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SIN ACRITUD

Mi pueblo

 

LOS HAY quienes creen que, como aquel gallo, el padre Sol sale al amanecer para oírle cantar. El egoísmo se suele trastocar en egocentrismo y, a la larga, en ingratitud con cuanto te rodea. Mala cosa esta de confundir al prójimo consigo mismo, así, alguien acertó cuando dijo que, el mismo diablo citaría la Sagrada Escritura si viene a bien a sus propósitos.

No es este el caso de este artículo que solo pretende hacer un ejercicio de laudable memoria sobre el pueblo en que nací y donde quiero que se entierren, que den tierra mis cenizas – bajo el árbol del Paraíso – cuando llegue el tiempo tras el duermevela de lo tan fugaz como lo lisonjero que es decir adiós.

Un poco de lisonja hacia el terruño aviva el cariño que ya se le tiene y más cuando algunos creen que Cabrejas del Campo, mi pueblo, no tiene sitio en la historia, opinión a todas luces errática aunque nadie es culpable cuando el resto del mundanal ruido también desatina.


Cabrejas del Campo no es tierra de ese yermo castellano en el que se conjuga la pobreza con la emigración más amarga que, también la hubo sobre todo en la década de los 60-70 del anterior siglo.

El Censo más antiguo de la Historia hispana – en opinión de quien mejor lo ha estudiado, Esther Jimeno -, 1270, ya cita al lugar Cabreiuellas del Campo, perteneciente a la Tierra de Soria. Peor suerte tuvieron otros poblados, -también denominados Cabrejas-, heredamientos o términos redondos que han desaparecido como lugares habitados aunque persistan en la memoria: Cabrejas de Carrascosa, Cabrejuelas del Hoyo, Cabrejuelas de Navalcaballo, Cabrejuelas del Tormo…, sin duda porque la riqueza de su tierra no daba para mantener sus escasos habitantes. Persiste, pleno de vitalidad, el otro Cabrejas del Pinar.


Sito en el granero de la provincia, en el Campo de Gómara, posee un rico término para cultivo del cereal. Destacable es la carencia de bosques y de montículos frenavientos de forma que tanto el cierzo como el ábrego, el regañón o el solano, cuando soplan se desatan como perseguidos por los siete demonios de la Divina Comedia de Dante Alighieri.

Y un recordatorio para aquella laguna que con más de cien hectáreas se desbordaba por la carencia de drenaje de los arroyuelos, inundando la parte baja del pueblo. Dice Pascual Madoz que esta laguna tenía ‘3/4 de hora de circunferencia’, con miles de ánades y corvinos,, semillero también de sanguijuelas apreciadas por sus fines médicos al succionar la sangre mala que no es lo mismo que, la mala sangre de los humanos.

Ahora que tanto se habla y, libros escritos hay, del vestido popular, no he visto reseñado cuanto dice Manuel Blasco en su Nomenclátor, 1880, ‘… la esbeltez y recargado traje de sus mujeres, por el prurito de sus agricultores en poseer yuntas soberbias de labor…’, pero me interesa citar el traje de los hombres, etnografía de primera calidad: ‘..supóngase un agricultor de regular estatura y fisonomía, grosura media, anchos hombros y musculares brazos, pecho un tanto enjuto, ceñida la frente con pañuelo o abrigada la cabeza con gorra de piel o sombrero de hongo, chaleco de solapas no muy escotado, chaqueta corta, pechera, hombreras, y a un cuello de camisa bordados o cadenera, describiendo ramos o jarrones y macetas, ancha faja de color morado u azul claro rodeando la cintura, calzón corto abierto por las rodillas, con botonaduras de cadenas sueltas por donde asoma la jareta de unos calzoncillos de color nieve, cuyas cintas sujetan dos medias negras o blancas tableadas que tienen por base el alpargata abierta con diferentes cruces de hiladillo sobre el empeine, rematando enroscado en la canilla y con un lazo final a la parte del tobillo, y tendrá el retrato del hombre de la región de referencia’. Valga esta crónica menor para honrar a mi pueblo que, Historia tiene y se publicará.

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