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QUINTA ESQUINA

Antonino Gómez Isla: «Lo que tienes es la memoria de tu pasado y siempre vamos enganchados a él»

Podría ser ésta una historia de olvidos, de frases inconclusas o gestos sin memoria. Podría ser ésta. Pero no hay coreografía con que esbozarla, ni líneas donde escribir un relato que resuma todos. Cogemos -puro azar- el de Antonino Gómez Isla, al frente de Alzheimer Soria, donde se vive, se ríe y se llora más allá (y más intenso) de lo que las sinapsis dejan. Vamos, vemos, vamos, que mientras queden palabras, y aun silencios, vuelve un abrazo a cubrir de presente el pozo insondable de los recuerdos. Este hombre sabe hacerlo posible.

P. PEREZ SOLER
22/06/2018

 

Pregunta.– ¿Qué hace un hombre como usted en un silencio como éste?

Respuesta.– Disfrutar de un compromiso que tengo con la asociación, en el que estoy a gusto. Tienes que ocupar la mente, que es muy puñetera. Y ésta es una faceta que me enriquece mucho y ocupa mi mente. Me gusta. La mente es compleja.

P.– ¿Hasta dónde cuesta poner una sonrisa a la desmemoria?

R.– No cuesta poner una sonrisa. A la enfermedad de Alzheimer es fácil ponerle una sonrisa. Ellos te la provocan también. Un enfermo de Alzheimer tiene su vida, es una persona como otra cualquiera. Tiene unas deficiencias neuronales. (Oiga, el cuidador no siempre sonríe…) Los cuidadores lo pasan a veces mal, muy mal… El peso de la enfermedad lo lleva el cuidador, el enfermo lleva su día… Pero también sonríen mucho con los enfermos.

P.– ¿Por qué hacerlo si lo que más brota es llorar?

R.– Porque será necesario sonreír ¿no? Porque llorar también lloran muchísimo los cuidadores, familias incluidas.

P.– ¿Qué pasa cuando uno no se acuerda de qué es un abrazo?

R.– Hasta que no nos ocurra a alguien de nosotros no podemos meternos en la mente de un enfermo para saberlo. Pero quienes están en fase moderada, saben que no pueden contestarte y te hacen evasivas. Ellos sí saben que lo que les estás contando ya no saben qué es. Duele mucho. Imagino que si son conscientes tiene que ser algo horrible, pero es imposible saberlo.

P.– Usted, cuando quiere olvidar, ¿qué no puede?

R.– El abrazo de un amigo, una caricia, un beso. Eso es imposible de olvidar.

P.– Dígame, ¿qué le quema en el iceberg del olvido?

R.– La mentira, por ejemplo. Si puedo ir un poco a mi lado, la forma de vida que llevamos… Nos dicen qué tenemos que hacer y cómo, cómo tenemos de nacer, vivir, cómo comportarnos. Estamos metidos en un estereotipo que si te sales de él es un poco… Eso me quema mucho. Y cuando voy a contracorriente me lo paso bien.

P.– ¿Me cuenta una experiencia con su memoria que no se le descuelga?

R.– Cuando era pequeño tuve un problema de salud, estaba en un hospital y no me podía levantar de la cama. Y venía una niña que llevaba una prótesis de la rodilla hacia abajo. Venía corriendo, me daba un beso y se iba… Así durante muchos días. No sé lo que sería capaz de hacer por ver a esa persona.

P.– Y al revés. Confiese dos cosas que le gustaría olvidar.

R.– (Silencio). El sufrimiento de un familiar cuando se puso enfermo. Y lo mal que se sintió mi madre cuando yo estuve enfermo de pequeño. Mi madre y mi padre, claro.

P.– Se pregunta Yuval Noah Harari si el futuro era esto… ¿Por qué nos acaban importando tanto los recuerdos?

R.– Porque al final vivimos del pasado. Es inevitable. En el futuro no sabemos lo que va a pasar. Lo que tú tienes en la memoria es tu pasado. Siempre vamos enganchados a nuestro pasado, bueno o malo. Es inevitable que pienses en ello. (Eso condiciona….) Depende de cómo te haya tocado vivirlo.

P.– Entonces, ¿somos o no lo que recordamos?

R.– Sí. (¿Y dónde queda el anhelo?). Es el día a día lo que te lleva a lo que quieres ser.

P.– ¿Hasta dónde está escrito el libro de la investigación?

R.– Mientras no se encuentre una solución, todavía queda mucho por escribir. Siempre se quiere más.

P.– Esto antes no existía… ¿será un castigo a la raza humana?

R.– Sí existía. ‘Este se ha quedado tonto…’, ‘lo escondemos y ya’. Ha existido toda la vida, pero se ha tratado de una forma distinta.

P.– Cuénteme una manera de compartir el Alzheimer.

R.– En mi caso el hecho de pertenecer a la asociación. Al final constantemente estoy compartiendo, contigo y con otra mucha gente de distintas maneras. Me llena mucho poderlo compartir con la gente.

P.– ¿Cuándo fue la última vez que pasó 24 horas sin decir ni mu?

R.– Nunca las he tenido.

P.– ¿Elegimos el mañana o son las cosas las que nos llaman a nosotros?

R.– El mañana lo elegimos pero no siempre empieza como queremos… Son las cosas las que, bastante más, nos llaman a nosotros.

P.– Imagine que pudiéramos recordarlo todo y tuviéramos memoria selectiva. Vaya rollo.

R.– Pues sí, sería un aburrimiento. No mola, no mola.

P.– Con el corazón, ¿en el centro de la AFA más se llorar o más se ríe?

R.– Creo que hay un equilibrio de sentimientos y sensaciones y la balanza se queda bastante equilibrada. La enfermedad de Alzheimer te hace ver lo peor de una enfermedad pero al final son personas y ellos mismos te hacen reír. Hay compañeros que no están directamente con los enfermos, que hacen otras labores, y ante un día malísimo, cuando se quieren quitar la tensión y tener un momento agradable, se van a ver a los enfermos.

P.– Pregunta tonta. ¿Por qué no somos más conscientes de lo que importa?

R.– Somos personas. Estamos hechos así y no escarmentamos nunca.

P.– Cuente aquella vez que se olvidó de algo y se asustó.

R.– No me asusté… Es una persona muy querida, muy querida y se me olvidó el cumpleaños. Lo pasé muy mal.

 

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