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EL CUÉVANO

La boina de Valdegeña

 

SI EL VIAJERO toma dirección al Moncayo, a mitad de camino, aproximadamente, según va de la capital a la Villa de las Tres Culturas, la muy ilustre villa de Ágreda, no debe dejar de visitar, a su mano izquierda, Valdegeña. Era bonito ver este pequeño pueblo desde el tren, cuando aún estaba en circulación la línea que unía Soria con Castejón.

El caserío de Valdegeña se arracima al fondo del valle, como buscando las colinas protectoras, la sierra. Valdegeña es el pueblo de Silvestrito y de su padre literario, Avelino Hernández. Y Valdegeña ha decidido rendir homenaje a la boina con un monumento.

Esa prenda sencilla y ligera que cubre la cabeza y hoy un tanto desdeñada. Pero aunque muchos no lo sepan, la humilde boina ha cubierto nobles y privilegiados cráneos. Así el del insigne novelista Pío Baroja. Y el del no menos insigne Miguel Delibes. O el de Josep Pla. Y el del ilustre rector de la salmantina universidad, don Miguel de Unamuno. Y el de tantos y tantos otros.

Y sí, también el de muchas gentes sencillas, de cuyas vidas nada sabemos. Y la cabeza del Contador de Cuentos, otra criatura literaria surgida de la prolífica imaginación de Avelino Hernández, un hombre bajo una boina. Porque esa es la imagen que todos conservamos del escritor de Valdegeña. Un hombre que, indefectiblemente, cubría siempre su cabeza con una boina y por ella protegido recorría caminos, valles, pueblos… Se pretendió denostar a la boina como una prenda ligada única y exclusivamente al medio rural.

Y bien es verdad que así ha sido, pero no solo. Y aunque lo hubiese sido, ¿es ello motivo de desdén? No, claro está. Bien hace Valdegeña en erigir ese monumento a la boina, recordando que hubo un tiempo en que era prenda de uso común y cotidiano; recordando que hubo una boina, como hubo un pueblo. Como hubo una cultura a la que no se sabe quién condenó a desaparecer. Dicen que en nombre del progreso. Como si tuviera algo que ver lo uno con lo otro; como si la boina fuese letal arma contra el progreso.

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