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EL SIGLO DE UMBRAL

Cromos y contiendas

El trienio leonés de Umbral (1958-1961) tiene sus constantes rutinarias y algunas derivas curiosas. Como ilustrado de la emisora azul, además de los programas de ordenanza, le corresponde tutelar la actividad cultural del Círculo Medina de la Sección Femenina:

ERNESTO ESCAPA
08/05/2019

 

Desde su llegada a León, con una carta de recomendación de Delibes para Crémer (1906-2009), Umbral se integra en la camarilla lírica que acompaña al cura Antonio González de Lama (1905-1969) en sus paseos diarios, desde la catedral por la calle Ancha y Ordoño a la Condesa. A Crémer lo visita a media mañana en su céntrica oficina de la Cámara de Comercio, para compartir un frugal piscolabis en el aledaño café Nacional, convidados por el secretario cameral Luis Corral Felíu, porque el agobiado ajetreo de la supervivencia no permite al poeta la licencia del paseo vespertino: «llegó desarbolado, sin nada, pero decidido a conquistar el mundo desde aquí», evocará Crémer años más tarde para Caballé. Con el cura Lama hacen aquella ronda peripatética cotidiana los nuevos poetas del momento: Antonio Gamoneda (1931), César Aller (1927), Salvador de Pablos (1919-2004), el primo José Antonio Perelétegui (1930) galardonado en los juegos florales, Alfredo Marcos Oteruelo (1932-2004), José Luis Chiverto (1938-1980) y de ciento en viento el industrial ferretero al por mayor Antonio Pereira (1923-2009), que no siempre consigue acomodar el cierre de su jornada al horario de las andanzas. Con ellos empieza de desfilar Umbral (1932-2007), llamativamente ataviado en los meses frescos con abrigo, bufanda y guantes de piel. Gamoneda, entonces todavía empleado bancario de Banesto, guarda memoria de las laboriosas estancias matinales de Umbral, dedicadas a la escritura en los veladores de la Granja Victoria.

El relente del áspero clima leonés, sólo apto para los bueyes y algún que otro canónigo, iba a resultar en breve provechoso para el aterido Umbral. De aquella complicidad itinerante enseguida obtuvo cobijo en las páginas del Diario de León, una vez alertado por la animosidad azul de Proa, donde continuaba como director el ferrolano peleado con su primo Federico Miraz (1922-2005), ahora aún más incendiado de furia por los resabios de su redactor jefe llegado de Cataluña Óscar de Santos, quien quedó muy dolido por su postergación en los aguinaldos de la Sección Femenina, al considerarse injustamente relegado por aquel chisgarabís de la radio.

Pero un Umbral siempre receloso no daba entonces puntada sin hilo. Aunque el director del Diario de León fuera el ambulante vallisoletano José Luis Pérez Herrero, remoto conocido de su madre y portador de evidentes suspicacias hacia él, quienes en aquella hora cortaban el bacalao en el diario episcopal eran su reiterado y simbólico director don Antonio de Lama y el redactor jefe Alfredo Marcos Oteruelo, que se iba a convertir en director tres años después. Ambos, con el poeta César Aller, también acompañante en la tertulia peripatética de cada tarde, habían resuelto el concurso de cuentos que le concedió a Umbral un respaldo literario expreso en la antesala de la tormenta (el 6 de enero de 1961), premiando su relato La paloma en el negociado. Veinte años después, en 1981, evocaría Umbral aquel apoyo decisivo: «Alfredo Marcos, débil de hechura, fue la fuerza más fuerte en que pude basamentarme para empezar a creer en mi vocación obstinada de columnista de prensa, en la que todavía vivo y en la que quiero morir, haciendo la última crónica sobre mi propio funeral, a ser posible». Porque, en respuesta al desmedido alboroto azulete causado por un debate de cineclub aquel 8 de enero, ofreció a Umbral la tribuna de una columna diaria en página tres, «que reflejará ágilmente la actividad local de León de lunes a sábado». La sección ‘La ciudad y los días’ realza su reclamo con una caricatura de Umbral con gafas y sustituye como columnista a Crémer, quien una vez más cambia de bando informativo, del Diario a Proa y viceversa, en su travesía permanente de ida y vuelta. Después de la satisfacción efímera de «ver publicado algo suyo en el Norte de Castilla, aquello no tuvo mucha continuidad», confiesa su mujer España Suárez, quien prosigue: «En León vio cómo lo que hacía tenía éxito, y le abrió las puertas a publicar regular y diariamente en periódicos, lo que disipó las dudas que pudiese tener como escritor».

Reduciendo mucho las menudencias sin más chicha de aquel embrollo, resultó que el colofón cinéfilo del domingo 8 de enero por la tarde a las fiestas navideñas, con el debate sobre la peli Orfeo (1950), del poeta, pintor, ensayista y cineasta francés Jean Cocteau (1889-1963), visitante habitual de España desde 1953, había degenerado en guirigay con alboroto, provocando el enfado de su presentador, quien aquella misma noche en la radio comentará: «aquello no parecía un cine club, parecía un corral». El programa de proyecciones hasta el verano anunciaba ¡Viva Zapata!, Belleza maldita, Mujeres soñadas, Un americano en París y Los cuatrocientos golpes, a las que ya no asistirá. Porque el barullo de Orfeo lo empujó a abandonar la ciudad. Necesitaba un impulso para el salto literario a Madrid y aquella cisquera provinciana se lo dio. Llevaba un par de años encargado de organizar conferencias de escritores invitados y recitales con poetas locales, cuando como fruto de aquel toma y daca había asomado por primera vez a Madrid el 16 de diciembre de 1960, para leer sus relatos en el Aula literaria del Ateneo, cuyo responsable era el poeta José Hierro.

Hierro había estado en León el 4 de enero de aquel mismo año, agitando con su presencia volcánica la quietud doméstica de los líricos locales. Arropado en su cabalgada del Húmedo por los poetas más jóvenes, del radiofónico Chiverto a quienes pronto serán los Claraboyos, ya de madrugada azuzará a Crémer para que se acerque a casa y traiga para los cofrades la barrila de orujo gallego que dice guardar entre sus libros. Los atisbos de su visita a Madrid, donde se queda un par de días, permiten a Umbral conocer el café Gijón, donde asoma a la tertulia de los poetas, que es la más abierta y concurrida. Sin conocer todavía prácticamente a nadie, enseguida descubre que allí está su sitio esperándole. Y no se equivoca, por supuesto. De ahí que resuelva con tanta decisión el ruidoso bochinche ocasionado en León por sus desplantes al vocerío que había malogrado el debate de Orfeo en el cine club.

Para entonces, Umbral ya había acercado hasta León a Gerardo Diego, Dámaso Santos, Leopoldo Panero, Tico Medina, el humorista Chumy Chúmez, Jaime de Armiñán, Carlos Vélez y Emilio Romero. Y sumaba también unas cuantas participaciones en la revista Altano (1957) de su compañero Salvador de Pablos, así como en la oral Teleno, que dirigía Marcos Oteruelo en el chalet de Alfageme de Ordoño, sobre cuyo derribo se alzó la sede administrativa de Caja España, traspasada luego al ayuntamiento de León. Comparten atril con Umbral César Aller, José Luis Chiverto, su primo mayor Perelétegui, Pérez Herrero y el ubicuo Salvador de Pablos.

El zafarrancho del Proa azul (1936-1984) baraja sucesivamente en aquellos gélidos días de enero, mientras desciende la nieve sigilosa de las cumbres, como una loba blanca, la recriminatoria carta al director de la adusta Delfina García Cela, responsable de la Sección Femenina en León, el 10 de enero, a la que contesta Umbral con una espléndida carta abierta en su programa de sobremesa El tiempo y su estribillo, provocando nueva avalancha, con una doble página concertada del director Federico Miraz y su redactor jefe, Óscar Dos Santos. Según su cómplice Alfredo Marcos, «tardó poco tiempo en que los capitostes de toda la vida pusieran en marcha el acoso y derribo a la joven promesa de las letras…Este ejercicio de hipocresía y mala leche contra todo lo que se mueva ha sido una constante en tierras leonesas». También Umbral dará su dictamen: «Hasta que el alcalde de la ciudad (un militar), la letal amistad de los compañeros y los teléfonos anónimos me echaron de León, la ciudad de mi madre, algo perdido de la infancia. Contra aquel alcalde fáctico, contra la Sección Femenina, contra la prensa del Movimiento, contra los reticentes-insultantes poetas locales, yo y mi vocación».

Colgado de esa cometa, volverá a la ciudad fría y gótica cuatro años después con su primera novela lírica, Días sin escuela (1965), galardonada con el premio de literatura Provincia de León por un jurado en el que figuran, junto a las autoridades de ordenanza, el poeta Eladio Cabañero, el publicista Luis Alonso Luengo y el historiador Justiniano Rodríguez. Días sin escuela transpira el deslumbramiento de Umbral por su ciudad de los prodigios, donde pasó sus primeras Navidades felices acogido con su madre en la fascinante Casa de las Aguas de Ordoño, junto al cine Mari, donde la tía Socorro sacrificaba pavos, pollos y conejos, ayudada de criadas, con una dureza contrarreformista procedente de Algadefe, en la ribera protestante del Esla. En sus páginas emerge poderoso el gran creador de atmósferas, que maneja recuerdos y evocaciones de sus estancias infantiles en aquel palacio de ladrillo y jardín, con oficina en el primer piso y escalera encerada para subir al depósito de aguas, «a ver un quieto e impresionante mar encerrado entre orillas de ladrillo, un agua verde a cuyo fondo penetraba la espada rojiza del crepúsculo». Situada a principios de los cuarenta, su acción pausada y morosa gira en torno al patio de los agustinos, donde estudian los primos, a los aromas callejeros de sal y esparto, a las peleas de cromos en Santo Domingo y las aventuras fluviales del Bernesga, con sus barracas de húngaros y su frontera de Papalaguinda, «tierra de nadie, campo sin puertas, erial de nuestras pedreas, desierto hacia los lejanos sotos, hacia otro puente, hacia la nada». El pillastre que no va a la escuela trepa la tapia de los agustinos para entrar al cine con su espada al cinto, pero cae a lo hondo, ensangrentándose con el descalabro, que le deja en la mejilla el chirlo que marcó su cara para siempre.

 

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