Heraldo-Diario de Soria

Las peores sequías de Soria en los últimos 375 años

Una investigación de la Universidad de Valladolid reconstruye el clima de Soria en cuatro siglos a través de robles trasmochos ubicados en dehesas que han pervivido gracias al manejo tradicional de podas.

iAlba Sanmiguel, investigadora que ha participado en el estudio dendroclimático de los árboles.

iAlba Sanmiguel, investigadora que ha participado en el estudio dendroclimático de los árboles.MARIO TEJEDOR

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La reconstrucción del clima a través de los árboles viejos se ha convertido en una herramienta científica de gran valor porque permite mirar al pasado para comprender el presente y facilitar las previsiones del futuro.

La investigadora Alba Sanmiguel, doctora en Medio Ambiente, ha participado en un trabajo en el que ha reconstruido el clima de Soria de los últimos 375 años, a través de plantaciones de robles trasmochos que tienen como peculiaridad su cuidado y mantenimiento a través de podas manuales periódicas.

Se trata de un estudio pionero en el que se ha demostrado que las dehesas comunales de robles del norte y del centro de España son un archivo dendroclimático muy confiable para captar la variabilidad de las precipitaciones anuales durante cuatro siglos, por lo que se puede emplear esta especie arbórea en estudios de clima.

Como investigadora postdoctoral, Alba Sanmiguel se incorporó en el grupo Cambium, adscrito al campus universitario de la Universidad de Valladolid en Soria, cuyos trabajos están centrados en el estudio de los efectos del cambio global en los ecosistemas terrestres.

La investigación arrancó tras el paseo de uno de los miembros del grupo por una de las dehesas sorianas más emblemáticas con presencia abundante de robles trasmochos. 

Ahí se abrió la posibilidad de contar con esta especie para realizar una reconstrucción climática, ya que hasta ahora se empleaban árboles viejos, pero que se encontraban en localizaciones recónditas, donde la mano del hombre es imperceptible.

Los resultados de esta investigación revelaron una variabilidad de la precipitación interanual, que oscila entre los 257 y los 838 milímetros. La sequía más pronunciada duró 25 años, entre 1818 y 1842, mientras que el periodo más húmedo se extendió durante 21 años, entre 1719 y 1739. 

Los investigadores identificaron 8 años extremadamente secos y 19 extremadamente húmedos. Entre los primeros destaca, como curiosidad, que los datos fueron contrastados con evidencias históricas, ya que fueron años en los que se celebraron en Soria ceremonias religiosas de rogativas de lluvia.

Uno de los aspectos más importantes que se ha observado es una gran variabilidad de precipitaciones entre los años más secos y los más húmedos con diferencias de 600 milímetros de media, «esa diferencia es elevada», asegura Sanmiguel. 

Pero lo que no se ha podido determinar es una tendencia lineal clara de que hace siglos llovía más o menos que en la actualidad. Sí se ha podido acreditar periodos más secos o húmedos que duran varias décadas. El peor año de sequía en esta serie de 375, entre 1649 y 2023, fue 1683.

La investigadora ha lanzado un mensaje poco tranquilizador, porque la mayor concentración de años con sequía se han producido en las tres últimas décadas. Desde los años 90 del pasado siglo hasta la actualidad ha aumentado de manera excepcional la frecuencia de las sequías.

 Son más recurrentes, antes las más severas se producían cada varias décadas, ahora «podemos tener una cada 6 años, esto es un cambio muy drástico», explica Sanmiguel, que añade que el resultado de su investigación «coincide con lo que se ha visto en otros estudios climáticos, pero nosotros lo hemos contextualizado en varios siglos de historia, que es lo que precisamente le da más valor a estos registros y así permite analizar si la variaciones del clima forman parte de la normalidad o no», manifiesta la investigadora.

El trabajo comenzó en el campo para la obtención de muestras de 100 ejemplares de estos robles, ubicados en el monte Valonsadero de Soria y en la localidad de Vilviestre de los Nabos, también en Soria. Posteriormente, los cilindros de madera que tenían una longitud desde la corteza hasta el centro del árbol se pulieron en el laboratorio, donde se escanearon a alta resolución. 

Esas imágenes se procesaron en el ordenador para estudiar con detenimiento los anillos de la madera, asignándoles así el año de formación a cada ejemplar. En ese momento fue cuando se comprobó la antigüedad de los mismos.

La secuencia de los anillos de cada árbol se confrontó, a través de modelos estadísticos, con los datos climáticos medidos por estaciones meteorológicas en los últimos cien años. Alba Sanmiguel explicó que no se cuenta con datos climáticos más allá de los cien años y de todas las variables registradas se optó por las precipitaciones y más concretamente las caídas entre noviembre y junio.

De esta manera, se empleó la correlación entre la madera tardía y las precipitaciones en este periodo del año, que representan el 75% del total anual. Además hay que tener en cuenta que el 70% del crecimiento de esta especie arbórea se explica en la acumulación de precipitaciones.

Con esta investigación se ha demostrado que estas masas forestales mantienen una señal climática coherente en el pasado, gracias a la gestión de podas a las que se han sometido en cada una de las dehesas, lo que abre la posibilidad de usar esta extensa red de dehesas repartidas en la zona mediterránea para reconstrucciones climáticas del pasado.

«Podemos mirar hacia atrás», explica Alba Sanmiguel, que subraya que «estos datos son muy valiosos porque nos dan información del clima en unos años en los que no había pluviómetros, ni termómetros». 

A su vez pone en valor la importancia de estos árboles tan antiguos para estudiar la huella del clima, «cada especie va a responder a una cosa, pero nuestros robles responden bien a la ausencia o a la presencia de las lluvias», puntualiza la investigadora.

El valor científico demostrado que tiene este ecosistema forestal del centro y norte de la Península Ibérica tras este estudio ha puesto de manifiesto, a juicio de los investigadores que han trabajado en el mismo, que es necesario plantear su conservación, «porque si mueren estos árboles se pierde una gran cantidad de información», aclara Sanmiguel.

En este sentido añade que sería interesante mantener el manejo tradicional de podas en los bosques que han garantizado su pervivencia durante siglos. 

Esta técnica se perdió de manera general en el medio rural en las décadas de los años 60 y 70 del pasado siglo por el éxodo de los habitantes y desde entonces se ha observado una mayor mortandad, «por eso es importante recuperar esta práctica», puntualiza la investigadora.

Además, Alba Sanmiguel sostiene que en materia de clima es muy importante conocer lo que ocurrió en el pasado para determinar si lo que ocurre en la actualidad es excepcional y obedece a cambios.

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