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SOCIEDAD

Un niño nacerá en Pobar después de 50 años

Los padres son los únicos residentes en el pueblo que ya solo recibía a vecinos y descendientes en los meses de verano

Heraldo Diariodesoria.es
13/09/2018

 

Dentro de tres semanas, o incluso antes, Pobar tendrá un vecino nuevo y volverá a escuchar el llanto de un niño que se quedará a vivir con sus padres en el pequeño pueblo. Él no será de los que regrese a Soria, Zaragoza o Ágreda cuando se acabe el verano.

Sus padres, una joven pareja, son ganaderos de ovino que se establecieron en el pueblo hace unos años en busca de buenos pastos para sus ovejas. Es en Pobar donde han trazado su proyecto de vida y con el ánimo de quedarse a vivir plantando cara a la despoblación del mundo rural y con la firme convicción de que trabajan en lo que les gusta y en un lugar elegido por ellos, aunque en invierno sean los únicos habitantes de este pueblo. Pobar, como muchos pueblos de la provincia, han ido sufriendo la sangría poblacional hasta el punto de que en invierno se quedaba sin vida, una vida que se volvía a recuperar en el mes de mayo. Los hijos del pueblo pasaban el verano hasta que en otoño regresaban a ciudades más grandes a las que salieron en busca de trabajo.

Esta circunstancia no amedrentó a Lorena Genzor, de 31 años, que llegó a Pobar ahora hace seis años con su rebaño de ovejas y con ella el pueblo volvió a tener habitantes en invierno. Lorena espera a su hijo para finales de septiembre o principios de octubre, «aunque no sé, igual se me adelanta con el trajín que llevo», explica, en referencia a su trabajo de pastora. Desde primera hora de la mañana está al pendiente de sus ovejas que saca a pastar por las inmediaciones de Pobar, acompañada de sus perros Ori, Senda y Gordo. «Los pastos aquí son muy buenos y muy finos, llueva o no», asegura.

Su niño o niña (no han querido saber el sexo) será el primero que nazca en el pueblo después de 50 años y aunque reconoce que la conciliación será «dura», por el trabajo que tiene, espera que a su pequeño le guste tanto el monte y la vida natural como les gusta a sus padres y confían en que se adapte tan bien como lo ha hecho ella a la tierra soriana. «Hemos decidido tenerlo con todas las consecuencias», puntualiza esta joven madre, quien ya piensa en organizarse con el ganado una vez que el niño nazca y crezca, «si hay que cerrarlo antes para llevar al niño a que aprenda a nadar, esquiar o escalar, pues lo haremos, «queremos que le guste tanto el monte como a nosotros», explica la futura madre.

Lorena tenía muy claro desde pequeña que le gustaban las ovejas, desde que acompañaba a su padre, con el ganado. Ha nacido en el seno de una familia ganadera y por eso eligió esta actividad. Terminó sus estudios de Forestales en Jaca -ella es aragonesa-, y compró su rebaño de ovejas con el que recaló en Pobar. La despoblación que muchos lamentan a ella le ha favorecido en esta zona donde hay pasto suficiente y de calidad para el rebaño.

Durante varios años residió sola en Pobar con sus ovejas, donde contó, desde el principio, con el apoyo del alcalde de Pobar, que aunque no reside en el pueblo, «viene todos los días a dar vuelta porque es agricultor y tanto él, como el señor Silvano me han sacado las ovejas cuando he estado enferma», aclara, Lorena, quien no vio ningún impedimento el tener la familia en otra provincia y trabajar en Soria.

Hace dos años conoció a su compañero y padre de su hijo, también ganadero. Desde entonces tienen mil ovejas y Pobar sumó otro vecino más. «Cuando empecé a salir con Jesús, un invierno hicimos trashumancia», explica Lorena. El final de la etapa fue la localidad riojana de Ribafrecha, de donde procede él. Anduvieron 90 kilómetros por la cañada, subiendo el Oncala, «nos costó siete días», puntualiza. El viaje fue por el excesivo frío de la sierra de Pobar con el que se topó su pareja, pero a ella la ribera riojana no le cuadró para alimentar a su rebaño. «Es muy llana, había mucha comida y demasiado laminera para las ovejas, era un suicidio estar con ovejas, tenías que ser pastor todas las horas del día», significa Lorena, quien confiesa que está mejor en Pobar porque «aquí, como se dice, ancha es Castilla, no hay viñas, porque si comen una viña y haces un destrozo... no hay frutales, aquello era un horror y tenías que estar con la vara todo el día», aclara.

Después del invierno ambos volvieron con sus ovejas a Pobar. De donde se mueven poco. El ganado requiere mucha atención diaria. La rutina diaria de Lorena y su pareja está centrada en las ovejas y se reparten las tareas. Mientras uno arregla la cuadra y cuida de las ovejas paridas, el otro se encarga de soltar el ganado en el monte. En invierno el que suelta al ganado no baja a comer a casa, mientras que el otro se encarga de hacer la comida y llevársela al que está en el campo, que llega a casa por la tarde o por la noche. «No nos da la vida para más», asegura la joven pastora, «igual en invierno podemos cerrar antes el ganado e irnos a tomar algo a Soria», puntualiza. Reconoce que no viaja mucho a la ciudad y lo hace más a Ágreda y Ólvega, «porque son pueblos y me parece que hago las cosas más rápido».

Ella echa pocas cosas de menos en Pobar, quizá hacer alguna travesía andando o ir de escalada, pero el gusanillo se lo quita todos los años con un ascenso al Moncayo en invierno, con los crampones, y otra vez en verano, «algunas veces hemos cogido la tienda de campaña y nos hemos ido a la sierra a dormir con las ovejas».

Ni siquiera echa de menos no tener acceso a internet. Pobar, al pertenecer a Magaña, ha sido uno de los pueblos que ha tenido gratis la conexión. «Nosotros apenas la hemos usado, aunque veo que todo está informatizado y para facilitar las guías para vender corderos, seguro que lo vamos a necesitar».

Lorena considera que tiene a mano todos los servicios en el pueblo que solo está a 25 kilómetros de la capital, «cuánta gente se desplaza todos los días más kilómetros para ir a trabajar a diario», subraya. El médico va dos o tres días a Magaña y ya sabe que tendrá que matricular el niño en el colegio de San Pedro Manrique, para el que espera tener el transporte. «Si necesitamos algo enseguida nos acercamos a Soria o a Ágreda, pero compramos para temporadas largas», explica. «Es una pena que no venga más gente a los pueblos, pero yo veo que si no viven de la ganadería no tienen muchas posibilidades», añade.

Dentro de unas semanas aclarará las dudas del nombre del pequeño. Si es niño se llamará Manaslu, que es un pico de 8.000 metros del Himalaya y si es niña será Ainielle, el nombre de un pueblo abandonado de Huesca que aparece en el libro de Julio Llamazares de La lluvia amarilla, un libro que le gustó.

 

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