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PERSONAJES ÚNICOS / JOSÉ MARÍA PELAYO

Sanador del mal de la mente

Este psiquiatra cántabro estudia desde el Hospital del Bierzo dar «una atención rápida, efectiva e intensiva» a todas las personas que debuten con un primer episodio psicótico. Forma parte del grupo de profesionales liberados por Sanidad para investigar

ESTÍBALIZ LERA
23/03/2017

 

José María Pelayo decidió que quería ser psiquiatra en tercero de BUP. Vio en esa ciencia del alma el camino para conocer algo tan complicado como la mente humana, sus dolencias y las técnicas para mejorar la vida de las personas que padecen trastornos psiquiátricos. En cada uno de sus pasos devuelve humanidad a los enfermos mentales y un futuro con más luces que sombras.

Nació en Torrelavega y desde pequeño se interesó por la Biología, las Matemáticas y la Lengua. Su destino estaba fijado. Estudió Medicina en la Universidad de Cantabria y desde el tercer curso estuvo en contacto con la investigación. Con la carrera terminada, su siguiente parada fue el Hospital Marqués de Valdecilla, donde conoció el Programa de Atención a las Fases Iniciales de Psicosis (PAFIP), con el que se comprometió y al que sigue enganchado en la actualidad.

Al final del MIR, Pelayo optó por pasar seis meses en el Instituto de Psiquiatría de Londres. La estancia la financió con una beca de la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental. Conoció el fondo de esta ciencia con dos de los grandes: Robin Murray y Elvira Bramon. Al volver a su tierra natal, obtuvo el premio Amadeo Sánchez Blanque para jóvenes investigadores y comenzó a trabajar como psiquiatra infantil en el centro Padre Menni durante algo más de un año. «La psiquiatría infantil ha sido muy vocacional para mí y creo que en otras circunstancias vitales es lo que estaría haciendo ahora», admite.

Con el cierre del centro, regresó al Valdecilla. Compagino la investigación en el hospital santanderino con su trabajo en las prisiones de Santander –ya clausurada– y El Dueso, en Santoña. Presionado por la necesidad de buscar una estabilidad económica a largo plazo, se trasladó a Arriondas, en el Principado de Asturias, como psiquiatra clínico en un centro de salud.
Durante años, al menos dos días a la semana acudía a la Unidad de Investigación de Psiquiatría de Cantabria para continuar trabajando en el proyecto que conoció siendo solo un residente. En 2008 se convirtió en coordinador de psiquiatría del Área de Arriondas y después en director de la Unidad de Gestión Clínica de Salud Mental. En esta época también trabajó como profesor asociado de la Universidad de Oviedo.

En 2013, obtuvo una plaza fija en Oviedo y a finales de 2014 solicitó una comisión de servicios para trabajar en el Hospital del Bierzo. En la actualidad es el responsable de la Unidad Funcional de Calidad, Docencia e Investigación de la recién creada Unidad de Gestión Clínica de Psiquiatría y Salud Mental, donde dirige varios proyectos de investigación.

Uno de ellos, según cuenta Pelayo, pretende combinar los resultados de los estudios de pacientes con psicosis con modelos animales in vivo y estudios en cultivo celular. En un proyecto previo, encontraron que la expresión de los genes era distinta durante el tratamiento antipsicótico en pacientes con buena o mala respuesta. Ahora quieren evaluar si esos cambios en la expresión del DNA ocurren de forma genérica o puede ser específicos al tratamiento utilizado. «Estas diferencias pueden ayudarnos a distinguir pacientes que van a tener buena o mala respuesta o bien que presenten determinados efectos secundarios como el incremento de peso», expone. Por otro lado, manifiesta, conociendo cuál es el gen que se expresa y su función, se puede comprender mejor los mecanismos moleculares que determinan la respuesta a los medicamentos, lo cual puede incluso generar nuevas vías de tratamiento basadas en estos mecanismos.

El gran proyecto del PAFID, que desarrolla como miembro del grupo CIBERSAM G26, tiene una finalidad doble, investigadora y asistencial. El primer objetivo es dar asistencia a todas las personas que debuten con un primer episodio psicótico por primera vez en el área de referencia del centro. «Tiene una filosofía centrada en la necesidad de atención rápida, efectiva e intensiva en las fases iniciales de enfermedades graves como la esquizofrenia para conseguir un mejor resultado y pronóstico a largo plazo», explica.

Respecto a la investigación y la innovación en Castilla y León, José María Pelayo considera que «algunos centros» son «bien conocidos» dentro y fuera de Castilla y León por su actividad científica. En el campo de la medicina, destaca la labor del servicio de Hematología de Salamanca y también grandes profesionales como Ángel Luis Montejo, que además de ser el actual presidente de la Asociación Castellano y Leonesa de Psiquiatría, es «el mayor experto» en sexualidad y alteraciones sexuales de España; o el doctor Tomás Palomo, que estudia aspectos neurofisiológicos de las enfermedades mentales graves.

Sobre el Hospital del Bierzo, reconoce que, a pesar de ser un centro pequeño, en el último año se ha incrementado el apoyo a la investigación. Además, la ventaja de su tamaño, tal y como comenta, es que todas las personas que lo componen, desde el gerente hasta el guardia de seguridad, se conocen y hay «una gran disponibilidad» para la ayuda y la colaboración. «Las acciones innovadoras se valoran mucho», apostilla el psiquiatra cántabro, quien opina que la Gerencia de Salud ha hecho «un importante esfuerzo» para mantener «un buen apoyo» a la investigación. «Prueba de ello es el mantenimiento repetido de convocatorias anuales de ayudas a proyectos de investigación y sus cuantías, de las que se han beneficiado multitud de centros a lo largo de estos años y las ayudas para la intensificación de actividad investigadora. Esto no quiere decir que no haya que invertir más o que puede mejorarse la planificación, organización y desarrollo de la investigación. Desde luego el futuro depende de que seamos fuertes en este campo que es fuente de toda innovación y finalmente de desarrollo», reflexiona.

Pelayo sostiene que la investigación está «muy desprestigiada». De hecho, va más allá y afirma que «los valores actuales han hecho que ese talento y esa capacidad de trabajo tenga un valor muy inferior a la suerte o la imagen que proyectamos». «Los propios médicos –continúa– muchas veces consideran al investigador como alguien que se dedica a esto porque no tiene otra cosa que hacer o porque no le gusta la clínica. Lo cierto es que investigar exige un trabajo muy duro, incluyendo tiempo y energías de la vida de las personas», sentencia.

Sea como fuere, está contento con el camino que escogió. Un camino que ahora podrá potenciar porque es uno de los liberados por la Consejería de Sanidad para investigar. Según manifiesta, la investigación clínica se debe sobre todo a los pacientes y familiares, a las personas que acuden a la consulta en busca de ayuda y que sin obtener beneficios personales colaboran para que las ideas que tienen los profesionales se hagan realidad. «Sin ellos no sería posible y, además, en la mayor parte de los casos lo hacen con orgullo y satisfacción de estar haciendo algo que es importante y que puede ayudar a los demás».

 

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