Navidades en Doha
MIRARSE el ombligo para pavonear su hermosura, sin conocer lo que está fuera del horizonte que alcanza tu vista provinciana es, al menos, un signo preocupante de paletismo. El poeta don A. Machado lo dejó clarito cuando dijo que los sorianos ‘desprecian cuanto ignoran’, enfermedad esta, el desprecio, muy arraigada en la gerardiana ‘capitaleja’ en sorianillos que, son ávidos de la crítica a todo cuanto hacen los demás cuando su desconocimiento de lo más elemental es baladí, pero te dicen, ¡qué sabrás tú!, ¡a mí me lo vas a decir!... y dando media vuelta vuelven la girar en la noria del Collado para buscar un nuevo interlocutor a quien dar la matraca.
Sí, se creen Unamunos cuando en realidad son unos más de esos que embisten, «en España, de cada diez cabezas una piensa y nueve embisten», dijo el esposo de la niña Leonor. Pero hay vacunas que previenen esta estupidez de actuar así: leer, la cultura, estudiar, pensar antes de hablar, meditar… y, viajar. Pero no viajar con la imaginación, no, porque «el cabalgar, el viajar y el mudar de lugar recrean el ánimo» escribió el cordobés Séneca, tutor y consejero de Nerón, primera mitad de la primera centuria del s. I.Hay una literatura de viajes que algunos la presentan como un subgénero de narraciones, pero no es así, basta con recordar a fray Bartolomé de las Casas o, a Marco Polo.
En su día, año 2002, publiqué el libro ‘Viajeros por tierras de Soria’ – editado por el Centro Soriano de Estudios Tradicionales- que recogía noticias sobre esta tierra por quienes desde la antigüedad, medievo, época moderna…hasta el s.XIX, la visitaron con ácidos y agrios comentarios sobre el paisanaje de esta Celtiberia del altiplano soriano. Hoy, pretendo en estas líneas lo contrario, opinar sobre mi tercer viaje a Doha, capital de Qatar, reflexionar sobre la sociología de una ciudad, de un país tan joven como nuevo, para con la brevedad que marca el espacio de esta columna dar mi particular visión de lo visto, ya con la experiencia que me permite no quedarme en la epidermis de la retina sino de ahondar en el interior.
Este pequeño país, unos cientos de kilómetros cuadrados mayor que Soria, de menos de dos millones de personas de las que los qatarís no llegan al 10%, es un emirato del golfo pérsico con una riquísima economía basada en la producción de petróleo y de gas. En constante crecimiento diversificado hacia el turismo, con docenas y docenas de hoteles – hay más de 50 torres de rascacielos en construcción amén de las ya existentes, que se preparan para el mundial de fútbol del 2022.
Reconozco que hace falta un guía que sepa del interior de esta ciudad donde solo ya la arquitectura asombra por su belleza. Con una universidad que ‘ficha’ a los mejores científicos, práctica que se sigue en todas las facetas sociales, el deporte incluido, se atisba el interés de querer ser puntera en el mundo. No obstante reconozco una desmesura, su lujo, que trata de superar al de Dubai, Omán…País musulmán pero con respeto a los credos de las comunidades hindús, filipina, pakistaní, nepalí … y cristiana pues hay una ‘catedral’ en advocación de Nuestra Señora del Rosario amén de otros centros donde se puede practicar cultos de otros credos cristianos. El lujo de Doha te absorbe, no existe en Madrid o en París, es una desmesura donde los zocos se confunden con los rascacielos más extravagantes; donde los grandes todoterrenos de aquí son allí ‘utilitarios’; donde todo es gratis, desde los museos a los mercados del oro que se vende a peso; recreación de la ciudad de Venecia, ¡sobre el mar!; pistas de patinaje sobre el hielo en el desierto, macrosuperficies de tiendas a las que te llevan por canales ¡en góndola!... y todo sobre el desierto.
Mi Navidad en Doha junto a mi guía particular, mi hijo Alvaro, que ya lleva allí cuatro años. Una experiencia única que no me deja de asombrar.