El (único) bar
Y su gente
Bar de Hinojosa del Campo.
En mi pueblo hay un bar que solo abre en verano. No es el bar de las piscinas porque no tenemos piscinas. Realmente solo hay un bar, es el único bar, y no le llamamos “bar”, le llamamos “teleclub”. De hecho, al no haber más bares, no tiene nombre como tal. O sí que lo tiene: Teleclub. “Vamos al Teleclub”, decimos después de jugar un partido de frontón.
Escribiendo esto caigo en la cuenta de que la palabra puede sonar un poco extraña para personas ajenas a la realidad rural, pero el nombre no nombre del bar, Teleclub, cobra hoy más sentido que nunca si se tiene en cuenta sus orígenes. Los teleclubs fueron espacios de reunión que llegaron a la España rural a mediados de los 60, que ofrecían acceso colectivo al ―por entonces― único televisor de la zona y servían de lugar de convivencia y celebración de actividades culturales.
Como decía, el bar de mi pueblo solo abre en verano. Ni si quiera eso, desde mediados de julio hasta el último día de agosto. Y, sin embargo, es el centro neurálgico de la vida de este pequeño trozo de tierra entre campos de trigo y girasol en Castilla y León. La escuela hace muchos años que cerró, ni siquiera la he llegado a conocer en funcionamiento. El panadero de un pueblo cercano pasa a vender con la furgoneta a la hora que le da la gana dos veces por semana (tres en verano) y el camión de los congelados dos. Algunas veces también vienen a vender frutas o verduras. No hay ningún otro tipo de negocio. Sólo un bar, el único bar. Observo cómo otros pueblos cercanos en los que no hay bar, ni si quiera en verano, se van apagando paulatinamente.
Es un pueblo de la provincia de Soria, técnicamente una aldea, de eso que conocemos como la España vaciada, que se llena de vida en verano. Al fin y al cabo, la gente ―su gente― siempre vuelve a donde fue feliz, aunque cada vez seamos menos, a esos veranos eternos, hasta que toca volver a la rutina.
Desde detrás de la barra veo siempre las mismas caras. Sirvo la primera cerveza hora y media después de abrir las puertas del bar. Quizás vienen a echar la partida de guiñote y apunto la ronda en una nota mental para los perdedores. Otros llegan después del paseo matutino o de trabajar en el campo. El fin de semana se anima un poco el ambiente y con suerte se reúne una parte de la juventud. Conforme se acercan las fiestas se van llenando las casas. Ves niños recorriendo las calles con sus bicicletas y piensas que no todo está perdido, que hace no tanto tú eras ese niño, que el lugar donde vivió tu familia no acabará siendo un pueblo fantasma. Otro más.
Llegan las fiestas y no damos abasto desde detrás de la barra. Tras el pregón se lanzan caramelos para los más pequeños. Todos han venido con ganas, servimos demasiadas copas y chupitos. La gente sale de misa y se amontona sobre la barra. Un par de amigos nos echa una mano y cuando todo se calma nos felicitamos satisfechos por el trabajo realizado. Siempre hay alguna mala cara, pero la gente está feliz, disfrutando de las fiestas de su pueblo, y eso es lo más importante.
Se van terminando los helados y los batidos de chocolate. Toca cambiar el barril de cerveza y los botellines no están tan fríos como antes de empezar las fiestas porque la gente bebe tan rápido que no les ha dado tiempo a enfriarse lo suficiente. Es increíble que en un pueblo tan pequeño se pueda beber tanto. Todo sea por celebrar y brindar con esas caras que ves de verano en verano.
Acabadas las fiestas, la gente vuelve a la ciudad. Las casas se vacían poco a poco. Algunos alargan su estancia durante la semana siguiente, otros se van y vuelven para el fin de semana y las fiestas de los pueblos vecinos.
Abro el bar y sirvo la primera cerveza hora y media después. Desde detrás de la barra siempre veo las mismas caras. Cada vez más personas se pasan a la cerveza sin alcohol, hasta los parroquianos más fieles envejecen. Cada vez somos menos.
Me pregunto qué sería de este pueblo si no tuviera bar, aunque solo abra en verano. No lo quiero ni imaginar. Ni yo ni mi compañero trabajamos como camareros durante el resto del año. Yo soy periodista y la precariedad hace que haya trabajado ―y siga haciéndolo― de muy distintas cosas. Los dos estamos contentos de ofrecer este servicio a nuestro pueblo, pero quizás alguien nos tendrá que tomar el relevo al año que viene, igual que nosotros lo hicimos de los anteriores. Espero que haya un relevo, porque en este pueblo no hay nada más allá que este bar y su gente.
De momento, disfrutemos de otro verano en nuestro pueblo Hinojosa del Campo.