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CRÓNICA DE LA SORIA NEGRA

Beratón: los asesinos del hijo del juez quedaron libres

Una partida de guiñote desencadena una reyerta en la que muere un joven conflictivo y los acusados resultaron absueltos

P. Pérez Soler
20/03/2016

 

De poco sirvió que el padre fuera juez municipal. A su hijo le precedía muy mala fama y quienes le mataron quedaron libres para desconsuelo de los padres. El crimen sucedió en Beratón y tuvo como desencadenante una partida de guiñote en la taberna de José Serrano Medrano. A un lado, Alejo Escribano Ramos y Antonino Martín Escribano, que se disputaban las cuarenta y los veintes contra Manuel Gregorio Lapuente e Ignacio Lapuente Ramos, tío del anterior. La suerte se alió con la primera pareja que pronto quiso abandonar el juego para desaire de Manuel que soltó una bofetada a Antonino.
Los ánimos de la parroquia se exaltaron sobremanera y fue el padre, Pedro Gregorio Ruiz, juez municipal, quien acudió a poner paz aunque sirvió de muy poco. Al poco apareció provisto con un palo su hijo, Manuel, sobre el que se abalanzaron Agustín Garcés Escribano, casado, de 29 años y con antecedentes penales; Alejo Escribano Ramos, viudo, de 52; y Benito Serrano Marquina, de 24. Fue este último quien, armado con un cuchillo, le infligió dos heridas mientras los dos anteriores le sujetaban. Una de las cuchilladas fue mortal de necesidad y Manuel murió a las 18 horas del suceso, ocurrido el 23 de septiembre de 1906, según da cuenta el escritor José Vicente Frías Balsa, en su libro ‘Crímenes y asesinatos en Soria’.
La mayoría de los testigos dio fe del carácter «muy violento y comprometedor» de la víctima, a quien en alguna ocasión se le prohibió la entrada a la taberna, según su propietario.
El tabernero y el padre mantuvieron un careo en el que el segundo dijo al tribunal que había testigos en el juicio que no iban a decir la verdad. Y recordó que su hijo no había estado en la cárcel ni un solo día de sus 23 años.
Pedro Gregorio explicó cómo el día de autos llevó a su hijo a casa y le pidió que no saliera, tras lo cual regresó él a apaciguar los ánimos. Los atacantes le dijeron que no iban a perdonar a Manuel y su respuesta al verle aparecer con el palo fue que allí se pegaba con acero. El silencio se adueñó de la escena, según el padre, manifestando que «acometieron a su hijo peor que las fieras» y le taparon la boca.
En el banquillo se sentaban los ya citados Agustín, Alejo y Benito, que atraían la atención tanto como los abogados que les defendían. Los tres eran prohombres y reconocidos políticos: a Alejo lo defendía Mariano Granados; Sotero Llorente Lapuerta, diputado por Agreda entre 1905 y 1907 era el representante de Agustín; mientras que la defensa de Benito la ejercía Gerardo Doval Rodríguez, diputado por Ágreda entre 1901 y 1905. La ‘altura’ de los letrados pesó en el juicio.
El informe de la autopsia, del que se dio cuenta en el juicio, apreció dos heridas graves, una situada en la zona de la clavícula y otra entre las costillas, la cual le perforó el peritoneo y el hígado, causándole una gran hemorragia.
También pasó por la vista Eusebia Lafuente Ramos, madre de la víctima, que dijo haber arrancado el cuchillo a su hijo del pecho cuando aún lo tenía clavado.
Entre los llamados a declarar figuraba el alcalde del pueblo, Eugenio Ibáñez, que dijo que Alejo no pudo estar en la reyerta ya que a él no le entregaron el cuchillo, como afirmó la madre de Manuel. Entre el alcalde y el padre hubo otro careo que acabó con insultos de parte a parte, ya que el alcalde dijo que Manuel era desafiante con todo el mundo, incluido con su padre.
La mayoría de los testigos subrayaron el carácter violento del muerto y algunos, como Juan Chueco, dijeron que los acusados no estuvieron presentes en la riña. Incluso el secretario del Juzgado municipal, Santiago Manrique, aseguró que cuando tomó declaración a Manuel apenas se le escuchaba y que fueron los padres quienes le dieron los nombres de los presuntos culpables.
Otra testigo, Juana Lapeña, aseguró que Benito era hombre de costumbres intachables mientras que el difunto le había apedreado en varias ocasiones. Añadió que Beratón estaba dividido en dos bandos debido a luchas políticas y que Manuel trataba muy mal a quienes no eran del suyo.
El Ministerio Público cambió las conclusiones provisionales, añadiendo para Benito las eximentes de obrar en su defensa, a la vez que hacía responsables del homicidio a los tres.
Las tres defensas estaban convencidas de la inocencia de sus representados y así lo hicieron constar solicitando la inculpabilidad y la absolución de cada uno.
De nada le sirvió al Fiscal que recordase al jurado la existencia de un «ojo clínico» tanto para las enfermedades, dijo, como para los individuos. Ni el llamamiento que le hizo para que hiciese justicia «pues con la impunidad iba aumentando el número de criminales». Tras la deliberación del Tribunal, el fallo se leía a las 12 de la noche del 24 de marzo y declaraba la absoluta irresponsabilidad de los tres procesados. Pocos después Benito, Agustín y Alejo fueron puestos en libertad.

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