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El síndrome de la silla vacía

Pros y contras de ir o no a un debate electoral cuando vas primero en las encuestas

IOLANDA MÁRMOL
18/04/2019

 

El debate electoral es el corazón de las campañas, más allá de su valor icónico, tiene un enorme potencial de impacto sobre el votante indeciso, imaginen en esta, con un 41% de los llamados a votar deshojando todavía la papeleta. Legitiman el sistema democrático, ponen a prueba a los líderes políticos y tienen una capacidad sustantiva de establecer cuáles son los temas que discute la opinión pública.

No hay una respuesta unívoca de cómo enfrentarse a la cita, asistir o no, ir a varios debates o solo a uno, porque cada contienda tiene un contexto distinto. Son los estrategas de los partidos los que acostumbran a poner en la balanza el coste y el beneficio. Cuánto arriesgan y cuánto pueden ganar. Ese análisis es siempre peligroso porque entra en la ecuación el factor humano, los errores que de puedan cometer por muy bien preparado que se esté. Sin embargo, los asesores saben que la historia ha venido demostrando que, en realidad, lo trascendente no es si el candidato asiste o no a un debate, sino cómo la opinión pública asume esa decisión: quien impone el relato gana el debate.

De ahí la importancia de la pugna que mantiene el PSOE, en cabeza, contra PP, Cs y Unidas Podemos, con la batalla entre televisiones como telón de fondo.

MENEM VS. ANGELOZ

Los gurús electorales suelen poner como ejemplo la campaña argentina de 1985, en la que Carlos Menem, que se enfrentaba a Eduardo Angeloz, decide no acudir al debate. Encabezaba todas las encuestas electorales y temía arriesgar esa ventaja en una confrontación que se le podía volver en contra. Su adversario utilizó la imagen de una silla vacía en un anuncio electoral para atacarle. Sin embargo, Menem le dio la vuelta: respondió con otro spot, repleto de sillas vacías, con el que ilustró que no era él, sino toda la sociedad la que dejaba solo a Angeloz.

El episodio lo conoce bien el Iván Redondo, el director del Gabinete de la Presidencia de Pedro Sánchez, que lo ha utilizado en varias ocasiones para explicar que no hay una decisión ganadora, sino que todo depende de cómo se gestione. Según su tesis, el que salga vencedor del pulso de la negociación previa e instale en la opinión pública su relato habrá ganado el debate más allá de lo que ocurra finalmente en el plató de televisión.

En este caso, Sánchez intenta que se imponga la idea de que debatir con Vox era lo mejor para el bien común porque le permitía desarticular a la ultraderecha, pero ante la negativa de la Junta Electoral, ya que Santiago Abascal no puede asistir, lo más ético es hacer un debate en un medio público.

SOLBES VS. PIZARRO

Saben todos los asesores que la negociación previa es dónde se gana el debate, no ante las cámaras. Un ejemplo. En el debate económico entre Pedro Solbes (PSOE) y Manuel Pizarro (PP) en el 2008, el socialista se impuso gracias a que quienes negociaron el formato pactaron tiempos largos de respuesta.

Eran conscientes de que el ministro de Economía no conseguiría sintetizar una idea compleja en escasos segundos, era de exposición lenta.

En las sociedades democráticas es cada vez menos asumible que los candidatos no acepten, por lo menos, un debate. Aún así no todos los líderes que encabezan las encuestas aceptan arriesgar. José María Aznar se negó a confrontar con Felipe González en 1996; Mariano Rajoy no fue al que le pedía José Luis Rodríguez Zapatero en 2004. Igual en el terreno internacional: el nicaragüense Daniel Ortega, el brasileño Lula da Silva y el mexicano Manuel López Obrador, en 2006, o Cristina Fernández de Kirchner, en 2007, declinaron la oferta. No querían arriesgar.

CARTER VS. REAGAN

Pero no en todos los debates queda un espacio vacío que evidencie la ausencia. Algunos se anulan, si son cara a cara, otros se celebran con un puesto sin ocupar. La primera vez que una silla quedó vacía fue en 1980.

La Liga de Mujeres Votantes de Estados Unidos, organizadoras del debate, decidió dejar una butaca sin nadie en el puesto que debía ocupar el demócrata Jimmy Carter, que no asistió a confrontar con los republicanos Ronald Reagan y John B. Anderson. Su ausencia fue demoledora y perdió las elecciones.

 

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