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EL CUÉVANO

Cartilla de urbanidad

 

CADA época época tiene sus propios actos incívicos, como tiene sus enfermedades. La peste es ya pasado como lo es también la cartilla de urbanidad que se estudiaba en las escuelas. Hace ya muchos años que desaparecieron de algunos espacios públicos las escupideras destinadas a recoger lo que su propio nombre indica.

En una sala de juegos a la que acudía de niño y en la que tratábamos de emular a los reyes del fútbol de la época, en las paredes del establecimiento había fijados carteles que prohibían escupir y blasfemar.

Eran algunos de los actos incívicos de la época. Ni las escupideras ni los carteles de ese tipo se ven ya, aunque sí que se ve a quien escupe a discreción (que no con discreción) en la calle y he visto situaciones en las que solo la Providencia ha librado a algún viandante de ser el blanco del pollo catapultado.

Respecto a lo de blasfemar, que quieren que les diga, sin comentarios. En Madrid tienen intención de lanzar una campaña contra el despatarre (no me negarán que se trata de vocablo de hermosa y contundente fonética) sobre todo en el transporte urbano, donde dicen que algunos varones abren desmesuradamente las piernas mermando el espacio de sus compañeros de viaje.

Debe de ser una forma de autoafirmación, esa de despatarrarse en el asiento buscando la máxima comodidad, eso sí, comprometiendo la del vecino. Abriendo las piernas van menguando el espacio de quien se sienta junto a ellos, como el labriego que poco a poco va desplazando el mojón y reduciendo, por consiguiente, la propiedad ajena y ensanchando la propia.

En Soria, afortunadamente, no nos encontramos con ese problema.

El transporte urbano, sea hora punta o sea roma (me ha salido así el juego de palabras) siempre dispone de los suficientes asientos como para no pasar estrecheces y, por tanto, viajar a su aire los amigos del despatarre y, por añadidura, todos los demás. Pero en la populosa capital de España la situación ha llegado a tal extremo que la alcaldesa se ha visto obligada a sacar del cajón de su escritorio la cartilla de urbanidad para tratar de poner fin a tanto despatarre.

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