Heraldo-Diario de Soria

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ESTAMOS, a ojo visto, en tiempos de las Carnestolendas, las oficiales. Atrás quedan ya en la retina los honores festivos a la Virgen de las Candelas, a la patrona de las Aguedas, a san Blas y a San Antón, cuyos panes y roscos dan protección y bendición a quienes los toman, según reza la tradición.

Paradójicamente, estos santos – salvo Santa Agueda – son los que cuidan la salud de los animales o, ¿no fue un cuervo quien alimentó con migajas de pan a San Antón en su retiro eremita? Adiós a las danzas y paloteos de los pueblos de pinares bajos entre rebujos de copos, borbotones de aquel frío de siempre que nos retrotrae a la niñez, del hielo quebrantahuesos. Y escribir del Carnaval en esta España siempre presta a la chanza, es hacer una crónica de la esperpéntica realidad diaria pues, ¿acaso no está todo del revés?..., hay cambio de papeles en la sociedad, burlas, juerga política, exaltación de la sexualidad, de la buena mesa, subversión de la jerarquía…. No haría falta, pues, celebrar el Carnaval, la fiesta anárquica por excelencia que hunde sus raíces en las Saturnales romanas y define su perfil durante la Edad Media sobreviniendo a las presiones de los poderes políticos y espirituales.

O sea, como ahora le ocurre a cualquier pagano. Asistimos constantemente a prácticas de irreverencias – característica primordial del Carnaval – por personajes de todo tipo y condición, mandamases sin disfraz y sin máscaras que usan su poltrona para hacer y deshacer patria con nacionalismos que se quedan cortos, sean ustedes más exigentes y avancen hacia el provincianismo, el comarcalismo y acaben en el aldeanismo del cencerro carnavalero.

Los cencerros son piezas básicas en las carnestolendas tradicionales como lo son las luminarias, el revestimiento que se asemeja a animales; personajes diablescos a medio camino entre el bufón y el Maligno; la gastronomía embutida de los restos o principios de la matanza; las burlas hacia los maridos carnudos o calzonazos… Se trata, como en la política, de hacer un concurso de mentiras y baladronadas , de jugar con las palabras, de denunciar tanto las debilidades de los otros, del vecino, como de la sociedad para acabar en el funeral alegórico del entierro de la sardina que, en Soria es de agua dulce.

Es el reino de la necedad donde aparece desde el Papa hasta el Rey o personajes públicos vestidos de Emperadores con el balón terráqueo que se pasan entre risas y charlotadas. Es, la estética carnavalesca teatralizada en la calle. Puede Vd., hacer mofa de la religión católica, escarnio y bufonadas, pero solo de esta creencia que aguanta todo – así somos de gilipollas -, no se meta con otros credos que puede ser que le acusen en los paneles de la inquisición de la ultraprogresía de xenófobo, racista o algo peor, igual que si denuncia de forma histriónica a los de la moda de ser antitodo, esa casta a la que han cogido con las manos defraudatorias, que le llamarán fascista, franquista o que pertenece de la casposa caverna. Se me ha olvidado el disfraz de ladrón de dineros públicos, no lo use pues hay mogollón, ya lo dijo el filósofo G. Lichtenberg : ‘sobre esto dejemos crecer la hierba’. Y, ¿ del disfraz de bruja?, hay una que ha abandonado sus raíces militantes de IU de Madrid, presunta corrupta también, bruja con escoba que ha barrido para su familia…huy, que estoy tocando madera, que no se puede uno meter con los intocables de Eliot Ness. No hagan caso que es todo ficción y es que la fantasía es esa primavera que ya deseamos que llegue.

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