Heraldo-Diario de Soria | Martes, 19 de marzo de 2019

13:22 h. DE FIESTA EN FIESTA

Niños coronados y saetas

Castrillo de Villavega es un pueblo de la Tierra de Campos palentina, de gran interés patrimonial. A las joyas arquitectónicas de la iglesia de San Quirce y los restos del castillo, de los soportales que aún quedan en la Plaza Mayor y de la estética del casco urbano en general, une otros atractivos de gran importancia para el estudio de la religiosidad popular y de un mundo rural, hoy en proceso de cambio total.

JOSÉ LUIS ALONSO PONGA 10/03/2019

Por mi parte, quiero llamar la atención sobre la Semana Santa de gran interés antropológico, porque es una muestra de cómo se vivía la conmemoración de la Pasión en las villas terracampinas. Es una manera de practicar públicamente una religiosidad popular que nos habla de la sociedad actual con voces que nos llegan del pasado. Del siglo XVII, si sólo queremos basarnos en los documentos encontrados hasta ahora, pero que con toda seguridad hunde sus raíces a finales del s. XV o comienzos del s. XVI.

De entre todos los ritos que se desarrollan estos días, quiero destacar la Procesión de La Pasión del Jueves Santo y la Procesión del Entierro. La primera sale a la calle después de Los Oficios, y recibe su nombre de una composición literaria que se canta durante el recorrido. La imagen principal que desfila es El Cristo con la Cruz a cuestas acompañado por dos personas adultas (dos niños, antes de la despoblación).con cirios en las manos. La procesión va hasta el Humilladero, a la salida del pueblo, y lo recorre entrando por una puerta y saliendo por la opuesta, sin pararse en el interior. Es apenas un eco de la obligación que tenía la Cofradía de hacer una peregrinación de penitencia y disciplina, el Jueves Santo. 
El Viernes Santo sale la Procesión del Entierro, en la que desfila una imagen de la Dolorosa, vestidera, pero de bellísima factura, con túnica negra hasta los pies y manto del mismo color, con bordados en oro.

En las manos, muestra sobre un pañuelo blanco los clavos y la corona de espinas. Es en esta procesión donde se cantan el salmo del Miserere y el Stabat mater. También desfila el Cristo de la Urna. En origen el desfile se ponía en marcha, acabado el desenclavo. El Cristo yacente, que hoy se conserva en la urna, estaba preparado para participar en el teatro popular que representaba el descendimiento. El actual Cristo de la urna es (era) una imagen articulada. La Dolorosa participaba también en la Procesión del Encuentro, el Domingo de Resurrección. Para dicha procesión, en la que ahora sale la imagen del Resucitado, se empleaba antes una de las imágenes del Niño Jesús que se guardan en la sacristía.

En la iglesia de San Quirce se conservan otros elementos pasionistas de gran mérito, como los Crucificados, procedentes de otra parroquia extinta y de la ermita de la Vera Cruz. Pero llaman la atención los restos pintados del Monumento para la reserva del Santísimo, el Jueves Santo, fechable en el s. XIX, y restos de otro aún más antiguo del que se conservan algunas sargas notabilísimas pintadas por Juan de Villoldo en el s. XVI.

La Semana Santa actual es deudora de la devoción que aglutinó en la villa la Cofradía de la Vera Cruz. Fundada en el s. XVII, sin que por ahora podamos precisar la fecha, ya que el último folio de la Regla donde debería figurar está cortado. En ella se ve que practicaban la disciplina azotándose con madejas de algodón, hasta derramar sangre en las procesiones de Jueves Santo, Cruz de Mayo y Cruz de Septiembre. Por eso aún se conoce a esta cofradía como la de Los Disciplinantes. El abad convocaba a los hermanos para que «… el día de jueves santo de la cena del Señor y redentor Jesucristo, en la noche, todos los confrades traigamos nuestras túnicas las cuales sean de lino o angeo, como es costumbre en esta villa y traigamos nuestras disciplinas». La descripción de la procesión, que aparece descrita en la Regla a renglón seguido, nos da la clave para interpretar la actual en la que los niños de antaño se han cambiado por personas mayores, que, con velas en las manos, cantan la pasión; dice: desde allí con la cruz delante y con ella dos niños con dos cirios en sus candeleros altos ardiendo y otrosi dos niños con dos linternas con sus velas encendidas dentro todos puestos en orden de procesión disciplinándonos. Y los niños cantando con voz alta entonada que se oiga la remembranza de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Con toda probabilidad alude al texto, o a una parte, del actual cántico de la Pasión.

Los cánticos son una de las razones por las que la Semana Santa de Castrillo de Villavega debe ser protegida y potenciada. El conocido como La Pasión es un modelo de pervivencia, y evolución, al mismo tiempo, de las tradiciones del s. XVI. Responde a un modelo, antes muy extendido, que consistía en que las cofradías en sus procesiones cantaban composiciones relativas a la muerte y sufrimientos de Cristo, compuestas por grandes poetas o por pequeños vates locales. La labor del investigador está en ver qué elementos componen estas canciones y, sobre todo, qué función cumplen dentro de los ritos semanasanteros. El texto de Castrillo de Villavega, tanto en su composición como en la función que ejerce, es paradigmático de lo que sucedía en la mayoría de las villas de Tierra de Campos.

La primera parte del texto lo forman una serie de composiciones poéticas de diferente procedencia. Encontramos quintillas, cuartetas en rima consonante, tercetos, y algunas en las que el transmisor ha olvidado la antigua estructura, dejando versos sueltos. Un tipo de composición recurrente son las saetas que hoy canta el pueblo consciente de la importancia que tiene, porque nos han transmitido unos modelos compositivos de religiosidad popular olvidados. Lógicamente hablo de las denominadas saetas antiguas, no de las aflamencadas, de las que cantaban los niños de la procesión o algún adulto con voz profunda y cadencias arcaizantes. Las saetas antiguas son poemas que redactaron los frailes, sobre todo franciscanos y dominicos, para cristianizar al pueblo y promover la devoción a la Pasión. Se extendieron por toda España, sobre todo por Andalucía, Extremadura, Murcia, Castilla La Mancha, pasaron por Castilla y León y llegaron hasta Galicia. Fueron muy comunes en nuestra tierra hasta finales del s. XIX. Ya en las primeras décadas del XX, cuando comienza a construirse mentalmente el concepto de autenticidad, alguien decidió que estos textos no eran ni castellanas ni gallegas, y que, por lo tanto, debían desaparecer de las procesiones de estas regiones. Tenemos testimonios de cómo utilizaban los frailes estos versos como recurso de oratoria, y para mover a devoción. La saeta se cantaba de una forma intimista, la espectacularización desde los balcones, como lucimiento personal, vendría después. En los años veinte del siglo pasado, el cantor o, en su defecto, el rapsoda se cubría el rostro o caminaba debajo del paso oculto por los mantos, de manera que parecía que eran las mismas imágenes quienes hablaban y se lamentaba: Era como si la Virgen proclamase dolorida, en una saeta hoy desaparecida, que se cantaba en los primeros años del siglo XX: ¡Ay de mí!, ¡Ay de mí! / Al Hijo de mis entrañas / En una cruz yo lo ví, o la descripción que hacía otro de los protagonistas del camino del calvario: Ya tiene la cruz a cuestas / Cristo nuestro Redentor/ Para llevar con dolor/ sobre sus espaldas puestas/ Las culpas del pecador.

No puede haber mejor recurso para mover a compasión a los participantes en la procesión, unidos por una empatía connatural con la imagen sufriente del Redentor. El primer texto termina con un final de oración, muy común en estas composiciones porque con frecuencia el pueblo las recitaba como oraciones personales al finalizar el día. En él se pide la salvación del devoto por la devoción que tiene a la Sagrada Pasión. En Castrillo de Villavega es así: Danos Señor el sentido/ por la pasión que os pido/ Porque al tiempo de morir/ las almas puedan subir/Al cielo a reinar contigo.

La segunda parte, conocida como Salid Hijas de Sión, es un poema que ha llegado hasta nosotros reproducido en libros impresos, cuadernillos manuscritos y por tradición oral, compuesta, al parecer, por Francisco de Ledesma en el s. XVI. Comienza con los versos: Salid hijas de Sión / salid muy apresuradas/ No salgáis tan descuidadas/ que veréis al que os crió. Estuvo muy difundido en las celebraciones de la Semana Santa hasta los años cincuenta del siglo pasado. Después entró en un declive total, siendo Castrillo de Villavega uno de los pocos lugares donde aún se conserva en el primigenio contexto.