TRIBUNA
El obispo Cavia y «El Ángel Exterminador»
Una nación dividida, varada entre pulsiones enfrentadas
"Auto de Fe” de Francisco de Goya. Óleo sobre tabla, Real Academia de San Fernando, Madrid. Detalle que representa el juicio a Cayetano Ripoll —el Maestro Ripoll— último ejecutado por la Inquisición en Valencia el 31 de julio de 1826. Según la tradición la ejecución fue instigada por la sociedad secreta de «El Ángel Exterminador».
En las primeras décadas del siglo XIX, España se debatía entre la modernidad exaltada y el inmovilismo fanático. La polarización ideológica, la mentira como arma política, el miedo al cambio y el odio al que piensa diferente, no son invenciones modernas sino rasgos permanentes del paisaje político.
En aquella nación fracturada, oscilante entre la promesa liberal y el absolutismo irredento, surgió una figura enigmática: Juan de Cavia González, obispo de Osma, cuyo nombre ha quedado ligado a una de las leyendas más inquietantes y oscuras de nuestra historia contemporánea: «El Ángel Exterminador».
Nadie sabe a ciencia cierta si esta sociedad secreta existió, ni tampoco si Cavia fue uno de sus fundadores. Pero su alargada sombra —encarnación de una España dispuesta a purgar al enemigo en el nombre de Dios— sigue resultando profundamente perturbadora.
El báculo: un obispo intrigante y fanático
El final de la Guerra de la Independencia y el regreso a Roma de Pío VII, tras su cautiverio napoleónico, permitieron por fin cubrir las numerosas sedes vacantes. Fue entonces, entre agosto y septiembre de 1814, cuando Juan de Cavia González (Astudillo, Palencia, 1761 – El Burgo de Osma, Soria, 1831) llegó a la diócesis oxomense. Docto teólogo, formado en el seminario palentino y en las universidades de Valladolid y Alcalá, había ocupado ya cargos eclesiásticos de relieve: Lectoral —encargado de la lectura y predicación en Teología— en Orense y Penitenciario —confesor— en Zamora y en la catedral primada de Toledo.
Cavia, que asumió el obispado en los compases iniciales de una restauración eclesial que pretendía borrar los aires de reforma traídos por la Revolución y la ocupación francesa (1808-1814), no tardó en convertirse en arquetipo del clero reaccionario. Cercano al rigorismo de los «apostólicos», Cavia no fue un prelado más: fue un combatiente de pluma y sotana.
Durante el Trienio Liberal (1820-1823) se mostró implacable. El 15 de marzo de 1820 publicó un edicto que, en nombre de su autoridad episcopal, declaraba en vigor todas las prohibiciones del extinto Santo Oficio. Se enfrentó al jefe político de Soria — el equivalente al gobernador civil— por las disposiciones secularizadoras de los cementerios (27-10-1820) y se opuso, vehementemente, a su orden de permitir el acceso de mujeres a la Tertulia Patriótica del Seminario: «que podrán entrar libremente en el Colegio las señoras mujeres y concurrir a las sesiones de la Tertulia que deberán celebrarse en el Colegio los jueves de cada semana» (2-12-1822). Para Cavia esto era una gravísima afrenta al orden moral.
Apoyó sin reservas al cura Merino —«aquel pintoresco personaje y extraordinario guerrillero, héroe de la Independencia, sublevado contra el Trienio y años después, general carlista», según Fernández de la Cigoña en su artículo de Celtiberia “Los obispos de Osma en el siglo XIX”. Fue también lector precoz de “Las Cartas del Filósofo Rancio" —manual ideológico del integrismo—, folletos seriados del dominico sevillano Fray Francisco Alvarado contra el liberalismo y las Cortes de Cádiz.
Fiel a estas posturas, en su diócesis, Cavia desató una feroz purga del clero liberal: según la historiografía, al menos 22 clérigos fueron procesados o recluidos, con consecuencias administrativas —apartamientos, fianzas, reclusiones y pérdidas temporales de cargos—, durante el período 1823 y 1825. Entre los represaliados el director del Seminario de Santo Domingo de Guzmán, Eusebio Campuzano, acusado de «conspiración» y apartado de sus funciones. [No he hallado, sin embargo, documentación ni cita alguna que pruebe su pertenencia concreta a la carbonería, a los Hijos de Padilla u otra sociedad secreta].
Con la entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823 y la restauración absolutista, Cavia vio consolidarse su poder. Según historiadores como Carmelo Romero Salvador, durante el Trienio, Cavia había sido uno de los cinco miembros del Consejo de Regencia de Urgel, creado en agosto de 1822, «deseoso de libertar a la Nación y a su Rey del cruel estado en que se encuentran». El 30 de mayo de 1823 fue nombrado miembro de la Regencia de Madrid, junto al Duque del Infantado, el duque de Montemar, Antonio Gómez Calderón y el barón de Eroles. Esta Regencia tenía como objetivo reforzar el absolutismo en España, restaurar las estructuras del Antiguo Régimen y reprimir a los liberales. Marcó el inicio de la llamada Década Ominosa (1823‑1833), un período que los liberales denominaron «años de persecución y oprobio», caracterizado por la censura, la delación, los tribunales excepcionales y la represión como política de Estado.
Desde la Regencia, el obispo de Osma alimentó el fuego de la represión. España, partida en dos tras la Guerra de la Independencia, se fracturó aún más. El absolutismo exacerbado era sal en una herida que empezaba a supurar ¿Fue este clima de miedo y control el caldo de cultivo del «Ángel Exterminador»?
La cercanía de Cavia al núcleo del poder reaccionario alimentó la sospecha de que fue su fundador, hipótesis que sigue flotando entre las sombras de la Historia, sin que nadie pueda afirmarla ni negarla con certeza.
En su escudo, sublime expresión de su ideario, campeaba esta leyenda: «Attendite vobis et universo gregi» (‘Cuida de ti mismo y de todo el rebaño’), frase que invita a preguntarse si reflejaba una devoción sincera o calculada doblez política.
La daga: la sociedad secreta «El Ángel Exterminador»
Si el Ángel existió, su rastro es el de un fantasma. Pero ciertos hechos palpitan en su sombra: el maestro Ripoll, ahorcado en Valencia por herejía en 1826; bandoleros como Paco el Sastre, actuando como ejecutores… ¿Fueron crímenes del Ángel o simples atrocidades de una época fanatizada?
Cavia, señalado como su fundador, en “Intimación que hace el Obispo de Osma a sus diocesanos de las letras apostólicas de nuestro Smo. Padre León XII”, Soria, 1827, Imprenta de Don Domingo Poyuelo, condenó «los peligros de las sectas ocultas y clandestinas». ¿Coartada o disimulo? Una auténtica «bilocación ética».
Según las versiones más extendidas, «El Ángel Exterminador» habría sido una sociedad ultracatólica creada para combatir el liberalismo con métodos clandestinos y violentos. Sus fines: exterminar las ideas liberales, derrocar a Fernando VII —por considerarlo tibio y afrancesado— y entronizar a Carlos María Isidro, refundiendo trono y altar.
El caso Ripoll —Cayetano Antonio Ripoll, el maestro ejecutado tras un juicio inquisitorial pese a la abolición de la Inquisición— refleja el espíritu que se atribuye al Ángel: fe ciega, miedo y violencia. Incluso figuras del hampa, como los sicarios de Luis Candelas, aparecen en crónicas asociadas a asesinatos que se han vinculado a esta sociedad secreta.
Entre hechos y rumores, separar historia y leyenda resulta complicado: ¿Fue real o una invención de los liberales para demonizar a los apostólicos más fanáticos? La existencia de «El Ángel Exterminador» ha sido objeto de debate entre historiadores y escritores. Mientras algunos sostienen que fue una sociedad secreta ultracatólica dedicada a la persecución de liberales, otros sostienen que fue una invención para desacreditar a los adversarios. Críticos como Menéndez Pelayo mostraron escepticismo frente a relatos que exageraban el integrismo, subrayando con ironía la tendencia a dramatizar ciertos hechos. Por otro lado, Vicente de la Fuente (1817-1889), en su excelente obra Historia de las sociedades secretas antiguas y modernas en España, especialmente de la Franc-Masonería (1874), opina que la sociedad fue una creación de la masonería para desacreditar al integrismo. Al final, la sombra del Ángel persiste proyectándose, en el límite entre realidad y leyenda.
El Burgo de Osma: el báculo y la daga
Durante el Trienio Liberal y la Década Ominosa, Soria no permaneció aislada de los acontecimientos nacionales. Lejos de ser una provincia marginal, un rincón olvidado del mapa político, bajo el férreo báculo de Cavia, la diócesis de Osma se transformó en laboratorio de la reacción absolutista donde se ensayaron fórmulas de censura, vigilancia eclesial y represión política que después se replicarían en otros lugares de la nación.
El Burgo de Osma, sede episcopal, fue mucho más que un centro religioso. Se convirtió en pieza clave del engranaje de la reacción absolutista. Desde su cátedra oxomense, Cavia mantenía contacto con los círculos apostólicos y conspirativos que defendían la causa carlista. En una España donde el trono vacilaba, una parte de nuestra provincia se erigía en bastión de quienes no solo aspiraban a frenar el cambio, sino a invertirlo radicalmente.
Más allá de su papel institucional, Cavia actuó como un agente activo en los entresijos de la conspiración reaccionaria. Su vinculación primero a la Regencia de Urgel (1822) —en la clandestinidad—, y después a la Regencia Provisional de Madrid (1823) no fue anecdótica, sino estratégica: proyectar desde una diócesis periférica la voluntad de restaurar no solo el absolutismo, sino también el imaginario caduco de la España inquisitorial.
El Burgo, durante siglos políticamente irrelevante, se convirtió en foco de un poder eclesiástico que quiso confundirse con el político. En esa confluencia de báculo y daga, la leyenda de «El Ángel Exterminador» encontró el clima perfecto para extender su sombra y… perdurar.