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Entrenados para ser ‘incombustibles’

En la base de Quintanilla de Onésimo, donde se ubica el helicóptero de extinción de la provincia en los meses de mayor riesgo, los equipos realizan constantes simulacros por tierra y maniobras por aire con asiduidad. Entrenan a diario y están siempre alerta. Además de los 29 miembros del servicio aéreo, en Valladolid el operativo entre julio y septiembre lo forman 235 personas y en Castilla y León asciende a 4.019 efectivos

LAURA G. ESTRADA / VALLADOLID
25/09/2018

 

Las aspas del helicóptero comienzan a coger fuerza después de que el mecánico haya comprobado que el aparato está listo para volar. Enfrente, a varios metros de distancia, los operarios toman posición, agachados, y colocados en fila, a la espera de que el piloto les dé el ‘ok’ y puedan tomar asiento. De uno en uno, acceden en minucioso orden al interior, ataviados con trajes ignífugos y cargados con los utensilios que tienen asignados a sus puestos. Pulgares hacia arriba. El motor ruge con más fuerza. En un máximo de diez minutos están listos para despegar y llegar lo más rápido posible a un incendio que se haya declarado en la provincia, con la misión de evitar su propagación.

Desde la base de Quintanilla de Onésimo, donde se ubica el único helicóptero de extinción de Valladolid entre el 1 de julio y el 30 de septiembre durante la campaña de mayor riesgo –hay otro en Puente Duero, pero es de coordinación–, el equipo está siempre alerta porque suelen ser los primeros en llegar al foco y en tener una visión global, no sólo de las características de las llamas o de las dificultades del terreno, sino también de las zonas de escape para el personal que vaya a actuar desde tierra. Una fotografía de la peligrosidad, desde el aire.

Al tomar tierra, los agentes descienden en orden del aparato y cogen las herramientas necesarias, como los batefuegos (una especie de pala), el mcleod (un rastrillo para separar la parte limpia de la quemada), el pulaski (con cabeza de hacha y azada). También extraen y despliegan el bambi –como denominan a la cesta de carga de agua– y comienzan a actuar mientras el helicóptero sobrevuela de nuevo en busca de una balsa o un río donde rellenar los 900 litros del depósito.

No siempre es fácil encontrar un punto de carga. El ramaje, los tendidos eléctricos o los pájaros dificultan la labor y, en casos extremos, bien por ausencia de masas de agua o bien en episodios de sequía, tienen que recurrir incluso a alternativas sucias, como el abono, para sofocar el incendio.

«Este verano en Villalba de los Alcores los propietarios de una finca me quitaron la lona de su piscina particular para que pudiera cargar y el año pasado en Puente Duero tuve que acceder a la de una urbanización», recuerda Elena, la piloto de la empresa Coyot Air al frente de los mandos cuando visitamos la base de Quintanilla para conocer las rutinas de trabajo del Servicio de Extinción de Incendios Forestales de la Junta de Castilla y León.

En los alrededores, el ensordecedor ruido de las turbinas es algo habitual, porque el helicóptero despega con frecuencia –cada diez días como máximo–. También el camión autobomba enciende las sirenas con asiduidad. Y el personal se enfunda trajes y mochilas aunque no hayan recibido ningún aviso. La preparación no cesa.

«Lo primero que hacemos al llegar es deporte y, después de correr o hacer pesas, seguimos con los entrenamientos, haciendo simulacros sobre líneas de defensa o embarque y desembarque, impartimos teoría sobre incendios y reservamos las horas centrales del día, por ser las de mayor riesgo, para descansar», explica Celia Herráez Prieto, la jefa de la brigada helitransportada.

Ella es la encargada de dar el «¡alto!» al escuadrón cuando el helicóptero activa la sirena para avisar de que va a soltar, junto a ellos, todo el vertido de agua y espuma. «¡Atrás!», continúa para que los agentes se retiren y pongan en alto las herramientas.

Porque el helicóptero siempre actúa como apoyo a tierra. «No tiene sentido que descargue en un flanco sin personal porque puede quedar un resquicio y, si no hay nadie para apagarlo, se volverá a reproducir», añade Elena, con trece años de experiencia en extinción, primero en Coca (Segovia) y El Barco de Ávila (Ávila), antes de trabajar en Quintanilla.

Como avituallamiento para sus compañeros, el responsable de la brigada lleva a sus espaldas una mochila con un botiquín, baterías de repuesto para las emisoras de comunicación, mantas térmicas de protección, barritas energéticas, linternas y un sinfín de ‘por si acasos’, como bridas o corta alambres. Lleva incluso mudas para que puedan cambiarse en caso de que el fuego se prolongue y tengan que pasar varios días fuera de casa.

Y, para que puedan hidratarse, varias botellas de agua que suministra una vez se ha terminado el de las cantimploras personales. «En un incendio perdemos entre dos y cuatro kilos», destaca Herráez como dato para significar el desgaste físico.

Antes de llegar al terreno de actuación, el responsable de la unidad helitransportada se encarga de comprobar por ordenador las coordenadas facilitadas por los compañeros apostados en alguna de las doce torres de vigilancia que salpican el territorio vallisoletano o por el 112, de ampliar la cartografía del terreno, de consultar la previsión meteorológica y de observar en el programa informático si el resto de helicópteros de Castilla y León están en tierra o en alguna intervención, por si, ante alguna complicación, tienen que recurrir a la ayuda de provincias limítrofes o les solicitan a ellos un refuerzo.

En la sala principal del edificio, un mapa de Valladolid y sus alrededores preside una estancia decorada con ilustraciones relacionadas con las labores de extinción. En la grafía, toda la zona Este está diferenciada en color azul. Es el área sobre que tienen ‘despacho directo’, es decir, sobre el que actúan de inmediato. Para desplazarse al resto de la provincia, aguardan la orden del Centro Provincial de Mando (CPM), encargado de gestionar la movilización de efectivos.

Porque el helicóptero suele ser el medio más rápido en llegar, pero no siempre es necesaria su presencia, y también es el primero en marcharse ya que, si está en base, resulta más fácil que pueda desplazarse enseguida a otro foco. A un ritmo de vuelo, como máximo, de dos horas en las alturas y cuarenta minutos en tierra para repostar.

«En el 90% de los incendios no va a hacer más falta que un retén, una autobomba y los agentes medioambientales», explica el técnico de la sección de Protección a la Naturaleza, Miguel García. Y son precisamente los agentes medioambientales, «conocedores del terreno», quienes «deciden los medios que se van a necesitar» en función de las características del incendio y «guían al resto del operativo en la señalización de accesos por caminos».

Entre ellos a las autobombas, con la que también hacen simulacros en la base de Quintanilla. Aquí está aparcada una de las seis de la provincia, con el depósito de 5.000 litros de agua siempre lleno para desplazarse en el menor tiempo posible. «Son vehículos que se someten a mucha presión y cuentan con un sistema que permite la difusión de agua en pequeñas gotas para aprovechar mejor la carga», aclara el jefe de la sección de Protección a la Naturaleza, Armando Herrero, mientras el equipo despliega las mangueras en un ejercicio en las inmediaciones, con el vehículo mirando a la ruta de escape.

En total, el operativo durante los tres meses de campaña de extinción abarca en Valladolid a 235 personas: 61 agentes medioambientales distribuidos en ocho comarcas, 29 dentro de los medios aéreos, otros 29 en puestos y centros de mando de vigilancia, 31 en las autobombas, 67 dentro de las cuadrillas y otros medios terrestres y los 18 restantes correspondientes a personal técnico. En el conjunto de Castilla y León, suman 4.019 personas.

Todos coordinados y diferenciados por el color del casco durante las intervenciones, con la misión común de que el fuego no se dimensione. «De media, en Castilla y León se registran 2.100 incendios al año y ocho superan las 500 hectáreas pero, aunque la proporción es mínima, son los causantes de la desaparición del 50% de la masa de arbolado y del 35% de la superficie quemada», expone Miguel García para significar la importancia de una buena actuación.

Trabajo exhausto sin bajar la guardia para evitar consecuencias devastadoras, como las sufridas en Portillo en junio de 2004, el último gran incendio registrado en la provincia, con 636,36 hectáreas de superficie forestal arrasada.

Un 70% menos de incendios este año y la mitad de superficie quemada

El número de incendios registrados en la provincia en lo que va de año ha descendido de manera notable en comparación con el mismo periodo de la pasada anualidad. Si, a estas alturas, en 2017 se habían contabilizado 264 fuegos, a 18 de septiembre de este año la cifra es de 84, lo que supone un 68% menos en el territorio vallisoletano. Una disminución que tiene también reflejo en la superficie afectada, pues se ha pasado de las 312,69 hectáreas arrasadas, a las 156,289 actuales, es decir, la mitad.

Del cómputo de 84 en lo que va de año, 43 han sido no forestales, sobre todo correspondientes a zonas agrícolas, y los 41 restantes son forestales, aunque el 90% de ellos se consideran conatos porque no ha llegado a quemarse ni una hectárea de terreno. Un dato positivo que el servicio de Protección a la Naturaleza achaca a «la eficacia en la detección» y el rápido «tiempo de respuesta», además de a condicionantes inherentes a la orografía de Valladolid, con menor extensión de superficie forestal que otras provincias.
También a la meteorología, pues el año pasado hubo seis alertas de calor y este año ‘sólo’ una, y a que no se haya permitido la quema de rastrojos, como sucedió en 2017.

Respecto a las causas, aún con resultados provisionales, la mayoría fueron intencionados (39%) o por negligencias (24%).

 

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