Heraldo-Diario de Soria

Carlos de la Casa

Nunca me gustaron tus besos. El arte también está en Soria

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El pasado día treinta de noviembre asistimos a una representación teatral en el «Salón de Actos» del Colegio Santa Teresa de Jesús, de las Madres Escolapias de Soria. Un auditorio lleno a rebosar.

En verdad que pensamos que si esta obra se hubiese realizado en el Auditorio de la Audiencia de Soria, este hubiese estado igual de abarrotado que el del «Espolón». ¡Qué oportunidad perdida!

Un monólogo, tremendamente duro, pero con una interpretación soberbia, que se desarrolla en el interior de una habitación que refleja el acontecer, lamentablemente real y cotidiano de nuestra historia, una condición que sufre muchas mujeres hoy día.

Nos habla de una realidad diaria y a la vez eterna: el sentimiento de culpa, de incomunicación y soledad.

Si entramos en la sinopsis nos encontramos con una historia que habitualmente, se ve en los distintos medios de comunicación e incluso en conversaciones íntimas y privadas entre féminas.

Esas realidades siempre creemos que solo les pasa a otros, pero que en esta ocasión le ha tocado vivir a la propia actriz y ella misma hace el siguiente comentario: «Quiero que mi historia sea hoy la tuya. Quiero compartiros cada recuerdo por si también fuese el vuestro y salir juntos del abismo. Quiero que con mi historia podamos abrir más aún los ojos y no ceder ni un segundo más de nuestra vidas a una persona que nos anula».

El texto estimamos que es, además de real, fantástico y creíble. Utiliza un lenguaje cercano y, a veces, cargado de juicios que hacen que el espectador se inserte en el propio personaje. Ese lenguaje sencillo, como la mentalidad de la protagonista, pone de manifiesto la maestría de la misma.

Curiosamente, la escenografía también nos trasmite una realidad y a la vez una tristeza. La pena de observar como se ha pretendido hundir a una mujer, a una mujer que un día resplandeció de alegría y pasión al pensar que había establecido una relación con el hombre de su vida, al que se entrego con amor a cambio del desprecio.

La brillante interpretación de Tatiana Ramos, quizás con la pasión de haber vivido la cruel realidad del personaje, hace que nos traslademos a la cruda verdad de una sociedad que día a día es consciente de los acontecimientos que narra la obra.

Estamos seguros que a la salida de la representación se tiene una reflexión que debería llevarnos a un debate, no de horas, si no de días.

La interprete, Tatiana Ramos, a quien seguimos profesionalmente desde hace tiempo, ha ejecutado en este caso, como en ella es habitual, un trabajo que deja huella y recuerdos.

Y como en un momento dijo la gran Lola Herrera: «Lo puedes olvidar o lo puedes engrandecer, si te ha tocado el alma».

Pues bien, en esta ocasión a los espectadores les tocó el alma y estos mostraron un engrandecimiento.

La cultura es absolutamente necesaria para el ser humano y la labor de Tatiana Ramos, con su buen hacer, contribuye a que ésta se inserte en nuestro quehacer habitual.

Conocedores de que esta obra se está representando en diferentes puntos de nuestra geografía provincial, recomendamos al público, en general y a las mujeres, en particular, asistir a la interpretación. Pues, pese a la triste realidad, creemos que se hace amena y capaz de interesar a todos.

Junto a la actriz, un equipo de personas, de forma silenciosa, hizo posible esta actuación teatral, pero real, mostrando una vez más que «el arte, también, está en Soria.

Sería largo mencionar a todo el equipo, pero si quisiéramos, y que nos disculpen los demás, reseñar a ciertos responsables: de la dramaturgia, Alberto Velasco; de la puesta en escena, Xiqui Rodríguez; de la escenografía, Israel Robledo, etc.

Felicidades a Pasito a Paso Producciones y nuestra gratitud a las Madres Escolapias por permitirnos, con su estupendo salón de actos, asistir a una buena obra de teatro y a una magnífica representación de Tatiana Ramos.

Y nos gustaría finalizar con un párrafo, anónimo, pero clarividente en acontecimientos como el narrado en esta obra: «No quiero despertarme veinte años después, en mitad de la noche y decir: «No estoy feliz, esta no era la vida que quería». Y darme cuenta que la vida se me ha ido».

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