Heraldo-Diario de Soria | Miércoles, 21 de agosto de 2019

Entre cantos y alegatos franquistas

La dictadura intentó ‘reeducar’ a las miles de personas que fueron retenidas en los campos de concentración durante la guerra civil / Las ceremonias, «henchidas de triunfalismo», se utilizaban para extender la propaganda en los medios / «Dudo mucho que más allá del interés por aparentar en el campo, ningún prisionero fuese realmente ‘reeducado’»

ALBA CAMAZÓN / VALLADOLID 06/05/2019

«En la España de Franco no caben más que los hombres, pero nunca las alimañas, y la señal de arrepentimiento será que cuando ahora gritéis conmigo el sacrosanto nombre de España, lo hagáis con el corazón. ¡Arriba España! ¡Viva el Caudillo!». «¡Arriba la autoridad de los amos, respetando los derechos de los obreros!». Estos son solo algunos pequeños fragmentos de los alegatos franquistas que los prisioneros de los campos de concentración tenían que escuchar día sí, día también.

Los cientos de miles de presos que pasaron por los 24 complejos concentracionarios de Castilla y León no solo tuvieron que intentar sobrevivir hacinados, con unos ranchos escasos y en ocasiones llenos de gusanos, el miedo a las ‘sacas’ y ‘paseos’, sin mantas para protegerlos del frío ni una higiene mínima que espantara a las pulgas y a las enfermedades.

También se vieron obligados a soportar horas y horas de himnos y alocuciones franquistas durante los que debían atender para evitar golpes y palizas de los guardias que custodiaban las vallas y muros de los centros.

«Existieron diferentes proyectos y hasta algún informe, como el del campo de Burgo de Osma (Soria), que habla de la recatolización de los internos, de los cánticos, las misas y las formaciones eternas», concreta el historiador Javier Rodrigo Sánchez a este diario.

Los campos de concentración en la Comunidad tenían diferentes objetivos y funciones. El de San Pedro de Cardeña (Burgos) acogió primero a los presos del frente norte, pero a partir de 1938 se centró en los presos de las Brigadas Internacionales. El complejo de Aranda de Duero (Burgos), ubicado en los talleres de la estación de ferrocarril del Montecillo, era un campo de clasificación. Esta labor de ‘reeducación’ era más habitual en los campos estables.

El objetivo de estas peroratas, ensalzamientos de Franco, izadas y arriadas de bandera continuas y eucaristías que fusionaban los sentimientos religiosos con los franquistas era ‘reeducar’ a los prisioneros, a los que veían como «seres degenerados, responsables de la destrucción de España y merecedores de los peores castigos», explica Javier Rodríguez González en Cárceles y campos de concentración en Castilla y León, editado por la Fundación 27 de marzo.

Los máximos responsables de los centros concentracionarios intentaban reeducar a los prisioneros a través de la propaganda (directa e indirecta), la evangelización y la limpieza ideológica, con la que pretendían que el ‘verdadero cristiano’ «que todo español llevaba dentro saliera a flote», publica Rodrigo Sánchez en Una inmensa prisión.

El historiador Enrique Berzal apunta también en Cárceles y campos de concentración en Castilla y León a esta ‘reeducación’ como parte de la propaganda no solo dentro de los campos, si no fuera, a través de la prensa: «Determinadas ceremonias, henchidas de triunfalismo, servían de medio eficaz de propaganda en plena guerra».

En algunos complejos concentracionarios como el del hostal de San Marcos (León) –que actualmente sigue alojando huéspedes como parador– se entregaron libros propagandísticos (como Recuerdo de la entronización del Sagrado Corazón de Jesús) y se colgaron cuadros en las diferentes salas de San Marcos, «con diversos epígrafes para que los mensajes propagados por la dictadura franquista calaran en las mentes de los prisioneros», señala Rodríguez González.

La Iglesia jugó entonces un importante papel. Rodrigo Sánchez cita el reglamento interno de los campos: «El sacerdote era el conductor espiritual de la moral del prisionero, para lo que se dará las conferencias y prácticas religiosas que sean convenientes». Rodríguez González va más allá y considera a la Iglesia como el «poder fáctico» del régimen, puesto que veía «la oportunidad» de «recuperar» los privilegios que perdió durante la II República.

Gabriel Monserrate Muñoz, prisionero barcelonés en el campo de San Marcos (León), relata en sus memorias cómo se utilizaba el sacramento de la confesión con fines franquistas. «Vino un cura, subió en un altillo y empezó diciendo algo así:
–¡Vosotros tenéis el demonio dentro de vuestro cuerpo, porque habéis ofendido a la Iglesia y el que ofende a la Iglesia, ofende a Dios, por eso os digo que para quedar bien con Dios, debéis confesaros y decir toda la verdad, por muy dura que sea, pensar [sic] que la confesión es un secreto que debe morir con el confesor, por eso os pido que, si alguno de vosotros tiene el remordimiento de haber matado o haber denunciado alguna persona en vuestro pueblo durante estos años de guerra, que se confiese y quedará libre de pecado! Dentro de unos días vendremos para que cumpláis con Dios.».

Tampoco se conoce «exactamente» si esta labor de adoctrinamiento daría sus frutos. «Cabe cuestionarse si la ‘reeducación’ tuvo o no éxito», reflexiona Rodrigo Sánchez. «Dudo mucho que más allá del interés por aparentar para salir mejor parado de la dureza del campo, ningún prisionero fuese realmente ‘reeducado’. ¿Hacerse católico? Muchos ya lo eran, sobre todo los soldados conscriptos. ¿Desmarxistizarse? Más allá de la propaganda, que hay que tomar con mucha distancia, hay más dudas que certezas», plantea.

BATALLONES

Muchos prisioneros eran integrados en los Batallones de Trabajadores, creados en 1937, para que reconstruyeran o rehabilitaran carreteras, fortificaciones, puentes, infraestructuras ferroviarias... Los registros contabilizan 46.401 prisioneros en Batallones de Trabajadores de Castilla y León.

Algunos de estos trabajos pretendían mejorar los accesos o realizar obras de interés público y local, a petición incluso de los municipios. El alcalde de Almazán (Soria) en mayo de 1938 solicitó prisioneros al Coronel Inspector de la Inspección de Campos de Concentración de Prisioneros para que construyeran un depósito para el abastecimiento de agua y pavimentaran lo necesario, relata Juan Carlos García-Funes.

Sin embargo, otras tareas que fueron encomendadas a los prisioneros de los Batallones de Trabajadores tenían un trasfondo más político. Varios prisioneros del campo de Miranda de Ebro fueron enviados a Alcocero de Mola (Burgos), donde erigieron un monumento al General Mola donde falleció en un accidente aéreo.

«Puede imaginarse que los sentimientos de impotencia, frustración y rabia por verse prisioneros de sus enemigos y trabajar forzadamente para ellos se incrementan. El castigo no solo era físico, sino que la significación simbólica de este tipo de encargos iba cargada de humillación», sentencia García-Funes al respecto en su tesis doctoral Espacios de castigo y trabajo forzado del sistema concentracionario franquista.

El frente era otro de los destinos que podían estar reservados a los Batallones de Trabajadores. Allí tenían que cavar trincheras, nidos de ametralladoras o búnkeres «entre los fuegos de sus captores y de sus, hasta hacía poco, compañeros de trinchera». «Algunos testimonios manifiestan la enorme amargura de estas situaciones, aunque los prisioneros recuerdan cómo sus compañeros trataban de no dispararles por los trabajos que realizaban o porque un brazalete los diferenciaba a distancia», detalla García-Funes.

LA HISPANIDAD

Uno de los cerebros detrás de este adoctrinamiento fue el psiquiatra Antonio Vallejo Nágera. Este palentino sostenía que la raza era un concepto cultural y moral, no genético.
Vallejo Nágera, cercano a Franco, realizó varios estudios sobre la personalidad social del enemigo en San Pedro de Cardeña. El historiador Ricard Vinyes resume las recomendaciones de Vallejo Nágera: «La única terapia posible: el adoctrinamiento religioso y patriótico para los adultos y la segregación del ambiente familiar nocivo para sus hijos».