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EL SIGLO DE UMBRAL

Capital del dolor

Cuando el primer verano de la guerra empieza a agostar, la abuela Luisa recoge al niño Francisco Umbral en Laguna de Duero, donde ha crecido a los pechos de su nodriza Pilar, para llevarlo a la casa familiar de la plaza de San Miguel.

ERNESTO ESCAPA
24/03/2019

 

La entonces ignota rama familiar de los Urrutia prolonga su declive en un chalet del Pinar de Antequera, estirando los auxilios farmacéuticos del abuelo De Luis, como huéspedes de un tiempo ya sombrío, que dará título al segundo poemario (1948) del hermano desconocido: «sobre mi espalda pasan senderos que se recorren desde siglos».

Su hermano mayor y todavía desconocido, el poeta Leopoldo de Luis, con quien tanto había de intimar Umbral en Madrid, emprendió en 1935, a sus diecisiete años, los estudios de Magisterio en la Escuela Normal de Valladolid, dirigida por la ilustre pedagoga santanderina Aurelia Gutiérrez-Cueto Blanchard (1877-1936), hermana de la pintora cubista, que será ‘paseada’ en Valladolid el 25 de agosto de 1936 por las brigadas azules del degüello, con sus 58 años ya promediados. Su hija Elena Barahona Gutiérrez (1912-2010) evoca aquel asalto intempestivo y violento a casa, de donde se llevaron a su madre para abandonarla asesinada en una cuneta, procediendo de paso a la destrucción implacable de su biblioteca, «cuyos libros y papeles fueron arrasados por completo».

Tantas veces, en sus retornos recurrentes a Valladolid, Leopoldo de Luis examinó su memoria truncada y feliz de la ciudad asomado al Pisuerga urbano, que «se desliza lo mismo que un hondo cielo de agua / apresado en los brazos vetustos de la tierra». Del Cabildo a la Flecha, el Pisuerga «arrastra triste légamo, agrio limo, / algas como cabellos de sombríos ahogados, / corazones de musgo en vegetal racimo, / cortezas milenarias, árboles desraizados». El hermano poeta, que antes ha compartido aulas e ilusiones líricas en el instituto con Luis López Anglada (1919-2007), va a lanzar aquel mismo curso la revista Pregón literario con sus amigos el poeta José Luis Gallego (1913-1980), que más adelante se casará con su hermana, y José Méndez Herrera (1906-1986), autor teatral y traductor de la obra completa de Dickens al castellano para Aguilar.

Después de su paso por las clases de don Narciso Alonso Cortés (1875-1972) en el instituto, el joven Leopoldo Urrutia de Luis combina los estudios vocacionales de Magisterio con los instrumentales de Comercio, que le servirán en su tránsito por la menesterosa posguerra para ganarse la vida como responsable de una compañía de seguros cuya dirección alcanzará a compartir. Pero ese trabajo administrativo le va a llegar en 1944, después de superar años de hieles y presidios. Cuando calculaba incorporarse a Filosofía y Letras, como remate a sus estudios de Magisterio, estalla la guerra y en octubre ingresa en el ejército republicano, en cuyas filas, después de un par de incidencias bélicas que lo llevaron gravemente herido al hospital, alcanza el grado de capitán de Estado Mayor. Entre 1937 y 1938 publica romances de guerra como Leopoldo Urrutia, entre los que destaca su Romancero a la muerte de Federico García Lorca. Se hace amigo en el frente de Miguel Hernández (1910-1942) y con él publica Versos en la guerra (1938), que edita el Socorro Rojo de Alicante.

Al concluir la guerra, comienza su trienio penitenciario, que le llevará de la plaza de toros de Ciudad Real al penal de Ocaña y de allí a la redención de penas por el trabajo en los batallones desplegados en Marruecos y en el Campo de Gibraltar. Al pisar la calle, como huésped atónito de aquel tiempo sombrío, su primera cautela será mudar el apellido de su firma, quedando como Leopoldo de Luis, a quien describe en La noche que llegué al Café Gijón (1977) un Umbral ya sabedor de sus secretos familiares «de ojos pequeños y maliciosos, nariz grande, boca inexistente, rostro un poco rojizo, fácilmente alegrado y subido de color por la risa… Venía de sus oficinas de seguros lleno de versos, de cultura, de conversación, de chistes malos y poemas buenos. Escribía una poesía en la música de Miguel Hernández, hecha de humanidad y socialismo, con gran sentido del verso, gran ductilidad lírica y una melodía grata y honda, monótona y cierta, que daba gran calidad a todo lo suyo…El mínimo y dulce Leopoldo de Luis».

LA CIUDAD DE LOS LINAJES

Todas estas historias precoces sólo las pudo conocer Umbral por referencias, «ya que eran anteriores a su madurez», como apunta el protagonista de Capital del dolor (página 96) a propósito de la tunda que propinaron al alcalde socialista Antonio García Quintana (1894-1937), para quien trabajaba la madre de Umbral en el municipio, los dos hijos falangistas de Francisco de Cossío un mediodía a la salida del ayuntamiento, en la plaza Mayor, por una polémica periodística previamente resuelta en los tribunales a favor del alcalde: «Lo tumbaron en el suelo, le dieron una paliza y salieron huyendo en un coche… Pero Manolo Cossío, feo y divertido como su padre, se fue enseguida al frente y lo mataron en Quijorna, con muy poca diferencia de calendario respecto al asesinato del alcalde por él apaleado» (página 98). Y prosigue en la misma novela sobre Valladolid en la guerra: «A pesar de todas estas cosas, seguía respetando en Cossío su raza de escritor (no así en su hermano José María, sarasate, maricón y taurófilo, amigo de Ortega y Marañón, con más brillo en Madrid, pero escritor nulo y enamorado tímido de los toreros, mayormente de Joselito, a quien brindaba su sonrisa verde de homosexual). José María de Cossío no se había curado nunca de la muerte de Joselito. Era un hombre feo, enamorado y frívolo que llevaba por dentro un dolor de grana y plata. Paco Cossío escribió sobre su Manolo un gran libro elegíaco y lírico, que salió en Santarén, 1937 (páginas 98-99).

Francisco de Cossío (1887-1975) fue el mayor de cuatro hermanos marcados por la desolación de una temprana orfandad, causada por la tuberculosis vertebral conocida como mal de Pott, que asoló Sepúlveda al poco de nacer José María, llevándose a sus padres y dejando a los cuatro niños al cuidado de la abuela. Los Cossío eran foramontanos que adornaron su castillo de Sepúlveda con un mirador barroco para disfrutar las funciones de toros. En Tudanca pasaban los veranos en la casona de un antepasado indiano. Su bisabuelo Cuesta fue el patriarca que inspiró Peñas Arriba, la novela de Pereda. Por esa rama tenían el baldón del general derrotado por los franceses en Cabezón y en Medina de Rioseco, que compensaba el prestigio institucionista de su tío abuelo Manuel Bartolomé Cossío (1857-1935), el redentor de El Greco. En cambio, su ancla materna estaba envuelta en confusas bastardías borbónicas, de las que presumía Francisco. La temprana orfandad de los Cossío dejó su tutela a la abuela paterna, que repartía el año entre el palacio de Valladolid (la actual Casa Revilla) y la casona montañesa. Huyendo de Sepúlveda, solar de las desgracias. Francisco de Cossío se casó joven con Mercedes Corral, hija de un catedrático de Medicina, en la capilla de su casa de la calle Torrecilla, antiguo palacio del conde de Cancelada. Tuvieron cuatro hijos, el más joven de los cuales falleció en el frente de Quijorna, dando título a un libro que Umbral califica como «el más hermoso y más puro aparecido en la zona nacional». En su boda, celebrada en 1910, actuó como testigo el escritor Antonio Valbuena, amigo de Zorrilla, cuya casa está al lado; convivía entonces con la familia Antonia Arenal, hermana de Concepción y casada con el bisabuelo rector.

En Valladolid, Cossío se sitúa en la órbita de Santiago Alba (1872-1949), el abuelo liberal de Jaime Gil de Biedma (1929-1990), y eso le vale su nombramiento como director del Museo de Escultura, el vínculo casi perpetuo al periódico El Norte de Castilla, que llega a dirigir, y su destierro por la dictadura de Primo de Rivera, primero en Francia y más tarde en las islas Chafarinas. El desencadenante fue un artículo de 1924 que satirizaba al somatén. Ese mismo año publica la novela El caballero de Caltilnovo, de un tono evocador muy distante de las aventuras del doctor Hansen contenidas en El estilete de oro y El club de los 90. Tres años después, aparece La rueda, escrita en el exilio de Bidart, de tinte azoriniano, que el hispanista Cassou califica como «un pequeño Fausto». Le siguen Aurora y los hombres (1931), Taxímetro (1940) y Elvira Coloma o al morir un siglo (1942), que se inscribe entre los relatos que mejor describen el derrumbe de la oligarquía harinera, en la línea melancólica de Bearn (1956), del mallorquín Lorenzo Villalonga. Ya instalado en Madrid, tienta sin suerte al teatro y sigue goteando otras novelas: Cocktail sin alcohol (1940), Un viaje de ida y vuelta (1943), Cincuenta años (1952) y Gran turismo (1953), hasta que se instala en la rutina de la indolencia.

Francisco de Cossío ingresa en 1962 en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, de la que dos años más tarde es nombrado secretario perpetuo, mientras asiste al reconocimiento creciente de José María (1892-1977), su hermano menor. José María se traslada a Madrid en 1912 para estudiar Derecho, pero allí conoce a Joselito (José Gómez Ortega, 1895-1920), con quien convive en su casa de la calle Arrieta, y la pasión taurina lo deslumbra. La muerte de Joselito, a quien seguía de plaza en plaza, recluyó a José María en Tudanca para un luto de años, del que lo sacaría un nuevo entusiasmo por el Niño de la Palma (Cayetano Ordóñez, 1904-1961). José María fue enlace entre los poetas del 27 y Sánchez Mejías (1891-1934), cuñado de Joselito. En Tudanca reunió una biblioteca fastuosa y tuvo como huéspedes a Unamuno y Alberti. Presidente del Racing de Santander, entre 1932 y 1936, fue delegado del Barcelona y llevó a Rafael Alberti a la final de Copa protagonizada por Platko, el «oso rubio de Hungría», a quien inmortalizó en sus versos. Alcalde republicano de Tudanca, hasta su deposición por el franquismo, pasó la guerra en Madrid, en un chalé de la Ciudad Jardín compartido con el historiador Ramón Carande, adelantando trabajo de la enciclopedia Los Toros, que vería la luz en 1943. Ya sin la secretaría de Miguel Hernández, al que trató de aliviar en sus presidios. Juanista medroso, lo hicieron académico en la devaluada promoción del 47. Y luego Fraga lo nombró presidente del Ateneo de Madrid, entre 1963 y 1974.

 

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