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DE ALDEA EN ALDEA

El tío Segundo

José A. de Miguel
27/03/2013

 

EL TÍO Segundo ya se encontraba en el pueblo. Sólo estaría una semana, desde el Domingo de Ramos, hasta el Lunes de Pascua. Después volvería a Bilbao a la paciente espera del verano. Siempre se había congratulado de tener la suerte de que a su único hijo y su nuera, una chicarrona de Caserío, funcionarios de prisiones los dos, les apasionase el pueblo. De esa manera, cualquier momento que tenían libre, era la excusa perfecta para regresar al terruño. El lugar de reunión en el pueblo era el poyo de la fragua, lugar orientado al carasol de mediodía y ubicado a la entrada del pueblo, convirtiéndose en el sitio estratégico para controlar las entradas y salidas del pueblo, además de ser un auténtico ‘senado’ donde se hablaba y se alcahueteaba de todo. Fue allí donde el tío Segundo se enteró que hace unos días robaron en el bar del Pueblo y que a la señora Baltasara se le colaron hasta la cocina unos supuestos ‘inspectores del gas’ con el ánimo de engatusarla a través del dudoso arte de la estafa. Gracias a que en ese momento pasaba Julián, el cartero, a dejarle unas cartas del Banco.

 

En cuanto lo vieron los mendas, éstos salieron por patas. Juraba el tío Segundo al escuchar las últimas noticias y al ver la inseguridad que sufrían sus paisanos en el despoblado. Las viejas propiedades quedaban al desamparo de los amigos de lo ajeno, que cada vez tenían más fácil pertrechar sus saqueos. Se acordaba de los años en los que en el pueblo había cuartelillo de la Benemérita. «¿ Dónde estarán los cepos que tenía para el lobo?» se preguntó. También se saludó con Damián, un mozo cincuentón, ahijado suyo y ganadero de vacuno. Este le comentó que tenía la intención, en quince días, de ir a Barcones, a ver si podía festejar con alguna chica de la caravana de mujeres, un acto parecido al Sorteo de novios que, en tiempos, se hacía en el pueblo. Recordó, el Tío Segundo, cuando compró la mula torda al secretario de Barcones en la Feria de Berlanga. Que buena salió. Al ver el panorama, sin venir a cuento dijo: «Esta vela no la aguanta ni Dios, aunque estemos en Semana Santa».

 

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