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ÉXODO EN EL MEDITERRÁNEO

Ser joven en Túnez: "El país no nos ofrece nada"

Licenciados sin empleo ni esperanzas de hallarlo se suben a pateras rumbo a Lampedusa

BEATRIZ MESA
14/01/2018

 

La isla de Kerkenah es un pequeño paraíso a los pies del Mediterráneo. Poco conocida por los extranjeros, será por eso que apenas se ven gendarmes en la ciudad. Tampoco es necesaria la seguridad, porque la población (alrededor de 30.000 habitantes) se ocupa de preservar su propia estabilidad. Disfruta de una especie de anarquía que data de la resistencia anticolonial francesa y sus habitantes son conocidos por ser difíciles de controlar. Tanto es así que hasta la actividad pesquera, la principal fuente de ingresos de la población, se realiza desordenadamente. Cada uno pesca lo que quiere y cuando quiere, sobre todo desde la caída del régimen de Ben Alí, en el 2011. “La pesca ilegal ha perjudicado la actividad y ya no es tan rentable como antes, y los pescadores han encontrado una alternativa en la inmigración”, asegura Anis Morai, politólogo y visitante asiduo de la isla.

Agotados los bancos de pesca, los pescadores han reconvertido sus embarcaciones en 'pateras vip' para los miles de tunecinos que buscan emigrar a la isla italiana de Lampedusa, la primera puerta de entrada en Europa. La mayoría proceden del interior del país, exhaustos de esperar los cambios sociales y económicos que las nuevas élites políticas prometieron tras la caída de Ben Alí. 

LICENCIADOS EN PARO

La parálisis económica que sufren las ciudades del interior no deja otra alternativa a jóvenes que dejan de ser diplomados desempleados para convertirse en candidatos a la emigración clandestina. Son los nuevos 'harragas' de una revolución inconclusa. 'Harraga' en árabe quiere decir quemar o incendiar, y embarcando en las pateras queman las fronteras entre los parias y las élites, cargados de sueños que su país les hurta. “Seguro que en Francia encuentro un empleo. Tengo muchos amigos allí”, comenta Ismael, titulado en electrónica. Más de 500.000 tunecinos con licenciatura universitaria están desempleados, según cifras oficiales, y sin expectativas de ser absorbidos por el mercado laboral.  

“El país no nos ofrece nada. El pequeño comercio o el contrabando con Argelia es la salida para muchos de nosotros, pero no permite tener una vida digna”, denuncia Rachidi Hajti, también licenciado en electrónica. Se le agotaron las fuerzas tras desgañitarse buscando un empleo. La desesperación le llevó a las redes mafiosas a través de amigos que le señalaron Kerkenah como punto de salida. No podía imaginar que, como él, cientos de candidatos se preparaban para el mismo exilio. Si antes los jóvenes tunecinos emigraban por falta de libertades y de vías de expresión, hoy se emigra por la falta de 'al karama' (en árabe, dignidad), paradójicamente la primera reivindicación que se blandió para echar al dictador en el 2011. 

La mayoría de los pasajeros que embarcan en Kerkenah son chicos muy jóvenes, y recientemente han empezado a llegar mujeres. “Esos jóvenes que ves con las mochilas alquilan una casa mientras esperan la salida de la embarcación. Normalmente la espera se produce porque hay que ocupar todas las plazas”, explica un capitán de barco, también envuelto en la emigración clandestina. Por las nueve horas de travesía cobra a cada pasajero unos 2.300 euros, aunque el precio puede subir o bajar según la ocupación de la embarcación. Eso sí, el riesgo de naufragio es mucho menor que en la ruta desde Libia. “Nuestras lanchas están motorizadas y bien preparadas”, afirma. Aun así, el pasado 8 de octubre 10 personas murieron y decenas desaparecieron tras una colisión entre una lancha de la Marina tunecina y una embarcación de clandestinos. Hasta este día, la mafia de la isla de Kerkenah operaba en la absoluta invisibilidad.

 

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