipó hace once años el escritor Benjamín Prado (1961), el regreso a España de los restos de Machado «sería una lección de la democracia a la dictadura, un ejemplo del modo en que la libertad recupera lo que la tiranía destruye y una prueba de que la impunidad no dura para siempre». Una réplica digna al franquismo, que póstumamente acordó el 5 de mayo de 1941 «su separación definitiva del servicio, con la pérdida de todos sus derechos pasivos». Siniestra y cainita venganza que la democracia ha perpetuado con su desentendimiento durante casi medio siglo. Su hermano José expresa al final del libro Últimas soledades del poeta Antonio Machado (1947) que descansa en Francia «hasta tanto que su tierra española, libre ya de la abyecta dominación, lo recoja para siempre». ¿Seguiremos mirando, sumisos, indiferentes e impasibles, para otro lado?