Las travesías tocan a su fin
Las obras de las travesías en la capital tocan a su fin. Y como en todo, ya saben, hay opiniones para todos los gustos. De entrada, y a nivel general, sería injusto no decir que las actuaciones llevadas a cabo en los últimos meses han mejorado sustancialmente algunos tramos de la ciudad y que antes estaban en un estado lamentable y con un serio riesgo para el peatón. Basta darse un paseo desde la nueva estación de autobuses y hasta La Tejera, para comprobar que, por las nuevas aceras, uno puede pasear o correr sin tener que hacer malabares como antes para no tropezarse y acabar besando el suelo. De igual forma, y para cruzar de un lado a otro de la gran avenida –y todo una vez estén en funcionamiento los diversos semáforos–, el peatón podrá hacerlo con mayor seguridad como durante años venían reclamando los vecinos de los alrededores. Otra cosa distinta son los daños colaterales de estas obras y que los que cogemos el vehículo ya estamos sufriendo. Y es que una cosa es disfrutar las obras como peatones, y otra muy distinta, como conductores. Y aquí la percepción cambia radicalmente, porque como todos saben, y si no yo se lo recuerdo, el consistorio hace tiempo que se propuso eliminar paulatinamente el uso del vehículo, haciendo una ciudad exclusiva para los peatones, pero olvidando a quienes por obligación o porque nos da la gana, cogemos el vehículo. La imperativa necesidad de remodelar las degradadas entradas a la ciudad –ya vinieras de Valladolid, Burgos, Logroño, Madrid o Zaragoza–, y que desde todos los grupos políticos municipales se venía denunciando desde hacía años, no puede servir de excusa ahora para justificar el caos circulatorio que a raíz de las obras se ha creado. Y es que, si con las travesías hechas unos verdaderos zorros no había problemas de tráfico, no se entiende que con una remodelación integral y supuesta mejora de estas, se haya creado el efecto contrario. No seré yo quien le niegue al alcalde el mérito por haberle sacado al ministerio el compromiso de la realización de esta inversión y que a cargo de las arcas municipales habría sido imposible realizar sin rozar la bancarrota –no las pagamos los sorianos en exclusiva, sino que nos ayudan vía impuestos el resto de los españoles–, pero creo que, desde el consistorio, sí deberían de haber estado más encima y con la lupa en la mano para evitar algunas acciones que no se entienden muy bien. Esto de las travesías, créanme, va a dar para mucha guerra política en los próximos meses. Lo veremos. Una vez estén las obras recepcionadas, a buen seguro, y aquí sí, con dinero de nuestros bolsillos, habrá que modificar infinidad de cosas que para la empresa que las ha llevado a cabo han pasado desapercibidas. Y oigan, lo de esos carriles bici pintados en rojo (¿tenía que ser en rojo?), y con más peligro que darle a un tonto una escopeta, de eso, mejor no hablar hoy, que tiempo habrá…