Heraldo-Diario de Soria

Turismo

Peñalcázar, el pueblo de Soria que cuelga la historia del cielo

La localidad, hoy despoblada, es todavía visitable a través de una sencilla ruta para descubrir  el encanto de los pueblos amurallados, la belleza de su iglesia o una imagen congelada en el tiempo entre casas de piedra y un paraje impresionante

Peñalcázar con su iglesia de San Miguel y sus casas de piedra anclado en el tiempo.

Peñalcázar con su iglesia de San Miguel y sus casas de piedra anclado en el tiempo.A.C.

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Soria

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Aparece en el ‘Cantar del Mío Cid’ y en las guías de historia y turismo, pero también en rutas de BTT como la señalizada por ‘Deza Resiste’. Los restos de su muralla evidencian que fue un enclave codiciado y señorial, tras el medievo quizás también por sus minas de plata. Su iglesia de San Miguel aún rompe el viento con su sensacional torre y su ubicación, en una muela con unas vistas espectaculares, sigue sobrecogiendo a los visitantes que suben a ver los valles del Rituerto y el Araviana. Lo tiene todo... salvo habitantes.

Peñalcázar (Soria) es un destino singular que sigue recibiendo turistas y deportistas con asiduidad. Su nombre no engaña y es un auténtico pueblo amurallado encaramado cerca de la linde entre Castilla y Aragón. Aquí el tiempo sí se detuvo y recibe al visitante con el sabor de lo auténtico, de la vida realmente varada en el tiempo sin disfraces, ‘souvenirs’ o idealizaciones.

Interior de la iglesia de San Miguel, castigada por la despoblación pero aún bella.

Interior de la iglesia de San Miguel, castigada por la despoblación pero aún bella.A.C.

Subir hasta Peñalcázar requiere una forma física aceptable y buen calzado, aunque no es una ruta difícil. Para llegar hay que tomar la N-234 (la que conecta Burgos con Soria para seguir hacia Calatayud). Cerca del final de la provincia soriana se abre un desvío hacia Reznos, que bien merece un paseo, y a La Quiñonería

Desde este último pueblo parte un camino que gira hacia la izquierda para enfilar hacia La Alameda. Poco más adelante, a la derecha, nace una senda con un depósito de agua. Hasta ahí se puede llegar en coche y el resto hay que hacerlo a pie, en una ruta marcada por el paso de senderistas y bicicletas y de «20 minutos hasta llegar, pero hay buena cuesta», detalla una vecina que se sonríe recordando las veces que ha subido.

Quedan cerca de dos kilómetros y casi 200 metros de desnivel llevadero. Poco a poco comienzan a asomar muros de antiguas casas de campo mientras las paredes rocosas de la muela se acercan. Las aves rupícolas aprovechan los huecos más pequeños. Los más grandes, como la Cueva de la Bruja –se puede llegar pero ya con más nivel– muestran la primera barrera de Peñalcázar, la natural.

Las primeras almenas y una puerta medieval recuerdan que en su día fue una importante fortaleza. Al-qasr, ‘Alcáçar’ ya para el Fuero de Soria de 1256, pasó a manos cristianas antes del año 1000 y en el ‘Cantar del Mío Cid’ se señala como uno de los castillos más destacados de la zona. Una pequeña subida más y la estampa deja con la boca abierta. El pueblo se acercó a los 400 habitantes y aun con los tejados caídos ahí están sus casas, sus corrales, sus calles, su aljibe, su iglesia y su ermita.

Es visitable con precaución y hay rincones que sorprenden. Por ejemplo la iglesia de San Miguel aún mantiene una sensacional torre con campanario aunque las campanas fueron expoliadas. En su interior gótico renacentista el coro y dos cúpulas se mantienen en pie, curiosamente todavía con trozos de policromía en algún nervio y el los florones que adornan las confluencias de los mismos.

La zona en la que otrora estuvieron los bancos ahora está tomada por las ortigas tras las lluvias de primavera, aunque permite ver el tamaño de un templo que daba servicio en sus momentos álgidos a cientos de personas. Un rincón de recogimiento dañado por el paso del tiempo pero que sigue mostrando el pasado ‘sin conservantes’.

Más allá de los elementos artísticos el exterior también cuenta una historia. Sobre un muro aún se lee con pintura blanca «Peñalcázar, Soria», y sobre un pequeño crismón «Año 1950» y nombres e iniciales ya borrosos. Poco después el pueblo se despoblaría dentro del éxodo rural. Sólo se podía acceder a pie y faltaban servicios como el agua corriente, con lo cual la ‘foto’, aunque del siglo XX, mantiene las características de un auténtico pueblo amurallado con más de medio milenio.

Toca perderse por sus barrios visitando con cuidado sus casas. Piedra tosca pero muy bien aparejada, dinteles que aún resisten el paso del tiempo a pesar de los tejados caídos, un rincón donde parecía estar el horno, ventanas con arco rompiendo la sobriedad del conjunto... Pequeños detalles de sus calles que evidencian que un día hubo mucha vida aunque ahora la vegetación la esté tomando a su manera.

Por las inmediaciones hay otros detalles interesantes que explican la vida en un pueblo-fortaleza con pocas variaciones desde el siglo XIII más allá de sus templos. El aljibe del que beber, el nevero en el que conservar unos alimentos que había que subir con suerte en mulo o el cementerio tienen ese ‘algo’ de la historia cotidiana.

Haciendo más amplio el paseo se pueden ver restos del antiguo barrio minero del siglo XIX o disfrutar de unas vistas realmente espectaculares sobre los campos y montes que en su día fueron frontera y campo de batalla. Peñalcázar aún cuenta.

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