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EL SIGLO DE DELIBES

Un cazador que escribe

Otra vez más y a pesar de su éxito creciente como novelista y escritor, el primero de los libros de Miguel Delibes sobre caza tuvo que ver la luz en Lumen, reincidiendo Destino en su rechazo a los nuevos flancos creativos de Miguel Delibes.

ERNESTO ESCAPA
03/12/2018

 

Ya sin la percha de Lorenzo, personaje que le había servido a Delibes para sus dos primeras novelas dedicadas a la caza, echó mano para el estreno ilustrado de La caza de la perdiz roja, de un coloquio dialogado con el veterano perdicero Juan Gualberto el Barbas de Valdestillas. A través de sus agudas reflexiones y sentenciosas ocurrencias, ensarta Delibes en sus páginas una deliciosa secuencia de apuntes sobre el deporte de la caza.

Lo que más llamó la atención a la primeriza editora Esther Tusquets (1936-2012) fue la hospitalidad y nobleza con que Delibes respondió a su solicitud de colaboración, estableciendo de inmediato una complicidad que se iba a prolongar un año después en la edición ilustrada con fotografías de Ramón Masats de Viejas historias de Castilla la Vieja (1964). Complicidad que ni siquiera quebró una engatada de Vergés en la revista Destino, cuando aprovechó en un reportaje sobre Delibes la fotografía de Oriol Maspons enviada por Esther Tusquets para ilustrar la crítica del libro. Pero apunta en sus memorias: «Delibes, que rinde un culto inmenso a la amistad, estaba desolado». Más tarde, Delibes propiciará el saludo conciliador entre sus editores.

A Esther Tusquets le había llamado la atención de inmediato el aval de la buena previsión de ventas, anticipada por Delibes, para aquel libro sobre la perdiz roja, «dada la creciente afición a la caza en el país y la desahogada posición de muchos de sus cultivadores». El viaje de tanteo a Valladolid con Oriol le supuso a Esther Tusquets la pérdida de su virginidad, con veinticuatro años ya cumplidos en una familia de nazis y después de una juventud estabulada en los cuarteles de la Sección Femenina de Falange. Sin embargo, Esther entonces ya empezaba a despertar, y no veía con simpatía la caza: «Nada más lejos de mi intención que lanzarme a caminar por los campos de Castilla asesinando perdices». Aunque siempre valoró la generosa bonhomía de Delibes y su esposa Ángeles, tan opuestos en su sensibilidad a la jarca oficial y ruidosa de los escopeteros pujantes.

El mismo Delibes conocía bien la catadura del entonces presidente de los cazadores españoles, el muy jaleado Jaime Foxá Torroba (1913-1976), ingeniero de Montes enraizado en Vinuesa y Ciudad Rodrigo, procurador perpetuo en las Cortes franquistas, quien se entorchó con un condado de Rocamartí atropado en el baratillo franquista y con un par de novelas infumables: la distópica Marea verde (1951), que le prologó Halcón, y Solitario (1962), que da suelta a su filosofía montaraz aupado en las trancas, andanzas y meditaciones cerdícolas de un jabalí. También alardeó este Foxá de logros amañados como pescador de atunes y esquiador de fondo, mientras trataba de sofocar su pasado canalla como jefe provincial de Falange en el sórdido Madrid de los cuarenta con prólogos cinegéticos, tratados venales y sucesivos homenajes del gremio escopetero en el Pichi-Pachi. Pero Miguel Delibes conocía bien, por tradición familiar, que aquel altivo botarate había sido uno de los ejecutores de la paliza y vejaciones a su anciano tío Santiago Alba (1872-1949) en el hotel Ritz, cuando regresó a Madrid después de la guerra, en 1941. Aprovechando la siesta, la patrulla de matones asaltó su cuarto y lo sometió a un repertorio siniestro de burlas y humillaciones: bofetadas y golpes diversos, rapadura del pelo al cero, y una botella de ricino embutida hasta las heces, antes de dejarlo maniatado para que sufriera el shock causante del Parkinson que malbarató sus últimos años de vida. Tal era la ralea dominante en la caza federada española, de cuya pujanza chupaba Foxá apropiándose de solvencia y conocimientos ajenos para firmar como coautor libros de éxito sobre la caza y pesca en España.

Claro que el pringue ambiental alcanzaba a todos los flancos del país, incluidos sus ramos aparentemente más exquisitos, como la edición de libros. Todavía entonces no se conocía el origen de Lumen en las Ediciones Antisectarias de Salamanca y Burgos durante la guerra civil, alentadas por el clérigo Juan Tusquets Terrats (1901-1998), un tipo «alto, rubio, esbelto e hiperactivo». Hijo de banquero judío, y por vía materna, de la familia mecenas de Gaudí. Hermano mayor de Magín, el padre de Esther, quien le compró la editorial para sus chicos en 1959. Las pesquisas del historiador Paul Preston descubrieron en 2005 que aquel clérigo lunático y longevo no sólo había imbuido sus trastornos a Mola y a Franco, de cuya hija Carmencita fue nombrado preceptor, con la obsesión por el contubernio judeomasónico y comunista, sino que sus afanes delatores se encontraban en el origen de la requisa documental encomendada a las tropas nacionales en su avance bélico: papeles que se enviaron a Salamanca, para ir nutriendo el Archivo nacional formado para ejecutar la represión. En su interior, como elemento más llamativo requerido por el propio Franco, diseñó Tusquets una logia de atrezzo, con todas las fantasías emanadas de los Protocolos de los sabios de Sión, a cuya sombra un gobierno judío secreto va tramando la destrucción de la Cristiandad.

Tusquets había embarcado para Italia el 31 de julio de 1936 y de Roma regresa por Francia hasta Pamplona, Burgos y Salamanca, donde su amigo del seminario José María Bulart ejerce como capellán de Franco y le va dejando cubrir sus ausencias en el altar, que facilitan la relación amistosa con Serrano Suñer desde que llega a Salamanca en febrero de 1937. Ya en Burgos, Tusquets cuida de una hermana viuda con dos hijos y se queja del salario tan exiguo (‘molt petit’) para tanto laboreo, hasta que el ministro Dávila concertado con el cardenal Gomá le entrega el carnet de Falange y lo hace capellán castrense con el grado de alférez. Ni con eso se conforma el clérigo banquero, quien al proseguir con sus quejas logra que le concedan un caballo como argucia para continuar sorbiendo suplidos: pide dinero frecuente y constante para herrarlo y así recibe sucesivas entregas de adelantos.

Al concluir la guerra, durante la que había logrado vender a Fidel Dávila para el Ejército hasta cien mil ejemplares de sus breviarios Asesinos de España, El enemigo y El comunismo en España, Franco y Serrano Suñer le piden nombres adecuados para ocupar las instituciones que vayan a sobrevivir en Cataluña. Miguel Mateu fue su recomendación para el ayuntamiento. Rechaza entonces la propuesta de Serrano de hacerle director general de Prensa y Propaganda, dispuesto a volver a Barcelona para dedicarse al cultivo de nuevos negocios textícolas. Asimismo, desdeña el ofrecimiento de Franco para llevarlo a Madrid como director espiritual del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Al parecer y según sus próximos, se sentía revuelto por la ferocidad de una represión que él mismo había estimulado. 
Así que en el repliegue barcelonés rebautizó las Ediciones Antisectarias como Lumen, alcanzó la dignidad eclesiástica de monseñor, cosechó la cátedra de Pedagogía de la Facultad de Filosofía y Letras de Barcelona, fundó varias revistas de la especialidad y orientó Lumen hacia los libros y demás materiales religiosos de texto. Incluso, con los años y según va avanzando hacia la vejez, trata de desprenderse de las ofuscaciones de su pasado, que atribuye, ante el historiador Jordi Canal, a su ayudante asesinado Joaquín Guiu, acusando de paso al cómplice Julián Mauricio Carlavilla (con quien había compartido en Burgos la obsesión por unirse al nazismo alemán y al fascismo italiano, como única garantía de evitar la destrucción de España), de «nazi apasionado, que inventaba más que Comín Colomer». También cargó la responsabilidad de su deriva joven al cardenal Vidal i Barraquer, quien le había encomendado en 1927 un estudio sobre Teosofismo, que lo dejó colgado de la fascinación sectaria.

En sus coloquios con el Barbas, que articulan La caza de la perdiz roja (1963), Delibes recurre a las enseñanzas de Ortega y Gasset, que Juan Gualberto considera enredos y rodeos de «ustedes los que escriben», con el agravante de atender en la disputa a quien no acreditara, además de buena pluma, «una buena escopeta». Un año después, en mayo de 1964, entrega Delibes a Destino El libro de la caza menor (1964), prosiguiendo su placentera sensación de sentirse tan libre escribiéndolos como cuando caza al aire libre. De ahí, la constancia de sus libros cinegéticos, que prosiguen las anotaciones de Con la escopeta al hombro (1970), Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo (1977), Dos días de caza (1980), Las perdices del domingo (1981), su vistoso acopio sobre La caza de la perdiz roja en España (1988) o la melancólica despedida de El último coto (1992).

Con el sustancioso intermedio de Mis amigas las truchas (1977), en cuyas ‘notas de pescador de ribera’ resaltan sus pescatas leonesas del Esla, del Porma, del Órbigo, del Luna en Garaño e incluso del Omaña en El Castillo, donde lo espera, «tomándose unas tapas en el bar de Sandalio», Paulino el guarda, «con sus patillas de hacha y sus bigotes bien poblados, con su sonrisa blanca y su elocución expansiva». Sólo podemos lamentar, ya sin remedio, que estas jugosas andanzas de pescador, que con tanta destreza combinan descripciones minuciosas atentas al detalle y un lenguaje fluido, no las protagonizara, en otra de sus novelas, el bedel Lorenzo, como anunció en su momento Delibes.

 

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