Heraldo-Diario de Soria | Lunes, 9 de diciembre de 2019

10:34 h. DE FIESTA EN FIESTA

El ferragosto peñafielense: Encierros, capeas y El Chúndara

La Ribera del Duero resuena en una ininterrumpida traca de cohetes y fuegos artificiales. Desborda música y charangas se inunda con limonadas siempre a punto para recibir al forastero. Rebosa de encierros taurinos con toros conducidos por corredores que aprendieron desde pequeños las artes de burlar y hacer quiebros a los astados en las condiciones más difíciles.

17/08/2019

La devoción a la Virgen María, bajo la advocación de la Asunción, fue propagada, con especial entusiasmo, por los cistercienses que tuvieron junto al Duero grandes monasterios como los de San Bernardo y Retuerta, inestimables hitos del patrimonio vallisoletano. San Roque inseparable compañero de la Asunción en los festejos agosteños es un santo del siglo XIV originario de Montpelier que al ser nombrado abogado de la peste adquirió gran fama de protector y y sanador de los efectos de la misma, por lo que su devoción se extendió muy pronto entre el pueblo. En el siglo XVI y sobre todo en el siglo XVII los pueblos y villas le dedicaron votos de acción de gracias porque en alguna ocasión habían percibido su poder y protección especial. La Península Ibérica abunda en este tipo de votos. Peñafiel no iba a ser menos, y aunque sabemos que se veneraba junto a la Virgen desde el siglo XV, sin embargo no adquirió la centralidad actual hasta el siglo XVII. Sabemos que en enero del año 1644 se reunieron en concejo abierto en las casas de la Torre del Agua, los representantes de la villa, tanto civiles como religiosos, en gran número, pues constan más de ciento cincuenta firmas al pie de la declaración. En dicho concejo trataron, entre otras cosas, de reducir los votos de Villa que pesaban sobre el erario público, y elegir el que a su juicio era el más representativo. Acordaron que fuese el dedicado «al Señor San Roque», por ser este el santo que los peñafielenses percibían como más poderoso. Hoy se conserva, en la iglesia de San Miguel de Reoyo, una magnífica escultural del siglo XVII en la que el patrón de Peñafiel muestra su famosa llaga con un perro a los pies ofreciéndole una hogaza que lleva en la boca y un ángel arrodillado a sus pies. El periodo festivo de la villa del Duratón comienza el día uno de agosto, y se desarrolla a lo largo de los primeros días del mes, pero el periodo álgido ocupa las fechas del 14 al 18. A las doce del mediodía del día 14 tiene lugar el ‘Lanzamiento del cohete de apertura de las fiestas’, y a renglón seguido el desfile de gigantes y cabezudos. A las 13 horas en el salón del Ayuntamiento se procede a la subasta de las vistas de las casas que el Concejo tiene en la Plaza del Coso. Por la tarde continua la juerga con el desfile de peñas y charangas. No se concibe ninguna fiesta de La Ribera sin las peñas sobre las que descansa el éxito de la diversión popular. En la plaza del Coso los aficionados no se pierden el desencajonamiento de las reses que van a ver lidiar en los días siguientes. Le sigue una primera capea de novillos, y ya por la noche un toro de fuego.

El juego con los toros, sea en encierros y capeas o en la lidia es uno de los platos fuertes de las jornadas y convoca a muchísimos aficionados. Para ello Peñafiel cuenta con una de las plazas más llamativas de España, la Plaza del Coso creada para este menester. Su construcción data del siglo XVII, con casas de poco fondo y amplios balcones de madera adornados con molduras y bellos recortes lígneos. Es un recinto rectangular que ahora se remodela con un coso circular y unas empalizadas exteriores. En las capeas y juegos con novillos sueltan dos reses una por dentro del coso y otra por fuera con lo que solo los aficionados muy valientes y avispados se atreven a lanzarse al ruedo.

El día 15, a primera hora de la mañana un grupo de dulzaineros ameniza la alborada en espera del encierro que sale de los corrales de Valdobar y llega hasta la plaza del Coso. Muchos mozos, algunos que no han madrugado porque aún no han dado por terminada la velada nocturna, corren el encierro y participan en la capea posterior. A la una del mediodía la Misa solemne en honor a la Asunción se convierte en uno de los actos centrales de la religiosidad. El otro será el día 16 con la Misa Mayor y la procesión en honor a San Roque.

Pero lo que más distingue a las fiestas de Peñafiel es el Chúndara, un pasodoble que se vive durante los días 15, 16 y 17. Magníficamente estudiado por Agapito Ojosnegros que lo ha acercado al gran público local y forastero. Es un popular pasodoble reconocido como una adaptación del compuesto por el compositor de Villena Quintín Esquembre Sáez conocido como La Entrada. Se ha convertido en un rito profano en el que un numeroso público acompaña a las autoridades desde la plaza de España hasta la del Coso para asistir a la corrida. En origen este era un paseíllo que hacían desde el Ayuntamiento las autoridades y los toreros participantes en la lidia acompañados por la Banda Municipal de música, más tarde se unieron las peñas que bailaban y se movían al son de la música. Durante esta marcha se interpretaban canciones populares y sobre todo pasodobles de entre los cuales, poco a poco, los vecinos de Peñafiel se decantaron por el de Esquembre al que dieron un nombre propio e incluso le pusieron letra.
A las cinco de la tarde, en Peñafiel, no empieza la fiesta nacional. A las cinco en punto de la tarde, en la plaza de España de la villa del Infante, esperan a pie firme las autoridades que van detrás de la banda municipal porque delante de esta, espera primero y camina a paso lento después, una abigarrada multitud dispuesta a pasárselo bien. A las cinco en punto de la tarde los músicos atacan los primeros compases del pasodoble antes citado que el público traduce en letra como «chúndara, pun, Taratachúndara, pun…» y a continuación espera los compases centrales y populares que corea con la letra de «Viva el pijo el tío Bernardo». Comienza así una lentísima procesión de dos horas que tardan los fieles en recorrer los casi 500 metros que separan la plaza de España de la del Coso. El calor del día del ferragosto Peñafielense, subido de tono por el calor humano y los vapores etílicos, hacen de este rito una muestra de convivencia festiva que sólo los que han participado él comprenden en toda su profundidad. Los vecinos de las casas de la calle Derecha al Coso procuran mitigar el calor de los participantes arrojando desde ventanas y balcones, con los cacharros más variopintos, agua que los participantes agradecen. Hay normas que impiden mojar a los músicos, para no dañar sus instrumentos y a las autoridades para evitar altercados y connotaciones políticas.

El estribillo hace referencia a un alcalde, Bernardo Frutos, que en el año 1925 impidió lidiar un toro después del encierro, y mantuvo su decisión, a pesar de las protestas de los mozos y las críticas de los vecinos, poniendo como garantía de su fuerza de voluntad sus atributos masculinos. En la década de los setenta los mozos de las peñas recuperaron la hombría del regidor, con tanta fortuna que ahora forma parte de la letra del himno. La única en la que todos están de acuerdo, porque aunque se han propuesto varios textos para el Chúndara ninguno ha cuajado lo suficiente como para hacerse merecedora de tal privilegio.

El Chúndara una composición que se ha colado con tanto éxito en las fiestas Peñafielenses que podríamos decir que sin aquel no existirían estas, o al menos no serían como hoy las conocemos. El Chúndara en sí mismo es portador de una serie de valores culturales y patrimoniales de primera magnitud, constituye una fiesta dentro de la fiesta, y es el elemento nuclear alrededor del cual las fiestas de Nuestra Señora y San Roque deben conseguir una mayor valoración y declaración oficial a nivel nacional e internacional.

Una última nota. La palabra ferragosto netamente italiana proviene del latín feriae Augusti, unas fiestas creadas por Augusto el año 18 a.c. sobre otras anteriores que coincidían con las de la cosecha. Este carácter sacro y profano al mismo tiempo se mantiene en la actualidad en celebraciones como la que vemos en Peñafiel. Por eso el título de este artículo.