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Portavoz de UPL en las Cortes y candidato a la Presidencia de la Junta de Castilla y León

Es momento de abrir nuestras mentes y no cerrar nuestras fronteras

Luis Mariano Santos
14/03/2019

 

MUCHO SE HABLA y se escribe sobre el fenómeno de la despoblación, en los últimos tiempos parece ser uno de esos «palabros» estrella que utilizan los políticos, los investigadores sociológicos e incluso los filósofos.

Resulta realmente significativo observar que lo que para unos es el arquetipo territorial de la última década, para otros, entre los que me encuentro, es por desgracia la culminación de tendencia sostenida en el tiempo, ligada fundamentalmente a nuestro mundo rural y que abarca sobre todo los últimos 30 años de historia nacional, aunque alguno lo ligue incluso más allá. Y digo que es la culminación, porque habría que retrotraerse a aquellos incipientes programas de formación y programas de desarrollo rural, que tuvieron plena vigencia en los años 90 y que conformaban las primeras estrategias con dinero público, cofinanciando dinero europeo y dinero local, que buscaban el mantenimiento de actividad económica y que fueron pioneras en el desarrollo del turismo rural de León y de Castilla, y que se convirtieron en la primera barrera pública que debía frenar la escalada migratoria de lo rural a lo urbano.

Supongo que sería injusto tildar de totalmente ineficaces aquellos esfuerzos inversores a la vista de los resultados que, día tras día, salpican los datos del INE en León y en Castilla. Algún freno puso y algún resultado produjo aquella estrategia, pero los datos son los datos, y los números nos sitúan en una tesitura donde hemos superado el palabro despoblación para llegar al último estadio del proceso, la repoblación.

Conviene, antes de hablar de la solución, tener claro el diagnóstico y, para ello, creo firmemente que debemos ser fieles a una realidad, que como ya he dicho nos concluye que este es un fenómeno fundamentalmente rural. No es verdad que la despoblación afecte en el mismo grado, ni parecido, a nuestro mundo urbano, las ciudades crecen o pierden población generalmente en cantidades no tan significativas y, en la mayoría de los casos, por un desequilibrio demográfico que sí es real y común en España y en Europa. Sí es común ese descenso de natalidad, y sí es común ese envejecimiento de la población que nos distorsiona la pirámide de población, pero no es verdad que la migración sea igual entre ciudades como lo es la que se produce del campo a la ciudad.

Ese éxodo de lo rural a lo urbano es el que plantea un escenario dantesco que amenaza, por ejemplo, con acabar en la próxima década con casi 700 pueblos leoneses, casi la mitad de los que mantiene en la actualidad. Y ya no vale con aquella receta que nos decía que, para evitarlo, había que crear las suficientes alternativas de empleo que posibilitaran el trabajo de nuestros jóvenes ligados a ese entorno rural. Eso, aun siendo imprescindible en la actualidad, ha dejado de ser la única alternativa para frenar la despoblación. Ahora debemos unir a ello el mantenimiento de unos servicios de calidad que no animen al abandono, unos servicios que no sólo deben incluir aquellas materias innegociables como la educación, la sanidad o los servicios sociales, sino que tiene que ir más allá hasta plantear además estrategias de ocio que permitan minimizar esas diferencias entre la oferta urbana y la rural.

Necesitamos que todas las administraciones, sordas y ciegas ante un problema de esta magnitud, se crean que sólo el esfuerzo compartido y las políticas proactivas pueden generar las suficientes sinergias para detener esa descomposición. No se puede seguir mirando para otro lado mientras el 85% de nuestra población vive en el 15% del territorio, no se puede seguir haciendo oídos sordos a aquellos «artistas» que siguen proponiendo políticas centralizadoras esquizofrénicas, porque esa pasividad es la que nos ha llevado hasta aquí.

Parece realmente absurdo y fuera de cualquier duda que, si los estándares europeos para luchar contra ese abandono dejan de lado territorios, como las provincias de León o de Zamora, es bien por una «ceguera» voluntaria, o bien por una malintencionada estrategia basada, entiendo, en el ahorro de los dineros públicos europeos más que en la resolución de un problema contrastado.

Por otra parte, entiendo que llega la hora de desterrar de nuestro vocabulario ideas como la de que se debe centralizar para economizar en el mantenimiento de servicios públicos. Los servicios públicos no deben nunca ser objeto de rentabilidades económicas, y esto no es patrimonio de derechas ni de izquierdas, esto es de solidarios o insolidarios. Sí se puede hablar de racionalizar, pero nunca se debe poner en duda el acceso a unos servicios de calidad, aunque los destinatarios no sean miles y miles de personas. Para racionalizar sí puede ser positivo ordenar el territorio, cuestión esta complicada en una comunidad desordenada, sin identidad y con excesivos desequilibrios territoriales agravados por una políticas desiguales y centralistas. Cualquier estrategia de ordenación debe partir del respeto identitario, con la suficiente financiación local y de abajo arriba, es decir, que las líneas estratégicas sean definidas por quienes han de ser los receptores de los servicios, nuestras entidades locales, y no persistir en estructurarlo desde un despacho de Valladolid, porque así está condenado al fracaso más absoluto.
Es verdad que estamos ante un problema muy complejo y con muchas aristas, es verdad que la solución ha de llegar de la aplicación de políticas muy diversas, de esas que ayuden a generar actividad económica, de esas que mejoren la calidad de nuestros servicios, de aquellas que fomenten la natalidad, de las que favorezcan la conciliación, de las que bonifiquen fiscalmente a los que elijan seguir viviendo en nuestro mundo rural…, en definitiva, de una discriminación positiva que invite a igualar las dificultades por desarrollar nuestro proyecto vital tanto en León como en Posada de Valdeón.

No quisiera menospreciar los diferentes esfuerzos políticos que las diferentes administraciones han realizado, no desprecio ninguno, pero la verdad es que por desgracia las intenciones no forman parte de la bonhomía o no de los resultados. Me explico, más allá de los intentos voluntariosos, lo que nos queda es el resultado brutal de los números, que indican que hay provincias, como León, que pierde población a razón de 5.000 por año, que una provincia como Zamora se esté convirtiendo en un solar y que, en general, una parte importante de León y de Castilla se esté despoblando a ritmos muy rápidos.

Para finalizar, en esta cadena evolutiva respecto a nuestra población, que nadie se asuste, probablemente debamos afrontar el último estadio de la enfermedad, que ya he citado anteriormente, la repoblación. Es momento de abrir nuestras mentes y no cerrar nuestras fronteras, de afrontar la migración poniendo el prefijo in, rejuveneciendo nuestro campo, introduciendo esa fuerza vital de forma ordenada y sosegada, sin algaradas ni populismos de derechas y de izquierdas.

No es momento, probablemente, de proclamas milagrosas porque no las hay, ni de planteamientos cortoplacistas que ya nadie se cree. Conviene tener claro que las soluciones han de formar parte de una estrategia europea, nacional y autonómica, sin olvidar a nuestras entidades locales que deben ser los proveedores del feedback necesario. Es momento de soluciones políticas a pie de terreno, basta de palabras, conferencias, informes, grupos de trabajo, simposios y estrategias, dejémonos de zarandajas y actuemos ya…Después de la repoblación sólo hay un escenario: la extinción.

 

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