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PATRIMONIO NATURAL E INDUSTRIAL

El pasado minero de San Adrián

Un recorrido por el entorno natural de la localidad burgalesa de San Adrián de Juarros y su barrio de Brieva, rescata el pasado de uno de los grandes enclaves mineros del Este de la Comunidad

M. MARTÍNEZ
26/11/2018

 

Escondidas en los parajes naturales que rodean la localidad burgalesa de San Adrián de Juarros y su pequeño barrio de Brieva, a poco más de 20 kilómetros de la capital, reviven sólo ante la mirada del paseante viejas minas y bocaminas en torno a las cuales el carbón y la riqueza eran todo uno. Hoy son mudas testigas del que fuera uno de los principales enclaves mineros del Este de la región, «ya que eran más de 400 familias las que había aquí viviendo en torno a ellas y el carbón que los hombres del lugar sacaban cada día, al ser este lugar uno de los más prósperos de la provincia y de mayor actividad tiempo atrás», recuerda el alcalde, Florencio Martínez.

Esa actividad minera es hoy eje de uno de los enclaves turísticos más conocidos de la zona, el Sendero Minero de San Adrián de Juarros, un recorrido de 10 kilómetros que repasa cerca de una veintena de estas minas y bocaminas a través de sus nombres -La Estrecha, La Mula, Juarreña, La esmeralda o la del Perro entre otras-, siendo sólo 9 de ellas y una calera destinada antiguamente a extraer cal, las que hoy asaltan a su paso al visitante.

Y es que sólo ante sus ojos vuelven a abrirse al mundo, tras el abandono de la actividad minera en 1970, labor que hundía sus raíces en pleno siglo XIX y que hoy se encarga de repasar este itinerario que miles de personas recorren cada año. «Muchos de ellos escolares que llegan en autobuses de colegios de toda la provincia, cuyos profesores convierten el lugar en una clase práctica de Ciencias Naturales», comenta el responsable municipal.

El sendero tiene ya tras de sí casi dos décadas de funcionamiento, tras nacer del deseo local por intentar retener tiempos mejores, a la par que los recuerdos que muchos de los lugareños tienen estrechamente vinculados en su mayoría a aquel pasado minero, como parte de la historia que transmitir a los más jóvenes.

«Fue hace 18 años cuando unos cuantos vecinos decidimos crear la Sociedad Recreativa Cultural, cuyo presidente comentó al resto la posibilidad de dar forma a un proyecto que rescatara del olvido estos lugares, logrando así su digna pervivencia y con ellas, el de uno de los períodos más importantes del pasado de la villa», recuerda el regidor municipal, en aquel entonces miembro de la directiva de la entidad cultural pero aún sin ningún cargo municipal.

Al proyecto se sumó después el Consistorio local, lo que dio forma a una propuesta conjunta en la que, como recuerda, «se invirtieron más de 50 millones de las antiguas pesetas, un buen pizco por aquel entonces», que también logró ayudas estatales a través de planes de promoción, «que desaparecieron poco después, así que elegiomos bien el momento para un proyecto en el que nos implicamos todos, porque traía al presente un pasado que, de una u otra manera, habíamos vivido todos de forma muy directa».

El proyecto, convertido hoy en un trazado natural de fácil recorrido para público de toda edad, recuerda cómo la historia minera de la zona comienza a mediados del siglo XIX, en el que a pesar de que el subsuelo juarreño escondía sólo carbón y de no muy buena calidad, sí se cifraban extracciones de peso.

Vinculación minera que la zona comparte con la sierra vecina de Atapuerca, en la que fue precisamente la intención de abrir una trinchera para el ferrocarril a finales del siglo XIX, a la que debe agradecerse el descubrimiento de las cuevas y los hoy mundialmente conocidos yacimientos arqueológicos de Atapuerca.

«Carbón con el que a pesar de su mediana calidad, se surtían a las fábricas locales de hilo, papel o alfarería entre otras actividades», explica. Pero también a la propia ciudad, «pues cuentan los más veteranos cómo una fuerte nevada dejó la ciudad sin carbón, siendo el dueño de una de las minas -llamada entonces ‘Pradera’ por ser éste su apellido-, quien personalmente se encargó de que el Ejército con sus mulas trasladara el carbón a la capital burgalesa», relata el munícipe local.

Actividad que, como añade, permitió la extracción de entre 4.600 toneladas anuales a comienzos del siglo XX «y las 10.000 que se alcanzaron en los años 70 en que se detuvo la actividad, pues comenzaba a ser demasiado costosa la extracción de un carbón de tan poca calidad, a la par que ganaba presencia el petróleo, recién llegado también en los años 60 a la comarca burgalesa de La Lora». Augurio de venidera riqueza para unos y lluvia de verano para otros, el ‘oro negro’ animó a muchos a abandonar la comarca de Juarros en pos de nuevos nichos de empleo, comenzando así el declive de la zona que fue quedando despoblada.

Hoy cuenta con unas 100 personas censadas, de ellas apenas 15 en el barrio de Brieva, quienes sin embargo pueden presumir del remarcado carácter solidario de la villa. «Carácter abierto a todos, que hemos heredado de aquellos años de acogida de gente que llegaba a trabajar, proveniente de todos los puntos de Espoaña», remarca el edil. Como así lo prueban la celebración a lo largo del año de diferentes carreras solidarias, el canicross que transcurre por gran parte del trazado del propio sendero -al igual que la marcha nocturna-, o el concurso de ollas ferroviarias, de nuevo nexo directo con su ayer carbonero.

El sendero minero comienza así a la salida de San Adrián de Juarros, donde pueden verse su recuperado potro de herrar y el lavadero, así como las casas de típica piedra roja, otro guiño a su tradición. Un pequeño centro de acogida al visitante inicia a éste en la historia del lugar con la proyección de un documental.

Junto a él, un cartel recuerda cómo dentro de la sencillez del trazado, se puede pasear por amplios espacios naturales que esconden una gran riqueza animal y micológica que hacen de este entorno un destacado coto micológico y de caza. Así como gozar del paraje, para cuya contemplación se ideó especialmente el Mirador que sirve, a su vez, de excelente enclave para un pequeño descanso antes de continuar entre robles y pinos, mientras corren escondidas las aguas de varios arroyos, entre ellos el Solechón, que discreto llega al vecino barrio de Brieva. Lugar que el sendero sólo roza pero que merece una visita, tras abrir boca el paseante con la ermita de Nuestra Señora de las Nieves o el manantial de Brieva con los que se topa a las puertas del vecino barrio.

Riqueza natural a la que se suman la veintena de minas que saltan a la vista del visitante, aunque de la gran mayoría sólo queda el nombre. «Hubiéramos querido recuperar muchas, pero su mal estado y el elevado coste que suponía nos hicieron desistir, además de que algunas de ellas son sólo buscaminas, que tras comprobarse que no escondían material de interés, se abandonaban».

Martínez detalla que sólo son dos las que sí se han recuperado. Es el caso de la conocida como Mina Ojo de Buey, junto a cuya entrada vallada una vagoneta da la bienvenida. Pero al contrario de lo que puede pensarse al verla, «no es de las que se usaron aquí y eso que se movían miles cada día, nos la cedieron unos amigos mineros de Guardo porque cuando se dejó de trabajar en San Adrián, se lo llevaron todo», lamenta Martínez. Mientras, nos acompaña tras la valla que frena al visitante antes de pasar a una oscura entrada de poco más de 50 metros de recorrido creado de forma artificial, como recordatorio de la que sí daba la bienvenida a los mineros décadas atrás, pero que hoy sólo deja a la imaginación lo que ellos allí sí pudieron ver.

Otro de los espacios recuperados es el Pozo de San Ignacio, en el pasado uno de los puntos esenciales del conjunto minero, ya que ahí se concentraba gran parte de la actividad del lugar, a pesar de ser hoy un paraje arbolado. De las palabras del edil dan fe la enorme escombrera sobre la que se levanta la explanada frontal que dirige la vista hasta el horizonte, donde se perfila tranquila San Adrián.

Pero también los restos de la estructura del antiguo cargadero de camiones así como los gruesos pilares de hormigón sobre los que se alza a nuestra espalda el imponente castillete, que aunque fue construido al trazar el sendero, sí recuerda que el pozo que guarda, esconde bajo él 200 metros de oscuridad. «Por su interior bajaba el ascensor, túnel vertical que hoy tiene a la vista apenas 40 metros pues el resto está inundado», relata Martínez, mientras deja caer una piedra entre los huecos de la verja que lo tapa al público bajo una vagoneta que, vigilante, pende sobre él. Y al fondo, el agua.

De vuelta a la villa, el sendero aún recuerda tiempos pasados de ésta como enclave ganadero, al transcurrir junto a unas antiguas tenadas que, en muy buen estado, recuerdan dicha labor animal en la zona. Ganado de cuya guarda se ocupa el propio ayuntamiento y que hoy protagonizan un puñado de burros. «Y aunque años atrás llegaron al medio centenar, hoy son apenas una docena, eso sí campando a sus anchas por el paraje y mostrándose cuando les place... y hoy no tocaba», bromea.

 

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