Heraldo-Diario de Soria | Miércoles, 19 de septiembre de 2018

12:17 h. LEÓN

Hongos de ‘buena cepa’ contra hongos de ‘mala uva’

La ULE firma un método de control biológico para acabar con la yesca, una enfermedad que afecta a la madera de la vid

E. L. 21/02/2017

Es un tipo simpático, así de entrada. Con su traje de faena y siempre acompañado de un compañero ataviado de la misma guisa. Una pareja que va a todos los sitios unida, pero a la hora de la acción cada uno desempeña un determinado rol: uno es el poli bueno y otro, el poli malo. Mientras éste presiona y tortura para sacar toda la información posible al presunto culpable de un delito, aquel se muestra afable, cariño e incluso realiza alguna caricia.

Ahora traslade esa mítica escena de película de policías y ladrones a un viñedo. Aunque pueda parecer raro, también existen buenos y malos a la hora de combatir las enfermedades que afectan a las cepas. El mejor guionista de esa cinta de aventuras es el equipo que lidera Pedro Antonio Casquero, de la Escuela Superior y Técnica de Ingeniería Agraria de la Universidad de León (ULE). Estos investigadores han desarrollado un método biológico de lucha entre hongos para frenar la yesca, una patología que afecta a la madera de la vid en más de 1.600 hectáreas en Castilla y León.

El trabajo, premiado por el Consejo Económico y Social (CES) de la Comunidad y las universidades que integran el Campus de Excelencia Triangular-E3 –Burgos, León y Valladolid–, aborda una problemática que hasta ahora no tenía «una solución eficaz». Y lo hace: «Utilizando hongos del género Trichoderma, que son los que viven de manera natural en las vides, y son capaces de competir con los hongos malos», explica Casquero, quien considera a la yesca como la filoxera del siglos XXI.

«Nos dimos cuenta porque había cepas que se empezaban a debilitar pero pasado un tiempo, sin inyectar ninguna sustancia, se recuperaban». Así que llegaron a la conclusión de que los hongos buenos eran capaces de establecer una lucha biológica contra los patógenos en la que salían victoriosos.

El avance permite acabar con una enfermedad que afecta al interior de la madera hasta provocar engrosamientos que debilitan tanto a la planta que acaba convirtiéndose en inservible. Este método proporciona antibiótico y facilita la absorción del alimento. «Hace una especie de simbiosis con la planta», apostilla.

En la actualidad, se utilizan fungicidas para combatir la yesca, sin embargo, existen muchos efectos adversos que pueden afectar al vino, a la fauna beneficiosa o a los animales que están en el campo.

Todo se explica, resume el coordinador del proyecto, en que al enfrentar al hongo «malo con el bueno, gana el bueno». Este salvador está presente en la raíz de las plantas. «Es un simbionte, no virulento con la planta y antagonista de muchos hongos fitopatógenos, con lo que se protege a la planta de distintas enfermedades». Su uso en la agricultura tiene muchas ventajas. La principal, en sus propias palabras, es que no hace falta renovarlo todos los años, la propia planta es la que se encarga de generarlo y repartirlo por todas las partes. A esto se une que no es necesario usar fungicidas con el correspondiente ahorro económico, y permite un control «sostenible» frente a los hongos causantes de las patologías de la madera de la vid.

Este equipo de la ULE no puso la lupa en los viñedos. Primero, comenzó con cultivos de tomate y judía y, con el tiempo y gracias a la financiación de algunas bodegas de la DO Toro y Ribera del Duero, extendieron su conocimiento a esta problemática. «Empezamos a trabajar con un insecto que ataca las vides: las larvas viven durante dos años dentro de la madera haciendo averías», cuenta.

A estas conclusiones han llegado a través de un experimento comprobado in vitro en estaquillas, en semicampo. Ahora existen muchas bodegas que quieren probar las bondades del método, sin embargo, Casquero se muestra prudente y quiere buscar la «mejor forma» de trasladar las investigaciones en el laboratorio al campo que, según estima, podrán estar en marcha en cinco años. Aunque no precisa el número de bodegas que participarán en el ensayo, con toda seguridad una de ellas será Pago de Carraovejas de Ribera del Duero, una colaboradora habitual de este grupo leonés.

Es un proyecto pionero que sólo cuenta con otros dos países a nivel mundial que trabajan en aspectos parecidos: Austria y Sudáfrica. Sin embargo, la importancia de la iniciativa reside en que investigadores leoneses se preocupan por una enfermedad que afecta a la viticultura, que tiene gran importancia y peso económico en la Comunidad, con denominaciones de origen reconocidas a nivel mundial, y una «gran implicación» porque actúa como fijador de población en el medio rural.
«La Trichoderma es un hongo muy competitivo, es como una vacuna. Cuando lo introducimos en la planta, los agentes de defensa se ponen en alerta para el ataque del patógeno», sentencia el coordinador del proyecto de la Escuela Superior y Técnica de Ingeniería Agraria de la Universidad de León.

De cara al futuro, expone que se puede aplicar para producir vino sin pesticidas que, a su juicio, está más valorado en el mercado. «No sólo es interesante que tenga unas buenas características organolépticas, sino es fundamental que un vino pueda demostrar que su trazabilidad está libre de pesticidas». «Si logramos –continúa– ligar esos dos aspectos habremos dado un paso muy importante».

En este sentido, manifiesta que las bodegas «deben tomar conciencia» del papel del cambio climático sobre los microorganismos presentes en las viñas que como agentes vivos evolucionarán con los cambios del medio, y por ello deberán evaluar su progreso para mantener la producción sostenible del sector.

Pedro Antonio Casquero sostiene que el vino ha sido «un elemento de cohesión social», motivo de celebraciones, generador de turismo, principal sustento de muchas familias a lo largo de la historia de la Comunidad. «Es indispensable para entender nuestra historia mantener y fomentar a través de la producción sostenible este producto».

Y es que el sector vitivinícola es el motor económico de Castilla y León. Un apunte que se apoya en los datos: cuenta con 620 bodegas y 75.000 hectáreas de viñedos. También ofrece empleo a 19.000 personas, de las que más de 15.000 son viticultores y tiene un volumen de negocio de 850 millones de euros. Por este motivo, cualquier avance que proteja esta parcela será bien recibido por los pilotos que llevan el vino a todos los rincones del planeta.