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EL SIGLO DE DELIBES

La percha del cazador

La digestión del traspié planetario con Mi idolatrado hijo Sisí, urdido por pájaros tan aviesos como el trío concertado de Ruano, Pombo Angulo y Pedro de Lorenzo, la alivió Delibes con los éxitos de crítica y ventas de su novela postergada, en circulación ya desde septiembre de 1953. El año venidero de 1954 lo dedica a la escritura de Diario de un cazador, que emprende el 5 de febrero, y a la gestión editorial de sus relatos y novelas breves, con los que Vergés se muestra desdeñoso de mom

ERNESTO ESCAPA
11/10/2018

 

BARCELONA ES BONA...

«Si la bolsa sona». Desde el principio, un Delibes urgido a canjear en dinero su literatura topó con el desdén principesco de su editor de Destino hacia los libros de relatos, que sólo iba a corregir más tarde y a la segunda, con Siestas con viento Sur, ya en mayo de 1957. Hasta entonces, tuvo que buscarse la vida, gestionando en Barcelona y Madrid la publicación en libro de sus relatos breves, que en ningún caso pueden considerarse menores. En el capítulo anterior, mencioné la publicación de su novela corta El loco (27 de junio de 1953) en la colección La novela del sábado (1953-1955), dirigida por la falangista Mercedes Formica (1913-2002) para la editorial Tecnos, que habían creado en 1947 los bibliotecarios Federico y Vicente Navarro, enseguida ayudados por Tierno Galván a componer un catálogo de referencia en las ciencias sociales. Pero también Tecnos (ubicada en la calle Valverde, 30) tuvo su etapa literaria, que culminó con el número 47 de La novela del sábado (Alejandra y Carlino, de César González Ruano), aparecida el 13 de marzo de 1954.

A partir de entonces, y siempre con portadas dibujadas por Lorenzo Goñi (1911-1992), asume la colección Ediciones Cid (ubicada en la calle Desengaño, 9), que mantiene su impresión en los talleres de Prensa Española hasta el número 67, del 31 de julio de 1954 (Mañana, de Dolores Medio), para pasar el 7 de agosto de 1954, con El criminal nunca gana, de Iván Montiel, a Maribel Artes Gráficas, situada en Tomás Bretón, 51. Aunque tanto El loco (número 10), como Los raíles (número 62) fueron impresos en los talleres de Abc, su relación con La novela del sábado nunca fue más que puramente instrumental, de alquiler de la maquinaria.

Su dirección literaria correspondía a la resuelta Mercedes Formica, entonces todavía casada con Eduardo Llosent (1905-1969), director del Museo de Arte Moderno desde 1939. Aquella boda de 1937 en la catedral de Sevilla se la anuló el tribunal eclesiástico de la Rota para volver a casarse en 1962 con José María González de Careaga y Urquijo (1899-1971), que fuera alcalde de Bilbao durante la guerra, entre Areilza y Lequerica. Formica había sido nombrada por José Antonio delegada nacional del Seu y por Pilar Primo directora de Medina (1942-1944), la revista de la Sección Femenina a cuyo concurso de cuentos, ganado por Amparo Martínez Ruiz (la hermana menor de Azorín) envió Miguel Delibes su primer texto literario, el relato perdido La bujía. Su primer marido Llosent fue un tipo disipado y divertido, buen amigo y auxilio del perseguido Miguel Hernández, que llevó a Formica de viaje a Argentina en 1947 para cumplimentar con diversos obsequios de arte y artesanía la embajada peronista de Evita.

Licenciada en derecho en 1950, después de haber publicado Bodoque (1945) en las ediciones de la revista Escorial, Caralt le publica en Barcelona sus novelas Monte de Sancha (1950), sobre la guerra civil en Málaga, y La ciudad perdida (1951), que rescata su novela En las calles de Madrid, finalista del Nadal 1950 conseguido por Elena Quiroga. Relata en sus páginas una enrevesada historia sentimental entre Rafa, un activista que dejó la medicina a causa de la guerra y vuelve a Madrid para atentar contra Franco, y María, una joven viuda que toma como rehén y después de unas horas juntos se enamora locamente de él. Cuando la policía los encuentra al lado del Manzanares, él intenta suicidarse, pero María se lo impide y decide matarlo ella misma. De ese modo, coge un pasaje para el reencuentro en la otra vida, pues ella va a tener tiempo de arrepentirse del crimen.

Caballero Bonald cuenta en sus memorias la peregrina ocurrencia de Llosent, quien se había juntado con una dama que era el vivo retrato de su mujer. Así que aquel matrimonio era un avispero. La novela A instancia de parte (Premio Cid de la cadena Ser 1955) refleja tanto las tensiones de su vida de entonces como el empeño jurídico de reformar el Código Civil de 1889, para dignificar la situación de la mujer infeliz en el matrimonio. Ofrece un panel con seis versiones de adulterio, en las que se penaliza siempre a la mujer, mientras el infiel es considerado un conquistador. Las ediciones más recientes de la novela (1990 y 2015) cambiaron su final, para evitar la expresa condena de la adúltera: «Era como el olor de una muerta, de una mujer a la que ella sola hubiese asesinado». Tras una ardorosa campaña en Abc, finalmente consiguió en 1958 la reforma de 60 artículos del Código Civil, en una maniobra legislativa calificada con ingenio por el viejo Garrigues Díaz-Cañabate (1904-2004), hermano del maestro de Delibes, como «la reformica».

Antes de acudir a Barcelona, para ultimar la edición de La partida (1954), su primer libro de cuentos, con Luis de Caralt (1916), quien sigue vivo a sus 102 años, Delibes remató el contrato con Cid para la publicación en La novela del sábado (26 de junio de 1954) de su segundo título: Los raíles (número 62 de la colección), donde expresa sus tribulaciones angustiosas como opositor. Aunque él, a diferencia del palentino Timoteo, a quien llaman Tim para distinguirlo de su padre y abuelo homónimos, aprobó a la primera la cátedra de Comercio, vivió con intensidad la zozobra de pasar horas y meses de preparación.

El protagonista de Los raíles refiere todas sus conversaciones familiares y amistosas con artículos del código civil y menciona cómo, en aquella tensa expectativa, un amigo opositor se puso enfermo seis días antes, malogrando la prueba, y él se sentía muy mal, después de encontrar en las vísperas más inmediatas de la oposición, a su novia besándose con otro, quien además le machacó que con leyes y otras paparruchas no se atendía a una mujer. Con semejante predisposición, Tim se derrumbó en el examen, aunque este fracaso le imbuye una necesidad apremiante de estudiar. Los raíles, como El loco, pasó a formar parte de Siestas con viento Sur (1957), una vez que el talento de Delibes demostró a su editor de Destino que también sus libros de relatos suponían un negocio de ventas.

Pero en aquella Barcelona que lo acogió en su visita a Caralt contaba Delibes con la terca enemistad de su paisano Demetrio Ramos Pérez (1918-1999), el americanista que ejercía allí como «abyecto y caricaturesco aprendiz de Goebbels», desde su nombramiento como delegado de Información y Turismo. Este siniestro personaje, redimido en casa con el Premio Castilla y León de Ciencias Sociales 1995, saltó a la ciudad condal en 1952 desde su cátedra en el instituto Zorrilla y antes del nombramiento al frente de la censura ejerció como profesor adjunto de Historia de América en la universidad de Barcelona. Su etapa de jefe de la censura en la ciudad condal le granjeó una «pésima fama», de la que son expresivos los apodos «Demetrio y medio», que le adjudica Carlos Barral en sus memorias, o «la Vieja», con que lo nombran Delibes y Vergés en su correspondencia.

Aunque Ramos tenía en la oficina de ayudante al Sietemesino (el poeta Sánchez Juan), las pruebas más delicadas de decencia las ejecutaba en la alcoba doméstica, leyendo los textos «a su recatada esposa y espiando su sonrojo». Al fin y al cabo, ejercía como baranda sin escrúpulos del ministro represor Arias-Salgado. Por eso, tenía buen cuidado en calcular a quién molestaba. Vergés ya era un falangista extraviado de vuelo independiente y Barral un caso perdido, pero Caralt tenía el paraguas protector del césar Luys Santa Marina (1898-1980) y un currículum fascista que agrupaba la concejalía de Cultura en los años cuarenta y las ediciones hitlerianas. Así que cuidadín con patear al conde.

Caralt abrió en 1942 librería y sala de arte en el número 1 de la Rambla, ocupando los bajos del edificio de Tabacos de Filipinas, donde tosían alto los primos Gil de Biedma de Delibes. Luego fundó en el ayuntamiento (1949) el premio Ciudad de Barcelona, para conmemorar la toma de la ciudad por las tropas de Yagüe, y en la editorial contó con la asesoría literaria de Castellet (1926-2014), cuya solvencia de criterio explica la altura del boletín editorial Panorama literario (1947-1954), así como la categoría de sus autores traducidos (de V. Woolf o Greene, a Hesse, Mann o Bernanos), en hábil mezcolanza con los comerciales.

También tuvo ocasión Castellet de enmendar con Delibes su traspié planetario con Mi idolatrado hijo Sisí, que había ignorado como miembro del comité de selección en el premio. Así que en cuanto Caralt le comentó la posibilidad de editar los relatos de Delibes reunidos en La partida, aplaudió entusiasta. Caralt publicaba la colección policíaca El club del crimen, cuyo premio Simenon ganó en 1953 Mario Lacruz (1929-2000) con su novela El inocente. Y precisamente Lacruz sería el editor para el vallisoletano Germán Plaza (1903-1977) de dos libros más de Delibes con relatos breves: Envidia (1955), que agrupó cinco cuentos, y la novela corta La barbería (1957), ambas dentro de la enciclopedia Pulga, con portadas de Alejandro Coll, y una difusión en quioscos que llegó a alcanzar los cien mil ejemplares.

 

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