Si ya eres usuario, accede...

Recordarme

¿No recuerdas tu contraseña?
Accede con redes sociales...
Si todavía no eres usuario, regístrate...

¡Regístrate ahora! para recibir los titulares del día en tu e-mail.

¡Regístrate ahora! para poder comentar noticias, participar en sorteos y concursos.

Menú Accede
Si ya eres usuario, accede...

Recordarme

¿No recuerdas tu contraseña?
Accede con redes sociales...
Si todavía no eres usuario, regístrate...

¡Regístrate ahora! para recibir los titulares del día en tu e-mail.

¡Regístrate ahora! para poder comentar noticias, participar en sorteos y concursos.

DE FIESTA EN FIESTA

Los carochos de Riofrío de Aliste y otras mascaradas zamoranas

Quien quiera vivir y disfrutar el nacimiento del nuevo año de manera diferente a como nos invitan los medios de comunicación de masas, debe acercarse, a primera hora de la mañana, a la comarca zamorana de Aliste. Tendrán la oportunidad de ver las mascaradas rituales que el día uno recorren las calles

JOSÉ LUIS ALONSO PONGA
01/01/2019

 

Tienen diferentes nombres: en algunos lugares las llaman Obisparras o Visparras, y apuntan a un elemento que fue central en las primitivas, y que hoy ha desaparecido de casi todas: el disfraz de obispo.

En otros sitios se denominan Los diablos, en alusión a los personajes que, vestidos de negro y con caretas, representan el mal. Los Zangarrones o Tafarrones hacen referencia a máscaras fustigadoras, con disfraces estrafalarios que llevan vejigas hinchadas con las que agreden al público, especialmente a las mozas. El nombre de Talanqueiras se refiere al disfraz de toro de la máscara principal. De gran presencia en todas ellas es el Filandorro, o Filandorra, nombre despectivo que se forma a partir del sustantivo «filandeira o fiadeira», personaje ambivalente que puede asumir varias funciones a lo largo de la fiesta, pero nunca falta, y de ahí le viene el nombre, el de una hilandera, hilando (filando, fiando) lino o lana. Es una de las máscaras más antiguas, que salía en las Saturnales romanas de final de año, como lo atestigua, en el s.IV, el obispo Asterio de Amasea. Cuando refiere los disfraces de los soldados romanos en las Saturnales, critica el de la hilandera porque aludía a Ariadna, la diosa tejedora que, según la mitología, entregó el hilo a Teseo para ayudarle a salir de laberinto

La provincia de Zamora, con la región portuguesa de Tras os Montes es la zona más rica en estas manifestaciones. Son de un valor antropológico simpar y su profundidad ritual al igual que la polisemia de las mismas, aparece cuando las estudiamos en su origen y evolución. Los protagonistas, antes de la despoblación de los años sesenta del siglo pasado, eran los quintos, un grupo de edad que en ciertos momentos del año actuaban con funciones parasacerdotales de protección del pueblo; hoy son los jóvenes en general.

Se componen de escenas de lo más variado y polivalente que, aunque hoy estén unidas, no siempre fue así. Al contrario, sobre la base de ceremonias antiguas, que a veces han perdido ya todo su significado, se añadieron con el paso del tiempo, otras de diversa procedencia. Recuperan cultos arcaicos prohibidos por la religión oficial, irrumpen en la vida y organización de la localidad con escenas que trastocan las normas de convivencia diaria, o refuerzan los valores de identidad y armonía propios de los pueblos de esta comarca. Durante la mascarada, uno o varios disfraces recorren las casas pidiendo el aguinaldo, en un rito de inclusión de los vecinos. No visitar una casa es una manifestación pública de exclusión vecinal.

Cuando una familia está de luto, se acercan a la casa con sumo respeto, sin hacer ruido con los cencerros ni otros símbolos bulliciosos, pero la visitan. En otras épocas de mayor miseria cuando alguna familia se veía en grandes apuros económicos, los peticionarios compartían con ellos lo recaudado.

Las mascaradas zamoranas, cuyo primer intento de estudio serio se debe al antropólogo de Carbajales de Alba Francisco Rodríguez Pascual, surgieron como religiosidad popular de origen cósmico que, más o menos cristianizadas, pervivieron a lo largo de la historia mientras tuvieron una función. Su desaparición no se debió al triunfo de las prédicas cristianas contra el paganismo; si no por falta de actores, por la emigración, y por un cambio de mentalidad que tuvo lugar en el mundo rural desde finales de los años sesenta del siglo pasado. Hoy, recuperadas en su mayoría, tienen un fuerte valor de identidad y se promocionan como Patrimonio Cultural base para el turismo rural.

Gracias a los estudios de Roberto Tola Tola sabemos que en el s. XVI en algunos lugares del señorío de Alcañices, por las pascuas de Navidad, los campesinos elegían a un obispo y con él, a la cabeza, iban a la villa del marqués llevando como trofeo un pájaro cazado por la comitiva el día anterior; de esta manera, se adueñaban simbólicamente de la fortaleza; el Señor estaba obligado a darles de comer y beber. La fiesta terminaba cuando, a la vuelta a sus lugares de origen, tiraban al obispo a un charco. El personaje disfrazado tenía un poder efímero, pero lo ejercía, como lo hacía el rey de las Saturnales romanas. Para comprender mejor la mascarada de Alcañices conviene saber que no se cazaba un pájaro cualquiera, sino un pájaro determinado, de colores, y que esta tradición era común a muchas regiones de Europa; y para comprender en plenitud todo el significado, no hay que olvidar que los pájaros que se cazaban en Europa para este rito estaban relacionados con el culto al dios Lug, figura sobresaliente en el panteón celta. En La Rioja medieval hay noticia de un «Rey Pájaro», un disfraz que durante los días de su reinado se encargaba de revisar y sancionar los límites territoriales de la villa. Un eco de estas tradiciones, aunque muy difuminado, sería el «Pajarico», que junto al «Caballico», protagonizan la mascarada de Villarino tras la Sierra.

Son varias las mascaradas de invierno declaradas Fiesta de Interés Turístico Regional; entre ellas, Los carochos de Riofrío de Aliste, merecen una mención especial por ser una de las más completas y complejas de la Península Ibérica. Los vecinos la conservan y miman con un cariño especial, y la comparten durante todo el año en un cuidado museo. Ha sido descrita y estudiada por Juan Francisco Blanco, quien nos dice que el nombre procede del portugués carocho,  en el sentido de diablo (espíritu maligno), y como adjetivo, con el significado de  negro, oscuro.

La organización de los carochos estaba asignada tradicionalmente a los jóvenes que tenían derecho a participar después de haber pagado la «entrada a mozo». Los encargados de su puesta en escena se juntan muy de madrugada en un lugar acordado para preparar primero el carro, y después disfrazar a cada uno de los personajes. Son once conocidos como el carocho grande, el carocho chico, el galán, la madama, el del tamboril, el del cerrón, el del lino, el molacillo, el gitano, los filandorros y el ciego.

Con el disparo de un cohete, arrancan los diablos con caretas negras como el ropaje, envueltos en una humareda que casi tapa sus facciones, blandiendo enormes tenazas extensibles rematadas en cuernos de cabra. Les sigue el resto de la comitiva, los guapos, y los graciosos con un carro guiado por el molacillo en el que van la filandorra y el ciego. Hacen los carochos una ronda primero junto a la iglesia y a continuación se dirigen a casa del alcalde. Los carochos gritan y el grande agita las tenazas en acompasados golpes lígneos «chas, chas». La mañana avanza con diversas actos. Un grupo de vecinos colabora dando el alto al carro y exigiendo el permiso para entrar y circular por la villa. La algarabía aumenta y las escenas se suceden. Los guapos acuden a casa del cura para bautizar al niño, el del cerrón (zurrón) reparte dulces y caramelos entre los pequeños. El del lino golpea a los curiosos con un haz de fibras de esta planta. El gitano intenta vender el burro al mejor postor. El carro vuelca y el ciego muere, lo que aprovechan los diablos para apoderarse de su alma, pero son puestos en fuga por el molacillo y el gitano. Los filandorros celebran con bailes grotescos el renacer del ciego. Mientras, los carochos van de casa en casa celebrando el nuevo año y pidiendo el aguinaldo.

Los carochos de Riofrío, es una mascarada para ver, y sentir, para empaparse del ambiente del pueblo y del contexto en el que se desarrolla. Pero conviene asistir con un cierto nivel de conocimiento sobre el tema porque sólo así se puede captar la riqueza estética, cultural y patrimonial que encierra. Si comprendemos esta mascarada, entenderemos mucho mejor todas las del noroeste de la Península Ibérica.

 

Última hora

© Copyright EDITORA DE PRENSA SORIANA, SL
C/ Morales Contreras, 2. 42003 Soria. España
Contacte con nosotros: redaccion@hds-elmundo.es

EDITORA DE PRENSA SORIANA, SL se reserva todos los derechos como autor colectivo de este periódico y, al amparo del art. 32.1 de la Ley de Propiedad Intelectual, expresamente se opone a la consideración como citas de las reproducciones periódicas efectuadas en forma de reseñas o revista de prensa. Sin la previa autorización por escrito de la sociedad editora, esta publicación no puede ser, ni en todo ni en parte, reproducida, distribuida,comunicada públicamente, registrada o transmitida por un sistema de recuperación de información, ni tratada o explotada por ningún medio o sistema, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro óptico, de fotocopia o cualquier otro en general.

Edigrup Media: Diario de León | Diario de Valladolid | El Correo de Burgos | Heraldo-Diario de Soria