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TIENE TELA / ANTONIO PIEDRA

Partida de póker


03/06/2019

 

ES LO QUE HAY. Estamos en una de esas películas del Oeste que tanto me gustan, y en donde al final los malos pierden –cosa que no siempre sucede-, porque los buenos disparan mucho mejor que ellos, cosa que tampoco pasa en la vida real. A lo que vamos. En muchas de esas películas la escena cumbre es una partida de póker, pues ahí aparece diseñado todo el sistema de vidas, intereses y muertes. Y aquí todos los actores tienen los revólveres a mano.

A jugar al póker –lo que los clásicos llamaban con recochineo «aes manuarium», dinero que corre de mano en mano– es a lo que se dedican ahora nuestros políticos. En este juego canalla está todo permitido: mentir, fanfarronear, chulear, engañar, disimilar, destrozar al otro con miradas de indiferencia, plantear cordones sanitarios, hacer guiños amorosos a supremacistas e independentistas, y reírse de los votantes. Aquí lo único importante es que tengas un as en la manga y que no te lo birlen.

Que en este local, que es España, se juega al póker, es evidente. Lo huele hasta el comisario de la mítica película Casablanca. Estamos de lleno en la partida, y vemos que entre los jugadores hay de todo: aficionados, algunos de buena fe, fulleros, rufianes, pistoleros, asesinos, ladrones, mentirosos, más mentirosos, y mentirosísimos. ¿Cuál es, entonces, el gran problema de esta partida? Vayamos por partes, pues tiene tela.

El primero, y más desvergonzado, es que ninguno juega con su dinero, sino con el nuestro. Es más, se juegan bienes que en absoluto les pertenecen. Así que, llega uno y dice: voy, y me juego Navarra. Otro sube la apuesta: doblo, y exijo Madrid, Castilla y León, más dos ministerios. Un tercero, poniendo la mano en el colt, amenaza: triplico y me juego la independencia y Murcia. El más fanfarrón suelta: pues yo todo eso más la deuda pública, la Sexta, el Ibex 35 del país, y el impuesto de los muertos. Finalmente, el PNV tercia: calma, señores, yo pongo mis votos y, como siempre, arramplo con todo lo que puedo.

Si cabe, el segundo reto de esta partida de póker es mucho más terrible y miserable que el primero: nosotros, los votantes, asistimos impávidos a la timba como mirones secundarios. Y encima llega

Tezanos, que nos hace un CIS, y nos marca lo que debemos pensar: quién queremos que gane, quién queremos que pacte, y quién queremos que pierda de partida. Un berenjenal de cartas de mucho cuidado. 
Aun así, a estas dos provocaciones de jugar al póker, se añade una tercera variable mucho peor que las dos anteriores. Como todo se contagia en esta vida, estos tahúres del Misisipí multinacional español nos han contagiado a todos esta enfermedad del alma. Y hete aquí que en bares, mercados, plazas y avenidas –como en el reclamo que hacía la Celestina a las gallinas: «¡¡¡pitas, pitas, pitas!!!»– todo el mundo se ha lanzado a discutir de póker: yo pacto, tú pactas, él pacta con bipartitos, tripartitos y cuatripartitos sandungueros.

Estamos a punto de volver a descubrir la democracia como en el época de los griegos: cada persona un partido. Más aún: que no gobiernen cuatro o cinco partidos, sino cientos o miles o todos los ciudadanos a la vez. O mejor, por si algún disidente dice que no nos representan, vayamos a la forma originaria: que cada día gobierne uno, y si somos muchos y no hay días, digo yo, que se hagan los años más largos. Por lo menos no seriamos mirones. Yo pido bien poco: el Banco de España, o dirigir un sindicato que tampoco está nada mal.

Pero volvamos en serio a la partida de verdad. Aquí nos jugamos la vida. En toda partida de póker no solamente se miente, o se ocultan las cartas, o se da por entendido que la mayoría de los jugadores tiene poco o nada. Se sabe, además, que todo es cuestión de mucha fantasía y de bastante miedo a los demás.

De aquí la baza más importante de cara al tendido: hay que desprestigiar y acojonar al adversario. Por esto mismo, antes de empezar, hay que señalar al malo para que todos preparen el revolver apuntando hacia él y disparando a todo lo que representa.

En la partida, que ahora mismo juegan todos los políticos, el malo es Vox por recomendación de Franco. Así que lo primero que hacen todos los jugadores es separar su silla del contaminado, no sea que se lleven algún balazo de rebote. Lo segundo que acuerdan por unanimidad es que el malo juegue desde la barra o desde el gallinero del Congreso. Y lo tercero, repartirle tres cartas menos que a los demás por ser el comodín del Diablo.

Lo impresionante es el currículum de los otros jugadores, pues muchos de ellos parecen directamente salidos de Alcatraz. Mientras juegan a los pactos como auténticos demonios, ponen como repartidora de cartas a santa Teresa de Jesús para disimular. Ella que no jugaba al póker, sino a la brisca como castellana castiza. ¿Cómo acabará esta partida? Ni Dios lo sabe, pues hasta el Altísimo procura estar lo más lejos posible de Pedro Sánchez no sea que se lo cargue como a todos. Así que ojo pirojo, querido público, que en semejantes partidas de póker muchos se arruinan y algunos hasta se pegan un tiro.

 

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