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SIN ACRITUD

El carácter soriano

 

POCOS escritos lo definen, lo analizan, y cuando lo hacen no salimos bien parados. Sabemos que el paisaje de Soria es duro, bronco, planetario a veces, dramático, serio…, «por donde la sombra de un centauro yerra» como diría don Antonio que va más allá: «El númen de estos campos es sanguinario y fiero…, son tierras para el águila, un trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín».

¿Influye la tierra en el carácter de quienes la habitan?, sí, como lo genérico, la tradición, el temperamento, la educación, la profesión… También influye el clima, lejos de la dulzura de las tierras cálidas, de la suavidad de las zonas húmedas porque aquí, nuestro clima– a pesar del cambio climático en el que creo–, es duro y tenaz, propio de nuestra altitud meseteña que, también influye anímicamente en la frialdad de del carácter, del temperamento, atrofiando otras sensibilidades no muy exaltadas salvo cuando llega la egolatría de la sanjuanada donde florece el orgullo que no la soberbia, lo de «nadie es más que nadie».


El soriano es muy individualista; poco amante del colectivismo; previsor económico que no sé si es virtud o pecadillo venial; envidioso del vecino, de lo que tiene; caballeroso en el sentido castellano; hospitalario a pesar de ser desconfiado; religioso de estampita y de advocaciones marianas como se aprecia en las fiestas populares; tan especulativo como práctico como se aprecia tanto en el comercio y en el modo de vivir a lo largo de los siglos, valgan los ejemplos de los siglos XVI, XVII y XIX con el Padre Láinez, Sor María de Jesús de Agreda y, Sanz del Rio.


Con estos teóricos antecedentes, rechazo que, el campesino soriano, nuestra gente, tenga «un alma fea/ esclava de los siete pecados capitales; / la envidia y la tristeza; / la fiereza sanguinaria», o, que «el hombre de estos campos que incendia los pinares / y su despojo aguarda como botín de guerra», o, «mala gente que camina / y va apestando la tierra», plena de «atónitos palurdos sin danzas ni canciones», o que «mucha gente de Caín / tiene la gente labriega»… No, rotundamente no somos así, que el infierno también tiene sus claustros aunque, menos bellos que los del románico que labraron nuestros antepasados sorianos.

 

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