El Burgo de Osma, 7 de julio de 1897: la lluvia de oro
En 1897, la toma de posesión por poderes del nuevo obispo de Osma reunió en El Burgo a una multitud que llenaba la plaza de la catedral. Niños, hombres y mujeres aguardaban el momento en que, desde la galería situada sobre la portada, comenzaría la tradicional ‘largitio’, la rebulla: una lluvia de monedas lanzadas al pueblo.
Recreación por IA del lanzamiento de monedas desde la catedral de El Burgo de Osma.
Aquella calurosa mañana del 7 de julio de 1897, el sol abrasaba el enlosado de la plaza de la catedral de la Asunción de El Burgo de Osma. Iba a celebrarse la solemne toma de posesión del nuevo obispo de Osma, ya consagrado, el Ilmo. Sr. D. José María García Escudero. Al ser un acto por poderes, el deán del cabildo catedralicio, don Manuel de Roa, oficiaría en su nombre la ceremonia.
Frente a la puerta meridional del templo, una nutrida concurrencia esperaba, bajo un sol inmisericorde, el inicio de los actos. En diferentes corrillos conversaban los capitulares «de los Ayuntamientos de esta villa y de la inmediata ciudad de Osma, la Comisión de la Diputación provincial, autoridades civiles, eclesiásticas y militares, los claustros de profesores del Seminario Conciliar y Colegio de 2.ª enseñanza». Y, hasta desbordar la plaza, una «multitud de particulares», hombres, mujeres y niños, luciendo todos sus mejores galas.
La nota de color la ponían las autoridades eclesiásticas con sus impolutas sotanas negras, fajines morados y sobrepellices blancas. A su alrededor se movían sombrillas, sombreros adornados con vistosas plumas, toquillas de encaje negro y abanicos de varillas.
Frente a la monumental puerta destacaban por su impecable atuendo, don Daniel del Amo -alcalde entrante desde el día primero del mes corriente- y don Segundo Sainz, el saliente. Ambos vestían de rigurosa etiqueta: casaca, pantalón azul turquí, relucientes botines, alta chistera negra y guantes de cabritillo gris.
Todas las miradas se posaban en el alcalde entrante, don Daniel del Amo, quien lucía con orgullo los atributos de su recién estrenado cargo: la vara de mando con empuñadura de plata y pendiente del cuello, con cordón rojigualda trenzado en seda y oro, la venera con el escudo de la Villa.
Mientras apuraban los últimos minutos de asfixiante espera, los dos alcaldes compartían confidencias a media voz.
-«¿Qué le parece a usted el veranillo que estamos disfrutando?» -preguntó don Segundo Sainz, el alcalde saliente, abanicando levemente el aire con su chistera-. «Yo no lo he conocido ni mas largo, ni mas seco, ni mas riguroso».
-Ciertamente, don Segundo, este verano el calor no da tregua. Pero calor, calor, el que debieron pasar ustedes el pasado 29 de junio en Logroño, en los fastos de la consagración.
-Mucho, don Daniel, mucho. Pero regresamos todos «mas que satisfechos, encantados de las atenciones y obsequios» de que fuimos objeto por parte de su Ilustrísima, «del Ayuntamiento, Alcalde y personas mas significadas de la capital riojana» -rememoró Saínz con visible emoción, acomodándose la chistera bajo el brazo.
-Veo que mostraron todos «gran empeño en agasajar á sus hermanos los sorianos» -añadió del Amo, apoyado en su recién estrenada vara de mando-. Oído tengo que el banquete fue digno de un emperador. En la capital se habla de unas «elegantes targetas de mesa». ¡Transparentes, me han dicho!
-¡Elegantísimo todo! Aquello parecía París. -repuso Sainz-. Empezamos con un «Consomé» finísimo y unos fritos; luego, «Langostas con Langostinos» y una «Galantina trufada». Todo con nombres tan franceses que uno ya no sabía si comía o estudiaba.
-Los riojanos, que son de buen beber, son, al parecer, también de buen comer…
-¡Hubo de todo! -replicó Sainz-. Pollos asados, sardinas de Nantes y hasta «Perdices a la española», que mandó servir su Ilustrísima para que no dijéramos que nos habíamos olvidado de España. Todo regado con caldos de don Saturnino Ulargui y los más selectos de la familia Roy.
-¡Hombre, el vino de Rioja nunca falla! -bromeó don Daniel-. ¿Y es verdad lo que se dice del champaña?
-¡Ah, el champán! Corrió como el agua del Abión. Servían tres clases, a cada cual más impronunciable: «Roederer, Viuda de Clicot y ... Moet-chandon» creo recordar. Después, tartas de fresa, melocotones, helados de vainilla, café y licores de mucho postín. Sin perdonar el «cigarro Habano», claro.
-Pues ya verá usted cuando nos toque recibir a su Ilustrísima aquí, en El Burgo… Costará igualarlo.
Fue en ese momento cuando el lucido cortejo comenzó a moverse. Uno tras otro, en riguroso orden de precedencia, fueron entrando en el templo catedralicio.
«DE ORO, PLATA Y COBRE»
«Te Deum laudamus:
te Dominum confitemur…»
Con el canto del Te Deum por «todos los Sres. Capitulares, beneficiados y coro de la catedral» comenzaron los actos litúrgicos de la toma de posesión del nuevo obispo. El deán Manuel de Roa, en la silla episcopal del coro, rodeado por el Cabildo Catedralicio, presidía el acto.
Desde la nave, los asistentes escuchaban el canto de la escolanía y las agudas voces de los seises alabando al Creador.
«Te aeternum Patrem,
omnis terra veneratur…»
Finalizado el himno, el deán entonó las preces suplicando por el Papa y la Corona, por el nuevo obispo y su rebaño. Acto seguido, procedió a la lectura de la bula pontificia de León XIII que certificaba, ante el Provisor y Tribunal Eclesiástico, el traspaso formal de la jurisdicción del «Obispado de Osma con los señoríos sobre las villas de Ucero y las Quintanas Rubias, anejos á él desde tiempo inmemorial», a su nuevo titular, don José María García Escudero y Ubago.
Concluida la parte sagrada, toda la comitiva, eclesiástica y secular, se dirigió a la galería situada sobre la puerta meridional. Desde allí se dominaba toda la plaza de la catedral.
El gentío allí congregado era inmenso. Al frente se agolpaba la chiquillería, impaciente y revoltosa; detrás, los campesinos, los hortelanos de la vega y los jornaleros. Hombres y mujeres de la Villa y forasteros, muchos de ellos encaramados a los pretiles de las fuentes, a las rejas de las ventanas y a los arcos conmemorativos. Todos esperaban el instante supremo de la «largitio», el lanzamiento «de monedas de cobre, plata y oro», la tradicional «rebulla»: ese gesto de paternal prodigalidad con que el nuevo pastor bautizaría su venida.
Se inició entonces aquella particular lluvia de relucientes perras chicas y gordas, pesetas, algún duro despistado y alguna que otra isabelina o alfonsina. El golpeteo metálico sobre el enlosado desató el delirio.
«¡Señor Obispo,
bendito pastor,
eche las perras
de su bolsón!»
Coreaban chicos, mozos y no tan mozos, mientras las monedas rodaban por el suelo, brillando aquí y allá. Según el cronista se originó entonces, entre la gente del pueblo, «un verdadero pugilato».
Manos encallecidas, alpargatas y faldas de estameña se entrelazaron en un tumulto ávido por recoger el botín, «demostrándose una vez mas, si no la lucha por la existencia, si la lucha por la moneda». Así lo anotaría, con fina ironía, el cronista del Diario de Soria del jueves 8 de julio de 1897.
«A pesar de la gran acumulación de gentes» que se disputaban el suelo -y hasta el vuelo- «no hubo incidente alguno que lamentar» -sigue el cronista-. Y «creo que, por éste solo hecho merecen los habitantes del Burgo que se les erija una estatua y yo, desde luego, se la levanto en mi imaginación» -remata el sábado 10.
Cuando la paz volvió a la plaza, una vez que las autoridades se retiraron al fresco de las sacristías, abandonando la balconada, la codiciosa ilusión del metal precioso comenzó a mostrar su verdadera cara. Lo que de verdad brillaba no eran las fabulosas isabelinas y alfonsinas que la leyenda popular atribuía a las arcas episcopales, sino algo mucho más humilde: el cobre castellano.
Solo faltaba para completar la toma de posesión «el depósito, según costumbre, de la bula en las Casas Consistoriales; á llenar este requisito se encaminaron todos los invitados acompañados de la banda de Beneficencia, siendo obsequiados abundantemente con vinos licores, pastas y cigarros».
«UNA COSA EXTRAORDINARIA, CASI FENOMENAL»
A las seis de la tarde «se preparó en una de las galerias de Palacio [episcopal] un exquisito refresco al que asistieron de setenta á ochenta comensales, sirviéndose con verdadera profusión toda clase de helados, pastas, licores y cigarros».
Durante todo el tiempo que duró el refresco imperó la más franca y cordial alegría y se generalizaron las conversaciones. Entre los asuntos que se comentaban, predominaba «el deseo general de que Dios preste sus luces al nuevo Prelado para que pueda gobernar su rebaño con el acierto que es de esperar».
Pero había otro asunto que, por lo visto, despertaba entre los convidados bastante más curiosidad: la lluvia de monedas que durante la mañana había regado la plaza de la catedral.
-Por lo visto «es de ritual que en la toma de posesión de los Obispos se arrojen monedas de oro al pueblo» -dijo el capitán del puesto de la Guardia Civil, sacando a colación el tema que todos tenían en mente.
-Yo «creia que este detalle se habia suprimido por falta de materia» -apuntó el juez de primera instancia, don Vicente Payueta.
-Y yo pensaba «que ya no habia más oro en España que esos pocos milloncejos que tiene, según dicen, en sus sotanos el Banco de España, guardados bajo siete llaves» -añadió socarrón «el Diputado provincial Sr. Giménez».
-Sin duda «estaba equivocado y aun quedan, á lo que parece, algunas monedas del vil metal en las cajas episcopales» -añadió Payueta con un puntillo de sorna.
-«Eso de ver volar por los aires unas cuantas monedas de oro; contemplar que caen al suelo y no despedazarse por cogerlas conformándose con que se las lleven otros, me ha parecido, cosa extraordinaria y casi fenomenal» -observó el capitán.
-Por una alfonsina, una ochentina o un centén cualquiera es capaz, mi capitán, aunque sea hombre pacífico e inofensivo, de darse de cachetes «hasta con el lucero del alba» -intervino, por vez primera, el juez municipal.
-Muchos, creo yo, «nos conformariamos con ver, aunque no fuera más que volar por los aires, las monedas de oro. Al fin y al cabo de ese modo podríamos certificar su existencia» -zanjó Giménez, el diputado provincial.
Al final, tras profundas disquisiciones, aquellos hombres estuvieron de acuerdo, al menos, en una cosa: «lo lamentable es que no haya todos los dias y en todos los pueblos la toma de posesión de un Obispo».