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QUINTA ESQUINA

Miguel Ángel Rodríguez: "Antes se sabía cómo era un pueblo en función de lo que tiraba a la escombrera"

La receta que nos da contra la insatisfacción y la incertidumbre no nos convence por generalista, así que buscamos el lado más sucio de este médico de familia, capaz de transformar la idea en realidad y el hierro viejo en obra de arte (16 exposiciones). Miguel Ángel Rodríguez Marcos (Nomparedes, 1959) se guía por el pensamiento científico pero apela a la emoción del arte para seguir rebuscando materia prima entre desechos. «No es incompatible», asegura.

P. Pérez Soler
25/10/2017

 

Pregunta.- Podría empezar contándome qué le entusiasma.

Respuesta.- Me entusiasman dos cosas, la naturaleza y el arte. Quizá por ese orden.

P.- Y ahora hasta dónde llega a curar.

R.- Hasta donde mi buena voluntad me da y mis conocimientos. Te puedo asegurar que todos los días dejo la piel en el trabajo. (¿Lo cura todo). No, no, la idea que nos dan de que todo tiene remedio fácil y que además se puede comprar es mentira. Muchas cosas no tienen remedio, sobre todo los males del alma.

P.- ¿Cómo llegó a ser un basurillas?

R.- Soy un poco chatarrero, sí. Lo debo de llevar en los genes: tengo ocho hermanos y que me conste tres lo tienen. Y uno de mis hijos también. Creo que existe el gen chatarrero.

P.- ¿Qué misterio encierra una escombrera?

R.- Hubo un tiempo en que se podía saber cómo era una sociedad en función de lo que tiraba. Había escombreras de pueblos ricos y escombreras de pueblos pobres. En las escombreras de pueblos pobres había lo que ya no se podía utilizar. Y en la de pueblos ricos no. Veías como iba evolucionando todo. Hoy ya no hay escombreras.

P.- ¿Y?

R.- Por una parte puede ser bueno. Porque evidentemente no es cuestión de ir tirando cosas al monte aunque sea un punto legal. Pero creo que el tema de cerrar escombreras va a tener consecuencias nefastas para el mundo rural.

P.- Hay palabras que cojo con guantes, ¿cuáles son las suyas?

R.- El verbo juzgar. No me suelo atrever a juzgar. Ser juez me parece el oficio más duro del mundo.

P.- Es feroz lo que uno puede llegar a esperar, oiga.

R.- Bueno, peor que esperar es la desesperanza. Una vez a una paciente que había hecho un intento serio de suicidio le pregunté por qué y me dijo que porque estaba desesperanzada. No porque estuviera desesperada. La desesperación es un sentimiento puntual. La desesperanza es un sentimiento vital.

P.- ¿Qué le zumban al oído las abejas?

R.- (Sonríe). Me encantan. ¿Sabes que soy alérgico? Tengo alergia desde los 25 años. Soy apicultor y tengo una miel estupenda. Procuro que no me piquen pero cuando me pica alguna me pongo muy malito. Las abejas me dan paz, porque a través de ellas veo la naturaleza. Y lo poca cosa que somos. Veo signos de sabiduría en las abejas que me hacen dudar de la ley de la evolución. No soy nada religioso pero cuando me pongo a pensar y veo lo que hacen, me hacen dudar de la ley de la evolución. Hay que escuchar a las abejas y hay que escuchar a la naturaleza.
P.- Los ismos son síntoma y consecuencia.

R.- Los ismos son consecuencia de un adoctrinamiento pensado fríamente. Y triunfan porque venden ilusión y la gente está muy desilusionada. A la gente le gusta sentirse en una gran manada. Por eso van al fútbol y son de un equipo y por eso se apuntan a todo lo que les venda un poco de ilusión, aunque sea una ilusión fugaz como la del partido siguiente.

P.- ¿Cómo es de im-paciente?

R.- Soy muy paciente y bastante planificador. Paso todos los días seis horas seguidas de consulta. Y con unas 40 personas diarias. Mira si soy paciente.

P.- Dirige un grupo de trabajo contra la despoblación, ¿pero en serio cree que esto se arregla así?

R.- No dirijo nada. Estoy intentando crear un grupo de trabajo contra la despoblación. Hemos llegado a un punto de no retorno hace años. Pero creo una cosa: una norma empresarial que dice que si quieres resultados distintos tienes que tener enfoques distintos. Hay que apostar por los pueblos, se puede vivir muy bien en ellos y tienen cosas muy interesantes que vender.

P.- ¿Qué ambiciona dejar por aquí?

R.- El buen recuerdo y alguna chatarra.

P.- Dígame, ¿cuál es el lado oculto de una herradura?

R.- Que nadie se da cuenta de lo que cuesta hacer una herradura. Cuanto tú te encuentras una herradura en el suelo, estás tropezando con medio día de la vida de alguien.

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