CONFLICTO ENTRE ISRAEL Y PALESTINA

Batalla en el avispero de Cisjordania

Estrellas de David marcando las tiendas árabes, militares israelíes disfrazados de ‘Robocop’ y revueltas callejeras a tiros y lacrimógenos protagonizan estos días los conflictos en Hebrón

Enfrentamientos entre jóvenes palestinos y soldados israelíes, colocados en la azotea del edificio, en Hebrón.-JAVIER MARTÍN

Soria

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Disparos, gases lacrimógenos y pedradas han aprendido a convivir con el devenir cotidiano de los tradicionales mercados y bazares de Hebrón en Cisjordania, localidad palestina con 163.000 habitantes árabes y una colonia de 700 israelíes que son los que dictan las normas de convivencia expropiando tiendas y arrebatando territorios, lo que ha desencadenado un conflicto que a día de hoy se prevé eterno, y que todos intentan explicar desde su punto de vista a los periodistas que pretendemos escribir sobre ello en la zona.

Esto ha hecho que durante las últimas semanas coincidiendo con las celebraciones del Sukkot, una fiesta equivalente a la Navidad para los judíos, se hayan recrudecido los enfrentamientos entre la población palestina y la israelí, dejando en tierra de nadie a a los informadores de otros países en la región de Cisjordania. Ambos bandos explican su versión de los hechos con el fin de que se conozca fuera del país lo que está pasando en Hebrón, uno de los puntos más calientes del planeta. La ciudad está dividida en dos zonas: La H1 (el 80% de la ciudad) perteneciente a los palestinos y la H2 (el 20% restante), poblada por 700 israelíes y un ejército de 1.000 soldados que se instaló en la conocida como Franja Verde con el fin de tener el control del Monumento de los Patriarcas, donde se encuentra ubicada la tumba de Abraham, que también adoran los palestinos, y que entran por una puerta distinta a la de los judíos, por lo que no se tienen que ver las caras en una situación dantesca.

Por las mañanas los representantes de ambos bandos, y antes de las revueltas a base de lacrimógenos y pedradas que se repiten cada tarde, quieren dar cuenta a turistas y periodistas de su «complicada situación». En este sentido todos los comerciantes palestinos del mercado de la calle principal no dejan de indicar cómo han tenido que colocar mallas metálicas cubriendo las calles para evitar que los colonos palestinos les tiren muebles y basura sobre sus productos, y eso cuando no se trata de excrementos y lejía. Esto ha hecho que los que se encuentran próximos a la zona H2 hayan tenido que cerrar sus establecimientos y marcharse a otras partes de Palestina ante una situación insostenible. «Tenéis que comprender cómo nos sentimos cuando nos han quitado los israelíes nuestras casas y nuestros medios de subsistencia. Tiene que hacer algo ya la comunidad internacional», declara con aplomo un comerciante en el casco viejo.

La otra cara de la moneda se encuentra en la zona H2, controlada por el ejército israelí encargado de proteger a una colonia de 700 personas en torno a la tumba de Abraham. De allí se han sido expulsados en los últimos años 15.000 palestinos y han cerrado 1.800 negocios árabes, en los que los judíos han pintado la cruz de David, como hacían con ellos hace 70 años. Sólo quedan algunos palestinos que se han mantenido firmes y se niegan a irse, como un anciano que se ha negado a venderles su casa y ha tenido que sufrir agresiones de los judíos tales como que le tiren lejía por la ventana y hayan dejado ciego a su nieto de dos años. A esta zona sólo pueden entrar los palestinos con casa en la zona y los periodistas, previa presentación de sus pasaportes y revisión de todas sus pertenencias, a los que no dudan en apuntarnos a la ligera con sus futuristas metralletas.

El odio de los soldados israelíes es manifiesto a la hora de referirse a los palestinos cuando se les pregunta por algún sitio donde comer, «mejor te llamamos nosotros por teléfono para pedirte una pizza, todo lo que preparan los palestinos es basura», me dicen los soldados en el Check Point 4.5. Se trata de un rencor que se va fraguando desde la infancia en ambos bandos. Lo viví directamente cuando un grupo de niños palestinos de menos de 10 años me quisieron apalear pensando que era palestino, actitud reprimida por los soldados que les indicaron que era turista. Estos mismos soldados fueron los que hace una semana, y ante mis propios ojos, refrenaron con el dedo puesto en el gatillo de sus metralletas las travesuras de unas niñas palestinas de seis años que acuden al colegio en la zona israelí H2 de Hebrón.

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En medio de este caldo de cultivo donde los israelíes echan de sus territorios a los palestinos y donde los judíos hacen como propia la ciudad de Hebrón, de donde procede su patriarca, son normales los enfrentamientos, donde los periodistas americanos y europeos nos encontramos en tierra de nadie solamente protegidos por chalecos antibalas. Desde primeras horas de la tarde comienzan los lanzamientos de piedras y neumáticos ardiendo por parte de los palestinos y gases lacrimógenos por parte de los israelíes, equipados con un armamento más propio de una película de ciencia ficción. Se ha convertido en una imagen cotidiana para los locales, en la que los extranjeros somos respetados por ambos bandos. No hay más que decir en plena trifulca «I’m from Spain» para que tanto unos como otros faciliten el trabajo a la hora de narrar un conflicto convertido en un bucle sin salida.