Domingo Heras

El eclipse que puso a prueba a Einstein

Eclipse en Cidones.MONTESEGUROFOTO

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Acabamos de vivir un momento inolvidable. El pasado 12 de agosto todos miramos al cielo con la certeza de que un fenómeno histórico estaba a punto de ocurrir: durante unos instantes la Luna se iba a colocar exactamente entre la Tierra y el Sol.

No hacían falta más que unas gafas adecuadas y un lugar despejado donde esperar, porque sabíamos con una precisión milimétrica cuándo, dónde y cuántos segundos exactamente veríamos el eclipse. Soria, además, era uno de los lugares perfectos para observarlo.

Los eclipses siempre nos han fascinado y han tenido consecuencias extraordinarias. Heródoto recogió en su obra Historia cómo un eclipse solar, fechado posteriormente el 28 de mayo del 585 a.C., consiguió sofocar una batalla entre lidios y medos que quedaron impresionados por la rareza de que el día se convirtiera en noche.

Más de dos milenios después, otro eclipse volvería a cambiar un paradigma de la historia. Era el 29 de mayo de 1919 y el físico alemán Albert Einstein llevaba años defendiendo una idea que resultaba difícil de creer: que la gravedad podía curvar el espacio y el tiempo. Si aquello era cierto, la luz, al pasar cerca de un objeto con tanta masa como el sol, debería desviar ligeramente su trayectoria. Esto chocaba frontalmente con los planteamientos sobre la fuerza de la gravedad que había propuesto Newton, y que seguían vigentes en aquellos días. Einstein propuso que una gran masa era capaz de deformar el espacio que la rodea. Podemos imaginarlo con algo tan sencillo como colocar una pesada bola de bolos en el centro de una cama elástica. El centro se hundirá y si hacemos rodar una canica sobre su superficie, no seguirá una trayectoria recta y se desviará hacia el hueco. No porque la bola tire de ella directamente, sino porque la superficie por la que se mueve se ha curvado.

Einstein pensó que el Sol era una bola de bolos descomunal, con una masa de dos mil millones de billones de billones de kilos (un 2 seguido de 30 ceros), y era capaz de curvar el espacio y el tiempo y todo lo que se mueve a su alrededor, incluida la luz, sigue esa curvatura. Igual que la bola y la canica.

La comprobación de esta teoría se antojaba complicada ya que, aun siendo real, dicha curvatura era de apenas 1,75 segundos de arco, que podría equivaler a distinguir el grosor de una moneda de euro a un kilómetro de distancia. Sin embargo, a los científicos de la época se les ocurrió algo más sencillo. Bastaba con comparar la posición de algunas estrellas cuya luz pasaba muy cerca del Sol con la que ocupaban cuando este no se encontraba en sus proximidades. El problema era que, normalmente, el intenso brillo solar hacía imposible observarlas. Solo durante un eclipse, cuando la Luna oculta el disco solar, podían fotografiarse esas estrellas. Si Einstein estaba en lo cierto, las estrellas debían aparecer ligeramente desplazadas de su sitio habitual.

Hubo dos valientes. A capturar la posición de las estrellas durante el eclipse del 29 de mayo de 1919 se aventuró el astrónomo británico Arthur Eddington, quien organizó junto a su colega Frank Dyson dos expediciones a la isla de Príncipe, frente a la costa de África occidental, y otra a Sobral (Brasil). La idea de que dos científicos británicos encumbraran a un físico alemán menos de un año después de la Primera Guerra Mundial fue acogida con poca expectación y vista casi como una provocación que por poco arruina los planes de Eddington, que defendía que la ciencia no entendía de banderas.

El día del eclipse, en la isla de Príncipe llovía y solo fue posible aprovechar algunas imágenes. Sin embargo, las instantáneas tomadas en Sobral resultaron más nítidas y tras un profundo análisis permitieron confirmar cómo la luz se había desviado en una cantidad que coincidía exactamente con la predicha por Einstein.

El anunció copó portadas en todos los periódicos del mundo; hasta el New York Times escribió “las luces del cielo están torcidas” y Einstein se convirtió de la noche a la mañana en uno de los físicos más famosos del mundo.

Han pasado más de cien años desde aquella expedición. Hoy, la relatividad general formulada por Einstein no solo está confirmada, sino que la usamos todos los días. Los satélites GPS corrigen continuamente sus relojes y coordenadas en función del campo gravitatorio que los rodea, ya que, de lo contrario, nuestro móvil acumularía un error de varios kilómetros en solo un día.

Por eso, cuando el pasado 12 de agosto miramos al cielo cautivados durante poco más de un minuto, estábamos ante un acontecimiento histórico que escondía detrás siglos de conocimiento, cálculos y científicos que se atrevieron a cuestionar lo que otros habían hecho antes y a cruzar medio mundo en plena posguerra.