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EL BESO DEL NEANDENTAL

Volver a salir del armario

ROBERTO ORTEGA
01/02/2018

 

HACE ya mucho que salí del armario y me declaré monárquico, lo que me puede acarrear ser etiquetado como facha, carca, de derechas, etcétera, etcétera. No soy ninguna de esas cosas, como no todos los gatos son pardos ni todos los republicanos son perroflautas, hipis o de extrema izquierda.

De hecho, no importa tanto (o nada) la forma del Estado, sino la forma de Gobierno. Señalemos algunos ejemplos elementales, queridos watsones: Irán es una señora república, como también lo son Corea del Norte, Egipto, Azerbayán, Rusia… No parece que tener su presidentito haya hecho de esos países (y otros muchos) el paraíso de las libertades. Como no parece ser que la monarquía haya estimulado la democracia en las petroteocracias del Golfo.

Por el contrario, en Europa, las monarquías que subsisten reinan en países muy ricos y con sólidos sistemas de libertades. Incluso en Francia, una nación en la que sus presidentes se comportan como reyes (véase al actual Macron I o recuérdese al mítico Miterrand), tal vez para expiar el pecado de haber cortado la cabeza a sus dos últimos monarcas. Una monarquía tiene otras ventajas: los imbéciles de tu país no pueden acabar votando a alguien como Trump o como Le Pen o como el nazi ese que estuvo a punto de ganar en Austria. ¿O ustedes prefieren un Trump electo frente a un Felipe VI dinástico? Yo, sin duda, me quedo con Felipe (que actúa con la discreción y austeridad de un presidente de una república no muy rica). Y también me quedo con Juan Carlos. Incluso me habría gustado ver qué tipo de rey hubiera sido el conde de Barcelona si hubiera llegado a ser coronado como Juan III.

Una personalidad soriana que solía ser invitada a recepciones reales me contaba hace años que el rey Juan Carlos iba entonces de corrillo en corrillo, y de bandeja de croquetas en bandeja de croquetas, pidiendo ayuda para el, en ese momento, príncipe Felipe: «No acaba de caer bien a los españoles», decía en aquel tiempo el ahora Rey Emérito.

Irónicamente (ah, la ironía, esa zorra), ha recaído sobre Felipe VI el trabajo gigantesco de rehabilitación de la propia institución. Con éxito, pese a quien pese.

 

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