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TIENE TELA / ANTONIO PIEDRA

Los platos rotos


19/03/2019

 

POR TRATARSE de algo cercano, para algunos de Valladolid era muy especial el testimonio ante el Tribunal Supremo del mayor José Luis Trapero. Mi amiga Carmina, hija de un gran taxista pucelano, me advirtió: «No te pierdas el testimonio del hijo de Lino». Apliqué la oreja, y sí: vimos la figura escueta de ese vallisoletano emergente que, nacido en Badalona, describía los hechos con plomada y contestaba las preguntas. Paralelamente, proyectó una imagen dramática: la del sálvese quien pueda.

¡Qué poco heroico cuanto sucede en el Supremo! A este respecto decían los clásicos que al guerrero se le conoce en el combate. Ser héroe sin nadie de frente es como quien torea a un miura de cartón. Nada. Por esto mismo, en las fichas que antes se hacían a los militares, había una casilla que ponía valor; y a continuación otra especificando si había entrado en combate o no. Si no había entrado en combate, el valor se le suponía. Cuando entraba en combate, entonces se ratificaba en la ficha si lo tenía o no.

El juicio del Procés está sirviendo para rellenar muchas fichas con los supuestos heroicos independentistas. Trapero, con todos los respetos a la sobriedad vallisoletana, no ha quedado muy bien puntuado en la casilla del valor. Nos hemos topado con esa clase de toreros que, al encontrarse al toro de frente, adoran y respetan la ley, se someten a los jueces, quieren cumplir sus mandatos, y ser buenos chicos con llegada puntual al colegio. En suma, que nunca han roto un plato.

¿Quién ha provocado este estropicio de platos rotos que es hoy Cataluña? Muchos. Yo, desde Valladolid, por supuesto que no. Nunca he roto platos, y en mi casa, como militante consorte que soy del PSOE, ni de coña porque entonces me la cargo. Además, como mi mujer y yo somos dos, si están los platos rotos en mitad de la cocina y ella no ha sido y yo tampoco, pues la deducción es clara: ha sido Rajoy. O Vox o la Cía de Trump que se mete en todo. Cualquiera menos los golpistas, claro.

Pues nada, que lo certifique el señor Trapero que es más bueno que el pan, que tiene tantos apellidos de Valladolid como para llenar todas las casillas genealógicas del valor, y que aspira al premio Nobel de la Paz como lo hizo Obama. Aunque, la verdad sea dicha, el premio Nobel de la Paz, el de la democracia en plato roto, el de la bondad a espuertas, y el del amor a España con cucurucho, ya se lo han pedido varios de los procesados, empezando por Junqueras que es un echao palante.

Escuchar por radio y TV las sesiones del juicio equivale a abrir una multinacional de audífonos: todo el mundo pendiente de hacerse pruebas porque nadie está seguro de lo que oye tras ese atajo de majaderías concatenadas, de cobardías en sementera, y de valientes ridículos que nunca han roto un plato. ¡Pero, por Dios, si todavía tienen los trozos en las manos! Serán adanes y absurdos…

Yo, que vi la intervención del gran Trapero desde el lecho de dolor en la cama de un hospital de Valladolid, quedé atónito. En mi confusión mental –sin duda por el exceso de dolores y analgésicos–, me pareció que declaraba Platero, el burrito de Juan Ramón Jiménez. Y, tarumba, repetí lo mismo que JRJ con alguna variante: somos los Mossos pequeños, peludos, suaves; tan blandos por fuera, que se diría todos de algodón, que no llevamos huesos. Sólo los espejos de azabache de nuestros ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Al oír mi delirio me dijo sor Ángeles: «hijo, ya tienes mejor cara». En fin, que aquí el que no ve visiones es porque no quiere.

A este paso, y con esta buena tropa de independentistas y golpistas para la eternidad, la última imagen que veamos al final del Juicio sea, quizás, la de acusados, jueces, abogados, y fiscales, bailando la sardana en el Monasterio de Monserrat aunque no estén los monjes para estos trotes. «Éxito asegurado» para Sánchez y su Gobierno cuyo principal problema se reduce en el pasado, en el presente y en el futuro –que Dios nos pille confesados– a enterrar u ocultar este inmenso montón de platos rotos sin que se note.

Aseguran que, en este sentido, a la señora Celaá –ese prodigio de lucidez en jarras– se le ha ocurrido algo genial: pegar los platos con pegamento y medio y limar las estrías para que no se note. L@s demás ministr@s la han mirado con cara de pena al pensar de ella en los adentros cosas que no se pueden poner aquí sin riesgo de ir al juzgado de guardia.

Pues aquí tenemos planteado el gran problema filosófico, social y político de la España de los próximos años: ¿qué hacemos con este montón de platos rotos? Hace 40 años empezaron Pujol y los suyos rompiendo platos. Hasta el sábado mismo, en una manifestación famélica, no han parado de romper platos, de poner lazos amarillos, de desobedecer las leyes, de mantener el golpe, y de robar identidades en aras de un supremacismo salvaje. Una montaña de platos rotos que no hay forma humana de demoler.

Pero hay una: votando bien. Si al hacerlo, cada uno de nosotros pensara en todos los platos rotos durante estos años, estaríamos salvados.

 

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