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EL SIGLO DE DELIBES

Relieve de Valladolid

En el verano de 1951, estrenando la década gris, abrió su puerta con el reclamo de un doble escaparate en el 3 de Cánovas del Castillo, la librería anticuaria Relieve, llamada a convertirse en albergue y faro de complicidades de un Valladolid incómodo con el franquismo. Según el poeta Francisco Pino, dueño de un céntrico almacén de paños: «Relieve fue durante penosos años el reverso de la universidad, donde se impartían disciplinas de al

ERNESTO ESCAPA
24/10/2018

 

NÁUFRAGOS Y COLINDANTES

Náufragos y colindantes fue la estampilla de Blas Pajarero para los militantes y adheridos a Relieve. Desde un principio, Relieve se convirtió en una estancia pródiga en acogimientos y de aliento generoso, más allá del tráfico comercial con los libros. Los primeros «náufragos colindantes» que recalaron en aquel chiscón librero iban a ser los profesores depurados que sobrevivían dando clases particulares en la Academia Minerva de Fuente Dorada, encabezados por el jurista Adolfo Miaja de la Muela (1908-1981) y el filósofo y premio nacional de ensayo Hipólito Romero Flores (1895-1956). A ellos se sumó enseguida Santiago de los Mozos (1922-2001), que impartía latín y francés en la academia, así como el poeta y crítico de arte Santiago Amón (1927-1988), entonces varado como estudiante de Letras en Valladolid. Cada cual, a su vez, actuando cual anzuelo para una corriente de interés. Así se fueron incorporando al racimo de Relieve los Alarcos García y Llorach, padre e hijo, el amigo oriolano de Miguel Hernández Efrén Fenoll, recién llegado a Valladolid para hacerse cargo de la biblioteca del colegio San José, el poeta despojado de su cátedra Fernando González (1904-1972), Francisco Pino, los pintores Francisco Sabadell, Félix Cuadrado Lomas, Gabino Gaona y Domingo Criado, el profesor Justino Duque y los poetas en tránsito Justo Alejo y Jorge Guillén, cuando visitaba Valladolid desde el exilio.

La figura principal de Relieve, su cerebro y fundador, fue Domingo Rodríguez Martín (1915-1960), maestro depurado después de un trasiego carcelario que se extiende en un primer período desde diciembre de 1937 (Infiesto, Asturias) al 29 de octubre de 1943, cuando queda en libertad provisional en Cuéllar, tras haber sido condenado a la pena de muerte en Gijón (1938), con rebajas sucesivas a 30 y 12 años de reclusión. Una vez en Valladolid y antes de montar el quiosco en los soportales de Guadamacileros (1948), cuya actividad ampliaba con la venta ambulante en el mercadillo dominical de Cantarranas, trabajó como comercial en las bodegas Dávila, de Cabezón de Pisuerga, y como responsable en Anuncie, agencia publicitaria ubicada en el primero del número 5 de la calle de Santiago.

Precisamente en ese empleo lo sustituiría su hermano Pablo (1925-1991) durante cuarenta y cinco años, al ser de nuevo detenido en abril de 1946 por acoger en su casa a César Fernández Inguanzo, también maestro y hermano del Paisano (Horacio) cantado por Víctor Manuel. Se habían conocido en la prisión de El Coto, en Gijón, donde también cosecharon sendas penas de muerte. Al ser de nuevo detenido en abril, sólo hacía tres meses que había vuelto a casa el padre, Domingo Rodríguez Somoza, en libertad condicional de la cárcel de Pastrana. Las memorias (2009) de Teodulfo Lagunero (1927), también detenido aquel abril de 1946 en el gobierno Civil, presentan a Domingo como víctima de sangrientas torturas y jefe de la oposición clandestina en Valladolid. Trasladado a la prisión central de Alcalá de Henares el 26 de abril, pasó el 8 de agosto a Carabanchel, donde permaneció un año. Juzgado en marzo de 1947, fue absuelto y puesto en libertad el 7 de mayo. Dos años después, en diciembre de 1949, quedarán por fin extinguidas las penas acumuladas durante su tránsito penitenciario. En aquel mismo 1949 se casa con Rafaela Vela Coca, amiga de su hermana Lola. Aquellos primeros años de militancia clandestina en Valladolid sirven a Domingo para rescatar los trazos represivos de la ciudad. Un dato le sobresalta especialmente en su rastreo de la represión pinciana: el vil asesinato de Aurelia Gutiérrez Blanchard (1877-1936), santanderina que dirigía la Escuela de Magisterio de Valladolid y hermana mayor de la pintora María Blanchard, cuyas circunstancias desvela la investigadora Chusa Izquierdo en Pizarras vacías (2015). Casada con Manuel Barahona, tenía cuatro hijos y había llegado a Valladolid desde Granada, con prestigio de pedagoga culta que hablaba tres idiomas. Pero la capital del dolor le tenía reservada una muerte aviesa y canalla: engatillada en una cuneta por la brigada del degüello que la sacó de su casa, en aquel primer verano de furia.

La obra mayor de Relieve y de su fundador va a ser la Bibliografía vallisoletana (1955), que agrupa dos mil quinientas referencias de impresos y manuscritos tocantes a Valladolid y su provincia. Su difusión prestigia a la librería y convierte su esfuerzo descomunal realizado a la intemperie, con afán, constancia y mucho talento, en un referente de autoridad apreciado por los clientes más distinguidos: Desde los catedráticos Vicens Vives, Blecua, Lázaro Carreter, Entrambasaguas o Maravall, al ilustre bibliófilo republicano depurado Antonio Rodríguez Moñino (1910-1970), tío de Mariano Rajoy, quien con su mujer María Brey (1910-1995) atesora la mayor y más rica biblioteca privada de España, cuyos diecisiete mil volúmenes enriquecidos con colecciones de grabados y manuscritos legará María Brey a la Academia en 1995.

Precisamente Moñino, en carta de mayo de 1956, se interesa por la escritura de «una pluma tan bien cortada como la que ha trazado el estupendo prólogo de la Bibliografía», califica de «delito literario» tenerla ociosa y se despide con este ánimo: «Escriba, escriba, que será bueno para todos». Domingo había estudiado magisterio en Santander, donde tenía su destino militar el padre, obteniendo el número uno de la promoción de 1935. Implicado activamente en las misiones pedagógicas republicanas de Tresviso y Valderredible, la irrupción de la guerra lo condujo a la milicia republicana, donde alcanzó el grado de teniente, y en sus presidios sucesivos se esforzó en la tarea de alfabetizar compañeros. Ya durante la guerra, Domingo publicó dieciséis artículos en el Diario Montañés con recomendaciones a los milicianos para la vida en el frente, que firmó como El grumete del Tiburón. En 1959 y recapitulando experiencias, publicó tres artículos en Diario Regional sobre la función y vida profesional del maestro. En 1980, su hermano Pablo (Blas Pajarero), siempre vigilante de mantener viva la llama de la memoria de Domingo, compuso un detallado Prólogo de la Bibliografía Vallisoletana, sembrado de detalles y confidencias sobre la vida y obra de Domingo, quien en sus presidios escribió el relato titulado Tres momentos psicológicos: La llamada de la hembra; La llamada del hijo que no se procreó y La llamada de la tierruca.

Además, la librería Relieve elaboró 23 números del catálogo de sus fondos bibliográficos, entre 1954 y 1963, y puso en marcha dos colecciones de pliegos de teatro y poesía, siempre impresos en papel de aleluyas: Papeles anónimos (1956-1963), con poesía y teatro sin firma, que corresponden a versos de Pino y Amón, con una pieza teatral breve de Luis Maté (el nº 1, de 1956). Obras teatrales de Domingo que aparecen anónimas, como El torero (nº 2, de 1957) y La sabia (nº 3, también de 1957). El nº 4 (1960) agrupa el homenaje amistoso a Domingo, con poemas de Pino, Arcadio Pardo y Justo Alejo y un estudio de su teatro, género del que habían visto la luz, en ediciones de Relieve, En el viejo camino olvidado (1958), La vida no tiene argumento y En la feria de la vida (1959). El nº 5 (1963) lo dedican sus editores a la bicicleta, con poemas anónimos de Justo Alejo. Los Pliegos de Cordel Valisoletanos (1959-1993) arrancan con poemas de Justo Alejo (Yermos a la espera, 1959; Arenales –entregas de poesía-, 1960; Desde este palo, 1962; SERojos lunares –nimBOS, 1969; MonuMENTALES reBAJAS, 1971) y concluyen veintidós años después con el homenaje A Pablo Rodríguez-Blas Pajarero. Siempre el gentilicio escrito con una sola l, para marcar su timbre latino.

El memorial de tan arriesgada y dispersa travesía, que ilustró Félix Cuadrado-Lomas, corresponde al cómplice Ramón Torío (1939) y ofrece múltiples motivos de asombro, dada la cantidad de anticipaciones que amasó la inquietud de aquel grupo convocado por la generosidad y el talento de Domingo Rodríguez, que tuvo como continuadores a sus hermanos Pepe y Pablo. Pablo fue el auténtico motor de los Pliegos y de tantas aventuras luminosas del Valladolid en gris.

La librería de Cánovas del Castillo acogió en su escaño a ilustres de todas las generaciones, desde Jorge Guillén o Dámaso Alonso, a Andrés Trapiello. Precisamente, Trapiello evoca en sus diarios el ritual de lavarse el polvo de las manos con agua del botijo, después de rebuscar por los anaqueles. El poeta más valioso de Relieve fue el zamorano Justo Alejo, suicida con uniforme de gala en el Ministerio del Aire de Moncloa, hará cuarenta años el próximo enero. Fue quien más tenazmente fecundó sus pliegos. También Francisco Pino frecuentó aquellas tintas. Luego, Pablo Rodríguez recogió la encomienda de los rescates, como el que dedicó a los versos de un vallisoletano olvidado: José Luis Gallego (1913-1980), poeta que abandonó ciego el penal de Burgos después de dos décadas entre rejas.

 

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