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EL SIGLO DE DELIBES

Penúltimos atisbos

El primer lustro de los noventa discurre para un Delibes ya de retirada entre sus penúltimas novelas (Señora de rojo sobre fondo gris, 1991; y Diario de un jubilado, 1995) y la despedida de la caza (El último coto, 1992), entremezcladas con sucesivos y crecientes agasajos: El Premio Nacional de las Letras Españolas (1991) y la cima del Premio Cervantes (1993).

ERNESTO ESCAPA
21/02/2019

 

EL RETORNO DE LORENZO

La secuencia cronológica arranca este primer lustro delibeano de los noventa con la concesión del octavo Nacional de las Letras Españolas, un galardón anual que desde 1984 ya se había consolidado como peldaño obligado, aunque nunca seguro, para alcanzar la cima del premio Cervantes, doce años más veterano. Estrenado con la distinción al poeta pastelero Josep Vicent Foix (1893-1987), enseguida pareció virar el galardón hacia el ensayismo cultural, al premiar en 1985 a Julio Caro Baroja (1914-1995), autor sobre todo de Los Baroja (1972), seguramente el mejor libro de memorias de la cultura española contemporánea.

Todavía, en su sexta convocatoria de 1989, tendría un nuevo galardonado de esa órbita, al premiar la obra filológica del catalán Joan Corominas (1905-1997), cuyo padre Pere Corominas (1870-1939) nos había legado su ensayo ejemplar Por Castilla adentro (1930). Pero no hubo más insistencia, al imponerse la urgencia de ir socorriendo la precariedad económica de autores literarios, como Gabriel Celaya (1911-1991), en 1986, y Rosa Chacel (1898-1994), en 1987. Muy diverso aplacamiento sería el otorgado a los sucesivos Francisco Ayala (1906-2009), en 1988, José Hierro (1922-2002), en 1990, y Delibes, en 1991. Casos todos ellos de preparar el salto al obligado y merecido Cervantes.

Unas cábalas que también tuvo muy presentes su discípulo Francisco Umbral (1932-2007), candidato al galardón de 1992, sabiendo que en el manejo de esa edición iba a tener especial mano su padrino Delibes. De ahí, su rebote un tanto estrafalario (aumentado por su reciente y vivo resquemor, al haber sido postergado un par de años antes en el ingreso a la Real Academia por Sampedro), cuando comprueba que también en el Nacional de las Letras 1992, al que concurre, se le adelanta Jiménez Lozano, su antiguo cómplice de la provincia. De la preferencia académica por Sampedro se va a vengar Umbral con su novela Leyenda del César Visionario (1991), donde desprecia al presidente de la Academia y sus secuaces como ‘los laínes’: intelectuales de Franco que procuran disimular la violencia como ética.

Después del Nacional de las Letras a Jiménez Lozano (1992), Umbral se rebrincó con Delibes y con Lozano. «Cuando ha apostado por mí, Miguel siempre ha acertado. Cuando ha apostado por otros, se ha equivocado»; y a Jiménez Lozano lo bautiza como Juan Diáfano, «un cura mínimo y nada dulce, escritor farragoso, conversador farragoso y hombre egoísta como todos los bajitos». Cuando diez años más tarde el Cervantes alcance a Jiménez Lozano por propuesta de Delibes, Umbral ya le ha precedido con el Príncipe de Asturias 1996, el Nacional de las Letras 1997 y el Cervantes 2000. Sólo le falta un Castilla y León desviado por los temores pedáneos, y ese desvío, como el de la Academia, mantendrá sus reproches a Delibes, a quien dedicara todavía Diario de un snob (1973), su colecta más elocuente de cronista. Al margen de estas turbiedades, el Nacional de las Letras a Delibes, que dejó en la estacada como finalista al valenciano Joan Fuster (1922-1992) y en sus cercanías preliminares a Hortelano, Ferlosio, Valverde, Perucho, Martí i Pol o el mismo Pino, conllevó un cálido monográfico estival en la Complutense, con lecciones dictadas por Sobejano, Vilanova, Lázaro, Ynduráin padre, Santiago de los Mozos, Alarcos y el hispanista Raymond Carr, quien desvela en El Escorial lo anticipado tantas veces sobre la condición inagotable de la obra de Delibes para descifrar la posguerra española. Las secuelas académicas del premio a Delibes iban a proseguir, con la pasmosa y cansina redundancia que recogen las actas, en sucesivos encuentros más o menos solemnes y congresuales repartidos de Málaga a Madrid.

Para abordar el último trimestre de 1992, Miguel Delibes lanza su despedida de cazador con la bitácora de sus andanzas campestres entre el otoño de 1986 y finales de 1991: El último coto (1992). Un lustro que pone broche pesimista a sus sesenta años de ejercicio cinegético: «No he conocido una temporada de caza más pobre que la presente», confiesa en su jornada postrera, apenas aliviada por unas sabrosas patatas con bacalao en el monte Curto de los Torozos. Desde su principio, este último lustro cazador iba a resultar más grato y mejor pagado por los paseos al aire libre en comunión con la naturaleza que por sus logros cinegéticos, muy devaluados a causa del abandono y degradación del campo castellano. Sin embargo, para el lector de Delibes que no participa de su fervor con la caza, ninguno de sus siete libros cinegéticos anteriores iguala a este en las lecciones de lenguaje campestre. Sus más de ciento cincuenta jornadas rezuman, con el lamento por la progresiva degradación del campo, acompañada a menudo por la mengua cuando no práctica desaparición de especies tradicionales, una deliciosa narración del universo campestre: de sus paisajes y de las maniobras para procurar con arte refugios propicios en el monte que alienten la querencia de la caza a unos lugares preparados con bardos y vivares por los Torozos. Ya digo que la lección de Delibes en este terreno, como atento y memorioso cazador, resulta literariamente impagable, por su generosidad para compartir experiencias, hallazgos expresivos y observaciones. Con una escritura cuya tonalidad apesadumbrada enlaza con la tristeza de sus primeros libros, aquí activada por la comprobación del maltrato que condujo a la pérdida irremediable de una especie emblemática de Castilla y León, como la perdiz patirroja.

A la lección derramada en El último Coto sucede la alegría del premio Cervantes, que finalmente recae en Delibes el 1 de diciembre de 1993, con expresa voluntad de recuperar su vuelo literario después de la incursión americana del año precedente para galardonar a la irrelevante y muy menor Dulce María Loynaz (1902-1997), directora de la Academia Cubana de la Lengua. Aquel año 1993 había jalonado su transcurso con la entrega primaveral a Delibes de la medalla de oro de la provincia, el 19 de abril, procurando ocasión a un siempre contenido Delibes a expresar con su gratitud el orgullo de haber enarbolado en sus escritos la vieja bandera campesina para «defender causas difíciles y entonces casi utópicas», como un precio justo para las producciones del campo, capaz de valorar su calidad y riqueza, más allá de criterios de cantidad y peso. Para concluir: «Yo entregué a mi patria chica, a mi provincia, a mi campo, mi esfuerzo y mi fidelidad. Desde un principio me tuvo a su lado… De ahí que este honor que me depara nuestra Diputación... venga a reconocer mi sentimiento campesino y vallisoletano… mi vallisoletanismo provincial de hombre que ama y lucha por el campo que le rodea». Un par de conferencias y una exposición arroparon la distinción provincial, en un curso de honores que proseguía la etapa otoñal con la entrega de la Espiga de oro de la Semana internacional de cine de Valladolid, que el escritor recogió de manos del alcalde Bolaños no en el escenario del Calderón, sino en el más acogedor salón de recepciones del ayuntamiento, evocando una larga relación de coqueteo con el cine, desde los años infantiles en que descubriera su magia en las proyecciones del cine Hispania de la calle Muro.

1993 culminó en las Navidades con los ecos del premio Cervantes concedido a Delibes en lid con 38 candidatos. De todo el pelotón, algunos puro bulto para ir congraciando a las academias americanas de la Lengua, en un año que correspondía premio peninsular; pero otros claros y potentes rivales, como Cela o Juan Goytisolo, junto a un trío de dolientes vallisoletanos: Rosa Chacel, Julián Marías y Francisco Umbral. Las páginas confidenciales del diario de Rosa Chacel Estación termini (1998) revelan su vigilia codiciosa del Cervantes, salpicada de penosas decepciones, desde que recibiera el Nacional de las Letras en 1987. Así que al día siguiente mismo de anunciarse el Cervantes para Delibes, su hijo Carlos Pérez Chacel manifestó a la prensa que la escritora se sentía «muy triste y desilusionada» por el manejo gratuito de su nombre año tras año entre los finalistas, llegando a calificar como «criminal, lamentable y atroz» ese juego con las aspiraciones de una escritora que ya había cumplido 95 años. Una vez sosegado el patio, el acto de entrega del Cervantes tendría lugar el lunes 25 de abril de 1994, en el paraninfo de la universidad de Alcalá de Henares. Allí, el escritor se apeó de la solemnidad para expresar su voluntad de dejar la escritura a tiempo, sin incurrir extravíos seniles, pero advirtiendo a los pocos días en un artículo que si el Cervantes es el mejor broche imaginable, la jubilación oficial nunca ha supuesto la parálisis del jubilado, porque «cualquier escrito, bien sea una carta o una extensa obra literaria, admite siempre posdata». Todavía tenía pendientes Delibes dos obras de creación relevantes, para desmentir la precipitada conclusión deducida de su discurso de Alcalá: Diario de un jubilado (1995), con la reaparición del cazador Lorenzo, y El hereje (1998). También un gesto económico hacia los más necesitados. Si la dotación del premio Castilla y León de las Letras la entregó a Cáritas en 1985, para ayudar a los más necesitados de la región, la bolsa más jugosa del Cervantes la compartió con Unicef para atender a los más indefensos.

La tercera aparición de Lorenzo en Diario de un jubilado (1995) retoma el ciclo de los diarios, evitando dejarlo suspendido y en yerbas, como finalmente quedó su proyecto de las Estaciones, después de su estreno infantil con El príncipe destronado (1973). Alojado en su madurez, el jovial Lorenzo ha dejado de cazar, acogiéndose a la jubilación anticipada con un incentivo de siete millones de pesetas. Así que se entrega al embrujo de los culebrones y concursos de la tele, mientras advierte novedades que van desde las multas en el parabrisas al relevo de la tradicional quiniela por nuevas y pujantes apuestas como la loto. También Lorenzo se estira con un empleo para disponer de unas pesetas suplementarias. Acompaña a un poeta inválido con inclinaciones de pederasta. El mundo ha cambiado que es una barbaridad y las chicas ya no se llaman Ana o Carmen, sino Sonia o Vanessa. También Lorenzo se ve envuelto en incidencias insospechadas, como el viaje a Benidorm, su afición al puente de Semana Santa, la compra de la parcelita para construirse un chalet o la temeraria aventura con una rubia que lo acaba desplumando.

Aunque no todas las novedades son tan livianas, pues el hijo de Melecio se acaba mostrando drogadicto y bisexual, mientras su futuro yerno, Terry, lleva pendiente. Para colmo, el poeta de su encomienda, don Tadeo Piera, entra en el enredo del Nobel y platica con Lorenzo el rumbo que ha de tener su discurso de Suecia. Lorenzo concluye su aventura entripado con una escurribanda de cigüeño. En junio de 1998, Francesc Betríu llevó Diario de un jubilado al cine: Una pareja perfecta, con guión de Rafael Azcona, la protagonizan Antonio Resines como Lorenzo y José Sazatornil como Tadeo Piera, el viejo poeta a quien acompaña en sus paseos.

 

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